La columna para la mujer
Domingo 21 de Enero de 2018

¿Te cuesta defenderte cuando alguien querido te lastima?

La comunicación con los seres queridos puede muchas veces ser el mayor detonante de los conflictos. Aquí algunas pautas para aprender a manejarse sin roces.

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Hay personas con las que siempre tenemos conflictos y a quienes no les tenemos ningún aprecio. Si una de estas personas te dice algo que te ofende o te hiere, quizás no es tan conveniente que le replantees lo que te dijo. ¿Para qué te vas a exponer otra vez a esa persona, si ya sabés que no se aguantan y que siempre te va a decir algo para molestarte? Lo mejor sería que reflexiones para ver por qué te expusiste, a fin de evitar hacerlo la próxima vez.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando te hiere una persona que sí querés? Cuando te lastima alguien que querés, alguien por quien sentís afecto, como un hijo, tu pareja, tus padres, un amigo, lo que tenés que hacer es saldar la situación con esa persona. El tiempo de hacerlo no es el momento en que te insultó, te lastimó o te hirió, sino después, porque en ese instante el otro está enojado con vos, por eso te trató mal. Ahora bien, hay algo muy importante: cuando saldes la situación, hablá del formato, de la manera en que la persona te habló, y no de la persona en sí. No digas "Sos un desastre, me hablaste muy mal, sino "No me gustó la manera en que me hablaste. Tal vez, si me lo hubieses dicho de otra forma, yo lo hubiese recibido distinto. Nuestros problemas de comunicación son por la forma en que nos decimos las cosas, y no tanto por el contenido, porque sé que lo que decimos viene desde el cariño que nos tenemos".
Hay ciertas situaciones que ocurren con nuestros seres queridos que no podemos enfrentar. Por ejemplo, tu hija o tu pareja te hiere con palabras, y vos decís: "cada vez que me dice eso, yo quedo mal, llorando, deprimida". ¿Por qué te ocurre esto? Porque no le podés marcar un límite a tu hija o a tu pareja cuando te dice algo que te hiere, ya que los límites siempre se ponen en frío, y no cuando la situación está ardiendo. Si a tu hijo el límite no se lo pusiste antes, es imposible que lo acepte en el momento que está furioso. Tenés que construir antes, las cosas siempre hay que enseñarlas en frío, no podés construir en ese momento.
Hay ciertos familiares con quienes, sin darnos cuenta, firmamos un contrato tácito. Por ejemplo, tu pareja llega del trabajo a ver el partido de fútbol. Se sienta en el sillón, enciende la televisión y dice: "Vieja, traeme una picada y que nadie me moleste porque está el partido". Vos le empezás a preparar la picada, pero tardás más de lo que él esperaba, entonces te grita: "¿Por qué tardás tanto? No cambiás más, sos siempre la misma lerda inútil". Lo cierto es que él siempre hizo lo mismo, así que si cuando termina el partido le decís: "Estuviste muy mal. Me dijiste lerda e inútil, me heriste", él seguramente te responderá: "Disculpame, tenés razón. Es que estaba nervioso mirando el partido... vos sabés que cuando hay partido no me gusta que me molesten...". Vos lo disculpás y todo sigue bien, hasta el próximo partido. Él volverá a tratarte mal porque ambos tienen una regla interna que dice que cuando él ve el partido la que prepara la picada sos vos. Ese contrato es tácito y está firmado por los dos, así que él va a volver a esperar que vos hagas la picada, y, obviamente que se la lleves a tiempo. Así también nos ocurre con nuestros amigos o con nuestros hijos: en algún momento firmamos un contrato en esa relación y lo tenemos que cumplir si no queremos que haya problemas. Por eso, reflexioná: ¿qué contrato firmaste con tus seres queridos?
Romper un contrato, cambiar una regla, siempre trae problemas, dado que muchas veces el otro no quiere hacerlo porque ya se adaptó, se acostumbró. Sin embargo, cuando cambies la regla, si la otra persona está interesada en vos, entonces va a pensar: "Es cierto, el contrato está en nuestra mente, las cosas no tienen por qué ser solo de esta manera. Vamos a hacer "borrón y cuenta nueva". Así, podrán cambiar las reglas y firmar un contrato que les convenga a los dos.
Cuando alguien te diga algo y vos no sepas qué contestar, cuando no puedas taparle la boca, cuando no te sientas a su altura, no te angusties pensando en lo que le tendrías que haber dicho y no le dijiste, no te sientas mal, porque la situación te sorprendió, te agarró de improviso, y estabas desprovista. Recordá que a veces es mejor no saber que contestar. Lo importante es que dejes de dar vueltas y pensar: "tendría que haberle dicho tal cosa, tendría que haberle respondido tal otra". Ya no lo analices más, no te castigues con estas preguntas durante días o semanas. Recordá que lo que te ata te gobierna, y si tenés tu mente atada, estás gobernada por esa persona que ató, por ese pensamiento de "¡qué tonta que soy!, ¿cómo no respondí?", y vos no naciste para ser gobernada, sino para ser libre y dueña de tu vida.