Ovación

En Río se permite todo

En el centro de la ciudad brasileña hay grandes negocios en donde se permite vender cualquier cosa y no hay “precios exhibidos”. A la pregunta de ¿cuánto cuesta? Llega la respuesta según la cara o la pronunciación del cliente.

Martes 17 de Junio de 2014

Por Lucio Ortiz

Enviado especial a Brasil

En Mendoza muchos se alteran cuando ven a un puesto de choris, un parripollo, un vendedor ambulante de empanadas y lanzan críticas contra las municipalidades “que permiten esto no nada de limpieza”. Y también la entrada a un baño de un bar eleva los gritos de los clientes “está muy sucio, no le deberían permitir que abra este bolichón”. Y hablar con la venta de alcohol en lugares sin habilitación o fuera de las horas permitidas.

Por Río de Janeiro, en pleno centro hay grandísimos negocios de los que nosotros denominamos persas en donde se permite vender de lo que se imaginen y no hay “precios exhibidos”. A la pregunta de ¿cuánto cuesta? Llega la respuesta según la cara o la pronunciación del cliente. Todo depende.

En la calle principal se pueden comprar panchos, papas fritas, diversos tipos de panificados y hasta tortas, como las que nosotros servimos en los cumpleaños. ¡Sí, eso venden en la calle!.

Y para calmar la sed entre tanto calor y humedad están por varios lugares instalados o caminan con sus conservadoras los vendedores de latitas de gaseosas y cervezas. Las venden más heladas que las de los propios negocios. Acá no existe la bebida fría. “Está gelada, bem gelada”, me decía el vendedor, dándose crédito.

Dos cuadras con puestos de flores también llama la atención. Como el tránsito abundante en las calles que asemejan, por sus casas, a las construcciones de San Telmo, en Buenos Aires.

Cualquier local sirve para instalar un bar en donde se venden bebidas alcohólicas, desde el whisky importado hasta la cerveza más barata. Y en esos mismo lugares se expenden comidas, que las tienen en exhibición en vidrieras (no heladeras) como el “cuero de porco con feijao” (cuero bien de chancho con porotos) que es color bien oscuro, casi negro- por la cocción de los porotos- y no dan ganas de comerlo.

Las camisetas amarillas y verdes y los productos relacionados a la selección de Brasil ocupan los lugares preponderantes y hasta las ferreterías o las casas de ropa, han incorporado una sección para vender productos del Mundial. Nadie se pierde nada, y para nosotros, los que ellos vender barato, hay que multiplicarlo por 5. Y ahí la oferta deja de serlo.

Sin inspectores municipales como perros olfateadores, sin tantos impedimentos sanitarios, los brasileños comen, beben y tienen su vida diaria. Eligen los lugares y se los ve felices. Todo el año es carnaval.

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