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El prejuicio que llegó a lo más alto

El legajo del caso guardado en el archivo del diario La Capital es una carpeta rechoncha que contiene casi 20 años de textos.

Sábado 16 de Mayo de 2020

En los ámbitos de trabajo, en los bares, en cada casa, hubo un rasgo compartido en todo el tiempo que duró el proceso. Cada vez que se aludía el caso Fraticelli una especie de tómbola se ponía en funcionamiento. ¿Fue el padre? ¿Fue la madre? ¿Fueron ambos? ¿Fue ninguno? ¿Fue alguien de afuera? ¿Asesinato? ¿Suicidio?

El legajo del caso guardado en el archivo del diario La Capital es una carpeta rechoncha que contiene casi 20 años de textos. En estos días se hizo una revisión nota por nota de la cobertura. Si algo se advierte es que, más allá de los altibajos del seguimiento de un tema tan complejo, hubo un esfuerzo para mantener distancia con esa febril lotería.

Decir si Fraticelli y Dieser eran o no culpables nunca debería haber sido un objetivo periodístico. Definir cuán sólidas o débiles eran las evidencias en su contra, qué lugar tenían en el expediente y cómo argumentaban las partes sí lo era.

Lo que se advierte, en retrospectiva, es una cobertura en donde el acento estuvo en marcar hasta qué punto sobre la prueba hubo una enorme controversia. Y donde las acusaciones estaban marcadas por fuertes atributos afectivos: se hablaba del crimen de un hijo y el acusado era un encargado de impartir la ley. Las evidencias contradictorias se entreveraron con valoraciones en un caso donde era difícil tomar distancia de lo emocional.

El problema fue que esa mezcla se hizo a nivel institucional: se tomó el caso como un homicidio y se descartó investigar otras alternativas El problema fue que esa mezcla se hizo a nivel institucional: se tomó el caso como un homicidio y se descartó investigar otras alternativas pese a que a un mes del hecho ya había argumentos expuestos, en la causa y en la prensa, que negaban el asesinato. Este diario subrayó esos elementos a partir del 9 de junio de 2000 cuando Fraticelli habló en público por primera vez. El planteo fue que no importaba si el juez o su mujer parecían más o menos acongojados, sino qué calidad de prueba los colocaba como asesinos.

Esa línea vertebró la mayoría de las notas. Nunca se dijo que eran inocentes o culpables, eso no es asunto de un diario. Pero siempre se insistió en que las pruebas con que los inculpaban eran rebatidas con rigor y lógica.

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Nueve años después de la muerte de Natalia el último fallo emitido en la provincia de Santa Fe aceptó, en forma dividida, que las pruebas con las que acusaron a los padres de Natalia no eran sólidas. Magistrados del máximo nivel dijeron hasta entonces que Graciela Dieser había matado a su hija. Incluso uno, en minoría, hasta último momento. El argumento del móvil era que la había estrangulado porque era un estorbo. La misma mujer que cuatro años antes, en 1996, la cuidó un año entero en el Hospital Garrahan por su crisis epiléptica.

La Corte Suprema de la Nación señaló en 2006 que la defensa tenía razón en que el trámite había sido viciado y ordenó revisarlo. Tres camaristas llegaron entonces a otro veredicto. La controversia persistió pero tres de los cinco jueces intervinientes destacaron que no podía probarse que la muerte de Natalia fuera un crimen. El voto más fundamentado señalaba que la chica se había suicidado tomando hasta 28 cápsulas de un antidepresivo. Y que lo que indujo a pensar en un asesinato fue un error de la autopsia.

La discrepancia, la emotividad, el enredo harán para siempre de este asunto una historia de unanimidad imposible. De lo que padeció Graciela Dieser no logró reponerse. Carlos Fraticelli intenta cada día, con una enfermedad crónica a cuestas, darle sentido a su vida. El propósito de estos textos no es llevar más agobio a gente que sufrió tanto, sino mantener viva la reflexión sobre las catástrofes humanas que pueden generarse, también, en nombre de la ley. Aunque sea la ley la que finalmente pueda, en este caso, procurar repararlas.

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