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Un cautiverio que no cesó con la absolución

La madre de Natalia, Graciela Dieser, nunca salió del túnel en que entró tras el suicidio de la adolescente. Pasó seis años presa y ella también se quitó la vida.

Sábado 16 de Mayo de 2020

Al cumplirse cinco años de la muerte de Natalia Fraticelli uno de los abogados del matrimonio reflexionaba sobre un panorama de derrota. A Carlos Fraticelli y su esposa Graciela Dieser los habían condenado a prisión perpetua en un trámite que la Corte Suprema provincial había convalidado. En ese camino de reveses continuados el defensor tenía la convicción de que cuando el trámite recayera en magistrados ajenos al ámbito santafesino el caso se daría vuelta.

“Por un minuto concédame que de afuera de la provincia terminen dándonos la razón. Si Natalia se suicidó, ¿quién pagará esto? ¿Quién se hará cargo de que a una persona que perdió a su hija la tuvieron encerrada en una celda injustamente por cinco años?”, decía Héctor Superti, abogado de Graciela Dieser.

Cuando ese día poco concebible llegó, la mamá de Natalia llevaba seis años, dos meses y 17 días en prisión. El ex juez de Rufino estuvo encerrado cinco años, ocho meses y cinco días, algo menos porque tras definirse el caso como homicidio antes de llegar a la cárcel debió concretarse el jury que lo destituyó. Habían experimentado la acusación más grave que puede recibir una persona, estaban demolidos en lo emocional y arruinados en lo económico. Pero sobre todo eso, como decían los dos, tenían un dolor mayor: su hija de 14 años había muerto.

Tres años después del momento en que salieron de prisión la Cámara Penal de Venado Tuerto, que había sido obligada a revisar el caso, fueron absueltos. Fue el 20 de noviembre de 2009. Carlos Fraticelli decía en ese momento proponerse retomar su vida sin dejar de luchar porque se reconocieran los motivos del maltrato institucional que había sufrido. Para Graciela Dieser el cautiverio no cesó con la absolución. El 10 de abril de 2012 dejó cuatro cartas. Una era para su hijo Franco, otra para su pareja, y una tercera para un allegado. La última, que decía en el sobre “Sr. Juez”, comunicaba su decisión de quitarse la vida porque extrañaba a su hija Natalia. La encontró precisamente su hijo Franco, desvanecida en la bañera, donde murió ahogada a raíz de una ingesta masiva de ansiolíticos.

A los pocos días de que la apresaran, tras la primera entrevista que tuvo en Rufino con ella, su abogado decía. “Esta mujer está sumergida en un drama inconcebible. Su hija acaba de morir y a ese golpe demoledor le tiene que sumar que la acusan por haberlo hecho. Se encuentra aturdida y no es capaz de entender nada. No para de preguntarse por qué la tienen presa. Esta mujer grita su inocencia”.

Casi doce años después los estragos de esa vivencia le dieron el último empujón. Cuando la liberaron de la alcaidía de Melincué se radicó en Rafaela, su ciudad natal, donde tenía a sus familiares. Tenía una relación hacía dos años con Daniel Aguilar, un hombre de 47 años, de oficio electricista, con quien convivía en un departamento de su propiedad. Pasaba los días allí adentro de manera muy reservada y sin que se le conociera ocupación.

Solo dio una entrevista. Pero al poco tiempo de estar detenida un semanario publicó un diálogo que mantuvo con su amiga Liliana Nartallo. “El 9 de julio (de 2000) me trajeron a la alcaidía de Melincué. Fue terrible, porque entré a una habitación donde había una cama y nada más. Allí estaba sola, entre cuatro paredes, preguntándome por qué. Toda esa noche estuve pensando en mi hija, en qué había pasado y cómo iba a hacer para encontrar el porqué, si yo era inocente. Entonces me senté a la mesa y me dije: «Jesús, me pongo en tus manos. Te prometo mi lucha, te ofrezco mi cruz»”.

Las crisis epilépticas que había tenido Natalia habían hecho que su madre pasara con ella largas temporadas de internación en 1996 en el Hospital Garrahan en Buenos Aires. El apego y la preocupación que le conocían en Rufino con su hija contrastaron enormemente con la acción de haberla estrangulado después de sedarla, la interpretación que aceptaron los jueces de cada instancia de la condena.

En una de las cartas que dejó Graciela decía sentir que Natalia la visitaba todas las noches y que no soportaba el agobio de su ausencia. Días antes de salir de la cárcel, cuando se ignoraba en absoluto el giro que cobraría el caso y en vísperas del quinto año de la muerte de la chica, su defensor la visitó en la cárcel. “Está muy mal. Pero se crea o no, el dolor de ella es porque no tiene a Natalia. Los aniversarios son tremendos en esto. Yo creo que el hecho de estar presa en estos momentos pasa a segundo plano. Para mí el hecho de que lo está injustamente debería estar en primer plano”.

Había salido de la cárcel pero no del pozo abismal que la dejó atrancada para siempre en los laberintos de una congoja y un enredo infinitos. El 11 de abril de 2012 a las 9 de la mañana terminó todo. Tenía 56 años.

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