Martes 22 de Abril de 2014
“Yo nací en Santa Rosa de Lima. Mi papá vino en el año 1939 y aquí nacimos todos. El terraplén Yrigoyen se terminó de construir ese año y, como este lugar ya no se iba a inundar más, se formó el barrio”, relató Rubén Sala, histórico vecino y militante barrial de Santa Rosa de Lima.
En realidad, las primeras 150 familias se instalaron allí a la fuerza, desalojadas de los terrenos donde hoy funciona el Hospital de Niños y unas cuadras más hacia avenida Freyre. Ese desalojo permitiría el desarrollo del Regimiento, ya que el predio militar ubicado sobre ese corredor entre las calles Juan de Garay y Salta, llegaba hasta lo que es el hospital Doctor Orlando Alassia.
“Al principio el barrio tenía otro nombre. Se llamaba 4 de Junio, por la revolución de Juan Domingo Perón. Después, cuando la primera parroquia llega al barrio, en 1956/57, se le cambió a Santa Rosa de Lima, que era el nombre de la primera iglesia del barrio”, describió Rubén, en diálogo con Soy de.
—¿Cómo era el barrio en sus primeros años de formación?
—Había mucha gente a la que el trabajo le quedaba cerca, porque había muchos que trabajaban en el Mercado de Abasto, que estaba en avenida Freyre y Mendoza; en el Puerto, al cual se iban también caminando. La mayoría trabajaba en eso. El barrio fue creciendo con los hijos de los primeros habitantes y luego empezaron a llegar vecinos de otros barrios también.
Las primeras familias provenientes de Chaco que llegaron a la ciudad de Santa Fe se instalaron en Santa Rosa, en 1965. “Hubo una inundación muy grande y los trasladaron hacia acá, por un convenio entre las dos provincias”, aclaró Rubén.
En cuanto al desarrollo de infraestructura en el barrio, el vecino relató que “hubo un momento en que llegaron todos los servicios, excepto el gas natural y las cloacas. Lo que pasa es que después hubo un deterioro en los servicios que ya estaban, por la falta de mantenimiento”.
La inundación
En menos de 10 días se cumplirán 11 años del comienzo de la inundación más trágica que atravesó la ciudad de Santa Fe y Santa Rosa de Lima fue uno de los barrios que más sufrió el embate del Salado, cuando ingresó a la ciudad, en medio de una crecida, por una defensa inconclusa.
En este tiempo, hubo cambios para los vecinos de la zona. “En una primera etapa mucha gente se fue, por miedo a volver a inundarse. Principalmente se fue la gente grande, que es la que más perdió. Y luego comenzaron a verse las construcciones en altura. En nuestro barrio hay muchas edificaciones nuevas en planta alta, tanto por la falta de terrenos libres en el barrio como por el temor a la creciente. Así muchos se aseguran que podrán quedarse en su casa a salvo hasta que baje el agua, si se inunda”, explicó Rubén.
—¿El miedo existe hoy?
—A veces pensamos que ya pasó, pero hace unos días, cuando volvieron a andar los helicópteros en la zona, lo primero que todos recordaron fue la inundación. A eso se sumó que sabíamos que el río Salado estaba creciendo; así que muchos se pasaron toda la noche con miedo. Después supimos que los helicópteros no eran por la inundación.
“Hay muchos vecinos que siguen yendo al terraplén a ver cómo está el agua. Lo que pasa es que en 2003 nosotros veíamos que el río no iba a pasarlo y el agua nos entró por otro lado, por la Circunvalación Oeste. Pero la gente hoy rehizo su vida y muchos ya no esperan ayuda; aunque sí reclaman por las obras necesarias en el barrio, porque hoy nuestras calles están peor que en 2003”, dijo.
“Marcados”
“Nosotros somos caratulados como «barrio peligroso» desde la década del 70. Siempre que se hablaba de violencia, nos mencionaban. Hoy la violencia está en todos los sectores, ya no existe sector donde no la haya”, dijo el militante.
La peor parte del estigma se la llevan los jóvenes, a la hora de comenzar a abrirse camino. “Cuando salen a buscar trabajo, los chicos tienen que poner otra dirección, de un familiar o un amigo, porque cuando saben que son de este barrio muchas veces cuesta que los tomen. Muchos dicen que viven en otro barrio y mencionan a Estrada o 12 de Octubre, las otras vecinales –son tres en la zona–, pero son todas del mismo barrio: Santa Rosa de Lima”, relató.
Los problemas no terminan allí. La única línea de colectivos que ingresa al barrio es la 18, pero lo hace en determinados horarios y con recorrido aleatorio; en primer lugar por el mal estado de las calles; en segundo, por hechos de inseguridad.
A esto se suma que la mayoría de los taxistas y remiseros se niega a ingresar a varias zonas de Santa Rosa. “Llegan sólo a la entrada del barrio, no van al fondo. Por eso tenemos los autos a los que llamamos remises truchos, que son los únicos que entran y salen a cualquier hora y que nos buscan y traen a cada uno en su casa. Aun dentro de la ilegalidad, son los únicos que nos están asistiendo”, expresó Rubén.
Las drogas
Hace menos de 10 días, el barrio Santa Rosa de Lima se despertó temprano con el sonido del helicóptero, cuando iniciaron las operaciones policiales que tenían como objetivo la ejecución de al menos una docena de allanamientos para producir arrestos de los presuntos autores del tiroteo que produjo que cinco personas resultaran heridas en la noche del sábado 5 de abril en Pasaje Falucho al 4.400 del mismo barrio; entre ellos, Tiziano, un nene de tres años.
Sobre el operativo y los problemas que subsisten en la zona, vinculados a la violencia y las drogas, Rubén opinó: “Es lo que envenenó a los pibes del barrio. La falta de un futuro, lo que se vivió en los 90, generó muchos adictos, que si bien es una minoría en el barrio, hace tanto daño que parece más en cantidad. Hay muchos vendedores de drogas y cada vez es más barata; y los chicos que consumen son cada vez más chicos”.
—¿Qué drogas se venden en el barrio?
—Marihuana, cocaína en sus distintas versiones, y lamentablemente se ha empezado a vender paco. Antes veíamos que pasaba en Colombia y hoy lo tenemos en el barrio o vamos en ese camino.
Más allá de los graves problemas que atraviesa la zona, el esfuerzo de su gente por progresar es evidente. A toda hora se ven los vecinos que van y vienen a sus lugares de trabajo, que hacen changas, que recolectan cartón y papeles, que en los pequeños ratos libres limpian las zanjas para que el agua corra. Todos se hablan y están atentos a dar una mano a quien lo necesite.
“Sin dudas lo mejor del barrio es su gente. Es lo que nos permite sobrevivir como comunidad, como barrio. A veces los problemas entre jóvenes los arreglamos los grandes, para evitar la violencia; y eso es porque nos conocemos todos”, concluyó Rubén.