Domingo 01 de Junio de 2014
Dino Ingaramo es licenciado en biotecnología de profesión, pero emprendedor de alma. Desde que comenzó su carrera universitaria se fijó un objetivo: llegar a una producción industrial vinculada a los alimentos. Mientras estudiaba barajó varios proyectos, pero recién al momento de hacer la tesis encontró lo que estaba buscando. El trabajo final que lo llevaría a recibirse lo hizo en un laboratorio de ingeniería ambiental. En ese lugar se estaba trabajando en la elaboración de vinagres en base a residuos de la cerveza. Mientras Dino avanzaba en su tesis empezó a colaborar en ese proyecto.
Allí se planteó su primer desafío: producir su propio vinagre y salir a venderlo. “Viendo el sistema de los vinagres y leyendo algunos artículos me enteré que si se llegaba a hacer una combinación de vinagres,como el de caña, de vino, entre otros, se podía llegar a un sabor similar al del aceto balsámico. Ese es un producto en base a mosto concentrado de uva, vinagre concentrado de vino, agua de red, colorante a los que se les agregan otros ingredientes. El primer paso fue llegar al vinagre de vino. Cuando lo logré comencé a hacer las combinaciones de los vinagres, pero nunca llegué al sabor del aceto”, admitió.
Sin embargo, no se desanimó y decidió buscar los acetos industriales que hay en el mercado, que todos son de marcas reconocidas, y tomó nota de los ingredientes. “Cada producto certificado bajo las normas del Código Alimentario Argentino está obligado a declarar los ingredientes, no así los porcentajes. Como vi que había cinco componentes principales utilicé las estadísticas que me habían enseñado en la facultad. Fui al laboratorio y diseñé un sistema multivariado de experimenficatos, que para los cinco elementos que tenía me daba un máximo de unos 6.000 ensayos posibles”, explicó.
En uno de esos experimentos iba a estar el sabor que Dino quería. El plan de trabajo le daba un promedio de 100 ensayos por semana y su entorno íntimo iba probando los resultados. El joven quería lograr un sabor igual al de la marca de aceto que más le gustaba o uno más rico. “En el experimento mil quinientos y pico llegué a un sabor que me gustó. A partir de ahí tomé 10 combinaciones para un lado y para el otro de la combinación que me gustó y les di de probar a mi familia un total de 21 sabores. A todos le gustaron sabores que estaban cercanos al mío, por lo tanto elegí el que me gustaba a mí”, dijo.
Dino Ingaramo tenía en sus manos su receta del aceto balsámico, que no era poco, pero recién era el inicio del camino a concretar su sueño. Luego realizó un rápido estudio de mercado donde vio que el vinagre común de manzana, de vino o de alcohol tienen ventas lineales y hasta en decadencia. Lo mismo pasa con el aceite de girasol. “Mientras que el aceite de oliva – cuenta– tuvo hasta hace dos años un crecimiento exponencial y ahora se mantiene. El aceto está en pleno crecimiento exponencial, igual que la salsa de soja. Eso significa que la gente está cambiando su alimentación y se está pasando a todo lo saludable. Además se está pasando a todos los condimentos y salsas hechas que no requieren de tiempo de preparación”.
Vencer todas las dificultades
Dino sabía que el recorrido no iba a ser fácil. El mejor mosto concentrado de uva y el vinagre de vino se consiguen solo en Mendoza. En la computadora se hizo una lista de todos los posibles proveedores que había en esa provincia y empezó a llamar y mandar mails. Pero no consiguió las respuestas que buscaba.
Imprimió la lista y se fue a Mendoza a visitar una por una las fábricas que producían el mosto concentrado de uva. Ahí se enteró de que ese producto no se vendía en el mercado interno, solo era para exportación. “Iba y me presentaba como licenciado en biotecnología para que me dejen pasar a hablar con los encargados de análisis general y siempre me dejaron pasar a los laboratorios. Les conté que quería producir aceto en Santa Fe, que era un producto que no se hacía ni en Buenos Aires, ni en Córdoba ni en ninguna provincia del litoral, porque todas las marcas reconocidas compran a granel y sólo fraccionan. Así conseguí que dos fábricas estén dispuestas a venderme”, narró.
Luego contó: “Ahí ya tenía el producto que podía fabricar en Santa Fe, pero no tenía una marca, ni las etiquetas. Tampoco sabía cómo venderlo y cómo hacer para que se transforme en algo legal. No es fácil inscribir un producto. Fui a Assal (Agencia Santafesina de Seguridad Alimentaria) y me preguntaron si era monotributista, si tenía un local, si tenía Cuit; no tenía nada. Fui a la Municipalidad y lo que yo quería hacer no estaba catalogado en ninguna categoría porque era fabricación y venta al público. Tuve que escribir una carta a Planeamiento Urbano para iniciar un expediente de Solicitud de Encuadre de Actividad.
Eso salió recién a los nueve meses”. “Pero aún no podía vender. Yo me preguntaba cómo hacía un artesano para vender en la plaza Pueyrredón. Fui y les pregunté qué permiso tenían y me dijeron que tenía que ir al quinto piso de la Municipalidad para que me den un carné de manipulador de alimentos. Para eso tenía que hacer un curso (que dura una semana), y sacar la libreta de sanidad. Justo se produjo una vacante para hacer el curso y me anoté”, recordó.
Pero para poder vender todavía le faltaba otro paso. Ingaramo tuvo que ir al Centro de Emprendedores de la Municipalidad y allí le dieron un número de Replo (Registro de Productor Local). Ese fue su pase para participar en la primera feria, en junio de 2013, en la Estación Belgrano. Fue una muy buena experiencia y que le sirvió para saber que estaba en la dirección correcta.
Paralelamente salió a la calle a ofrecer su producto en los negocios. Empezó con las dietéticas y luego siguió con las verdulerías y las carnicerías. El próximo salto sería la venta a supermercados, pero no quiere quemar etapas. Hoy está produciendo unas 500 botellas y frascos por semana, lo que le permite vivir de su emprendimiento.
“Esto viene teniendo un crecimiento sostenido desde que empecé. Me encantaría que esto llegue a una escala industrial porque mi idea no es pedir trabajo, sino dar trabajo. Quiero que se conozca la marca Dino Gourmet, porque es la única que en la región produce este tipo de productos. Es la única marca chica que en un futuro va a competir con las grandes”, se ilusionó.
Por último dejó una reflexión que es una muestra de su espíritu emprendedor: “Me encantaría que la gente de mi carrera deje de usar su cabeza para hacer doctorados. Hay un montón de cosas que se pueden hacer. Sólo hay que animarse. Se puede fabricar lo que uno quiera. Porque para encontrar el gen de la planta de girasol que le permita crecer más rápido se necesita el trabajo de 100 personas durante 10 años. Mientras que con los conocimientos de esa carrera uno puede ver cuáles son los componentes del champú y ponerse a fabricar. En lugar de traerlo de afuera, lo podemos hacer acá. Los suplementos para ir al gimnasio también se pueden hacer acá. Los que son nacionales tranquilamente los puede hacer un biotecnólogo en Santa Fe. Son solo ejemplos de todo lo que se puede hacer. Hay muchos productos simples que se pueden hacer acá y en lugar de tener una gran fábrica todos pueden tener su microfábrica”.
Ahora Ingaramo está por anexar nuevos productos a su línea gourmet, como una mostaza con miel y una mostaza ahumada. El joven de 29 años ya demostró que, a pesar de todas las trabas que tuvo, no hay desafío que sea imposible si hay un objetivo claro.