Un cabezazo letal de Samuel Umtiti en los albores del segundo tiempo bastó para sellar el pasaporte de Francia a la tercera final de su historia en el Mundial de Rusia, al imponerse este martes por 1-0 a Bélgica.

En un saque de esquina ejecutado por Antoine Griezmann, a los 6' del complemento, Umtiti se anticipó a Marouane Fellaini, custodio del primer palo. El zaguero saltó y le remató en las narices al arquero Thibaut Courtois, quien simplemente levantó las manos en un intento infructuoso por impedir que la pelota entrara a las redes. Y por enésima vez en este torneo, una jugada a pelota detenida resultó crucial. Esta vez definió a un finalista y Francia chocará el domingo por el título en Moscú con Inglaterra o Croacia, que se medían en la otra semifinal, este miércoles y también en la capital rusa.

El tanto francés no hizo sino radicalizar la estrategia que cada equipo había mostrado en el primer tiempo: un Bélgica más agresivo y un Francia que apostaba a la contra. Abofeteados, los Diablos Rojos se lanzaron en forma desbocada en busca del empate. Les Bleus se organizaron mejor atrás y apostaron a alguna transición rápida que les permitiera ampliar el marcador. Pero quizás por la desesperación o tal vez por el cansancio que derivó de un encuentro disputado a un ritmo muy dinámico, las aproximaciones belgas fueron generando cada vez menos peligro.

En la primera final de su historia, Francia se coronó como anfitriona en 1998, merced a una goleada por 3-0 sobre Brasil, en aquella noche en que Ronaldo perdió misteriosamente sus superpoderes. En Alemania 2006, sucumbió por penales ante Italia, tras el infame cabezazo que recibió Marco Materazzi y que significó la expulsión de Zinedine Zidane y su despedida de los mundiales.

Habrá por lo tanto cierto deseo de reivindicación en la selección francesa.