“La cama también es política”
Mabel Bellucci es una de las referentes nacionales en la lucha por el aborto legal. En su paso por Santa Fe habló de su libro y de la violencia institucional que se ejerce sobre las mujeres.

Miércoles 21 de Enero de 2015

La feminista y activista queer Mabel Bellucci es la autora de “Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo”, una publicación que recorre la lucha por la interrupción voluntaria del embarazo y resalta los hechos que fueron delineando cada uno de los pasos hasta llegar a la conformación de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

En el texto –que presentó a fines del año pasado en Santa Fe invitada por el Programa Género y Sociedad de la Universidad Nacional del Litoral– Bellucci desanda cada uno de los momentos claves de la lucha colectiva a partir de la multiplicidad de miradas.

En su paso por la ciudad habló de cuáles fueron los momentos más importantes en la lucha por la interrupción voluntaria del embarazo, del matrimonio igualitario y cuestionó la posibilidad de que existan objetores de conciencia.

“Para quienes nos afiliamos al feminismo queer, el aborto es una gesta de insubordinación entendiendo al cuerpo como una trinchera, es decir, entendiendo que cuando abortás le estás diciendo, en ese momento, no a la maternidad –resaltó Bellucci–. Y eso es una desobediencia a un mandato extremadamente tradicional que impone que el único lugar que tienen las mujeres es la reproducción biológica. Esa es la única salida. Acá también se pone en discusión lo íntimo, la cama que también es política”.

Además, la referente nacional en la lucha por el aborto legal señaló que los médicos que establecen la objeción de conciencia –trámite administrativo que les permite excusarse de realizar determinadas prácticas vinculadas a la salud y los derechos de las mujeres en hospitales y centros de salud públicos– tienen “un privilegio” y que se evidencia que el Estado es cómplice de las violencias institucionales.

Historia de lucha“Las primeras organizaciones feministas son de los años 70, como la Unión Feminista Argentina (UFA) y el Movimiento de Liberación Femenina. Yo trabajé con fuentes y material de quienes protagonizaron las luchas feministas en los 70 y los 80 en Buenos Aires. Para compensar ese centralismo porteño, convoqué a compañeros de distintos puntos del país”, explicó Bellucci en referencia al contenido de su publicación.

Y siguió: “Lo que se genera entonces es una polifonía sobre cómo ingresó en la agenda de los feminismos el aborto voluntario. Básicamente, el libro tiene una cartografía de los movimientos que trajeron el derecho a decidir con los grandes lemas de los feminismos eurocéntricos como «Mi cuerpo es mío» y de los movimientos del presente”. Para Bellucci, el libro constituye una caja de herramientas para el activismo, “para que se sepa qué historia le precede”.

—¿Cuál es el eje de “Historia de una desobediencia”?—El libro está sacando del closet el aborto. Es la historia de un movimiento que está totalmente silenciado dentro del feminismo. No es la historia de las luchas feministas, es la historia de las luchas por el aborto voluntario. Lo que vengo a plantear es que todas las corrientes feministas, de diferentes maneras, tienen una casa en común y, para mí, es el aborto. Por más que se lo ha ninguneado y que provoca escozor con solo nombrarlo, independientemente de lo que digan las instituciones (Iglesia, parlamento, corporaciones médicas o jurídicas) las mujeres implantamos nuestra propia decisión de abortar como una gesta de desobediencia.

“Yo utilizo el aborto –siguió– como un dispositivo para plantar discusión en torno a la heterosexualidad como régimen político, que no es inmiscuirme en la sexualidad de cualquiera sino presentar a la heterosexualidad como un régimen político que nos precede, se impone y heterosexualiza todo lo que encuentra. Todo se convierte en neutro, todo es heterosexual. Es un llamado a la desobediencia a esas normas que nos regularizan, nos encorsetan. Y eso nos permite pensar, aunque sea de manera utópica, otras formas de vinculaciones sexo-afectivas como la amistad y las relaciones sexo-eróticas. Hay una infinidad de relaciones que están en juego constantemente y que no centralizan la atención porque no son hegemónicas”.

—Entonces ¿el matrimonio igualitario es un quiebre o una forma de normalizar aquello que está fuera de la norma?—Creo que las dos cosas a la vez. Por un lado, estas sexualidades no reproductivas que dieron tanto de qué hablar y provocaron el levantamiento de Stonewall (primera manifestación pública por los derechos del colectivo de la diversidad sexual en Nueva York en 1968) terminan siendo atrapadas y atraídas por esas instituciones. Yo no quiero el matrimonio ni para heterosexuales ni para no heterosexuales. Me parece que esas instituciones tienen que estallar. Son máquinas de captura. Por un lado, creo que se ha heterosexualizado el ritual; pero, a la vez, tiene sus impactos porque no es lo mismo ser una pareja gay o lésbica o trans en el centro de Buenos Aires que serlo en el límite entre Formosa y Paraguay. La norma es una estrategia de visibilidad y eso se instala en el sentido común, que es lo más importante.

Momentos claves—En 1994, cuando se debate la Reforma Constitucional, se da uno de los momentos claves en la historia del aborto en la Argentina y un importante debate social a partir de la instalación en los medios del tema. ¿Qué cambió desde ese momento?

—Surgió la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Eso es un cambio muy significativo porque se crea un momento social, a nivel nacional, federal. Además que haya varias voces que estén poniendo en discusión y sacándole todo el tiempo el lugar protagónico que tienen el Estado y las instituciones jurídicas y médicas sobre el cuerpo de las mujeres heterosexuales es un cambio sumamente importante. Pero, también, son escenarios diferentes.

“En 1994 –contó– se arma una convergencia de coaliciones de mujeres feministas y no feministas para pelear cuerpo a cuerpo por la reforma de la Constitución en manos del menemismo. Eso fue muy interesante porque fue un ping pong entre Carlos Menem, Rodolfo Barra y sectores de la Iglesia y nosotras. Ahí el aborto empieza a ser sacudido. No se pudo incluir la cláusula antiabortista que quería el Vaticano porque Zulema Yoma, la exmujer de Menem, declara que ella abortó. La periodista Mariana Carabajal (Página 12) consigue la entrevista y ello lleva a que se frene esa alianza entre el partido gobernante y la Iglesia Católica”.

—¿Qué pasa después de 2001?—El aborto sale del corralito del feminismo y transversaliza todos los movimientos de sexo/género y agrupaciones piqueteras en ese momento de ebullición, casi plebeya, que se da.

Las objecionesBellucci remarcó la importancia de que se haya logrado un espacio de lucha colectiva integrado por distintas organizaciones de todo el país e insistió con la responsabilidad del Estado y de las corporaciones en el ejercicio de violencias contra las mujeres.

“Sin la existencia de los 10 años de lucha que lleva la Campaña (por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito) todo esto no sería posible”, dijo y agregó: “Para mí el aborto ilegal es parte del femicidio porque, como lo explica Marcela Legarde, el femicidio es, básicamente, la operación de violencia institucional sobre el cuerpo de las mujeres. ¿Qué más violencia institucional sufren las mujeres que cuando abortan de manera ilegal?”.

—Después de todos esos años de lucha hay miradas que se sostienen. ¿Por qué aparece una mayor aceptación al aborto no punible (en casos de violación o cuando corre riesgo la vida de la madre) pero no de la libertad de abortar?—¿Quién puede oponerse o cuestionar que una niña que fue violada por el padre, padrastro o tío diga que quiere hacerse un aborto? Pero lo que sucede es que después quedan algunos casos filtrados, que pueden pasar. Mientras que otros son censurados, hay un doble juego. Frente a determinadas causas sí hay una aceptación pero abriendo una panorámica más grande sobre el aborto en general hay una situación de tensión donde no siempre se acuerda.

—Considerando que en algún momento se podrá lograr el aborto legal, ¿qué viene después para los movimientos feministas?—Ahí empieza la lucha, creo. Hecha la ley hecha la trampa como se dice cotidianamente. Después vienen un desafío y una lucha muy fuerte con las corporaciones médicas y jurídicas y con el Estado. Hay que trabajar sobre la objeción de conciencia, la presión social que marca que abortar es matar una persona. Tenemos que trabajar en función de esas cuestiones y sentar precedentes. Es muy importante la alianza de las feministas heterosexuales y no heterosexuales con los movimientos de desobediencia sexual y con la corporación médica porque hay médicos y médicas amigables.

Por último, en cuanto a la objeción de conciencia remarcó que se trata de “un privilegio” para los profesionales médicos. “Si no lo quieren hacer que renuncien. ¿Por qué se niegan a hacer un aborto y no una cirugía mayor? ¿Por qué nos tienen que tirar con esos privilegios? Y el Estado es siempre cómplice de las violencias institucionales”.

Fuente: Victoria Rodríguez / Diario UNO de Santa Fe.