Lunes 15 de Septiembre de 2014
La semana pasada Messi Daniel Varela se convirtió en el primer niño argentino que lleva de nombre el apellido del astro del fútbol. El pequeño es el tercer hijo de una familia oriunda de General Roca, provincia de Río Negro, que pacientemente esperó la llegada del varón para lograr su cometido, ya que se supo que la intención de la pareja de bautizar a uno de sus retoños con el nombre del “mejor jugador del mundo” está vigente desde que tomaron conocimiento de que serían padres por primera vez, pero en las dos primeras instancias tuvieron mujeres.
Si bien para lograrlo el padre del niño debió realizar un trámite para pedir autorización, ya que el nombre no estaba registrado, el tema generó polémica. ¿Repercutirá en la personalidad del pequeño la elección de un nombre tan significativo para los argentinos?
Ser UN@ dialogó con la psicóloga santafesina María Catalina Gorosito quien explicó cómo puede afectar a las acciones cotidianas y al desarrollo del ser la denominación que nos acompaña para toda la vida. “La elección del nombre no es azarosa ni casual y en tanto en el caso de este niño Messi, teniendo en cuenta lo que implica ese nombre en nuestro país, nadie puede creer que el padre o la madre se lo hayan puesto pensado que el pequeño se convertirá por eso en un crack del fútbol, pero sí hay que saber que el peso de este nombre puede generar en el niño, en forma inconsciente quizás, una presión por acercarse o identificarse con aquella figura que representa”, comenzó a explicar la profesional.
Y siguió: “Muchas veces los padres sienten que al nacer el hijo o hija se reeditan y que a través de ellos podrán cumplir sus proyectos de fantasía o frustración que no pudieron realizar, entonces, de forma consciente o no, buscan un nombre que les transmita ese deseo de ver al hijo como aquel «que fue el atleta perfecto», el «alumno brillante», la «estrella de cine». Con esto no quiero hacer de la elección del nombre del hijo un acto condenatorio, pero sí creo que es algo que hay que considerar, ya que el nombre es algo que nos acompaña toda la vida”.
En ese contexto la experta hizo alusión a diferentes nombres que son elegidos por representar a distintas figuras que a lo largo de la historia tuvieron una importante repercusión para un grupo determinado. “Hay una tendencia a repetir estas situaciones, pero por supuesto que no hay que generalizar en todos los casos. Ya que en algunos la elección puede coincidir con la de alguien que tiene representatividad popular y en otros no, como es el caso de los Diegos que hay y que no todos tienen vinculación con Maradona, por supuesto”.
En esa línea, la profesional detalló: “La designación repercute en la personalidad, no es determinante, ya que al conocer el trasfondo que hay en su nombre (sea o no por imitación a una figura, todas las elecciones tienen una historia) la persona puede tener tres reacciones: lo puede tomar con felicidad; puede no generarle repercusión alguna; o bien puede ser considerada por él como algo nefasto que lo deja atrapado en un discurso que no le permite ser un sujeto deseante para ser lo que él quisiera”.
“Los rótulos que nos asignan desde chicos suelen ser un detonante fuerte de la personalidad, es decir que son preformativos. Sucede entonces que cuando le dicen a un chico que puede ser egoísta por ser hijo único lo puede condicionar en su personalidad, lo mismo que inculcarle la rebeldía por ser el del medio. Es decir, los etiquetamientos de «buen alumno», «el lento», que muchas veces marcan o estigmatizan a los niños, son muy difíciles de modificar por el poder mismo que tienen las palabras y los efectos de la subjetividad que nos permite comprender, marcan diferencias que muchas veces humillan o descalifican”, dijo.
Con los apodos
Según la psicóloga santafesina, los diminutivos de los nombres o apodos también suelen tener una repercusión en la persona. “La misma, generalmente, es positiva dado que dichas designaciones suelen construirse dentro de un entorno amigable”, dijo Gorosito y concluyó: “Hay algunas excepciones, tal es el caso de las denominaciones que lleguen como colación de un acto discriminatorio producto, por ejemplo, de alguna «cargada» que se haga en la escuela. En esa circunstancias sí puede representar algo malo, pero no es la generalidad”.