Domingo 02 de Febrero de 2014
En Risso 1.745, barrio Guadalupe Oeste, funciona desde el 27 de julio de 1941 la vecinal de esa jurisdicción. Hasta hace poco más de un año, en su primer piso funcionaba la copa de leche más poblada de la zona noreste de la capital provincial. Sin embargo, poco tiempo atrás la institución renunció a la asistencia del Programa Social Nutricional (Prosonu) al reconocer que, al menos en ese sector de la ciudad, el servicio alimentario ya no era necesario.
En la actualidad, entre otras tantas actividades, funciona como Banco de la Buena Fe. Se trata de un programa proveniente del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación y tiene como objetivo el desarrollo y crecimiento de la comunidad emprendedora de menores recursos. Los créditos que se otorgan son para apuntalar proyectos de cada individuo que pertenezca a la zona o al barrio.
En un repaso del trabajo de los últimos años, Mónica Ledesma, presidenta de la entidad vecinal, recordó: “La copa de leche surgió en la vecinal en el 89, en la gestión de (Raúl) Alfonsín todavía, cuando se produjeron saqueos en Rosario. Era una época de gran crisis económica, donde realmente había hambre. En ese momento, con un grupo de gente con la que trabajábamos en la vecinal, decidimos ofrecer dos servicios alimentarios: uno era un comedor de fin de semana y, el otro, la copa de leche, de lunes a viernes. Concurrían 500 chicos al comedor”.
En el inicio de su rol asistencial, Guadalupe Oeste no fue la excepción y así lo contó la presidenta de la vecinal: “El servicio de copa de leche lo hacíamos a pulmón, con recursos que generábamos nosotros para comprar víveres secos y frescos. En algún momento dejamos de hacer el comedor y trasladamos el servicio de copa de leche al corazón de lo que se conoce como Barrio Chaqueño, que en realidad es el barrio Coronel Dorrego”.
“Ese servicio lo sostuvimos durante muchos años en la zona más carenciada , que en ese momento no tenía una vecinal. Siempre mantuvimos un contacto fluido con la gente del barrio, aunque geográficamente no fueran jurisdicción nuestra”, relató Mónica.
“Para tener una idea de la situación de ese entonces, nosotros calentábamos la leche con leña. No había agua en ese lugar, el más cercano a las vías, por lo que caminábamos varias cuadras hasta llegar a la última canilla pública, que se encontraba en calle Larrea”, describió.
—¿En qué momento comenzaron a recibir aportes del Estado?
—Cuando se comenzó a implementar el Programa Social Nutricional (Prosonu) en la provincia de Santa Fe. Allí empezamos a recibir fondos para mantener el servicio. Así fue hasta el final. En los últimos años sosteníamos un servicio de copa de leche los lunes, miércoles y viernes, ya en el salón de la vecinal. Allí fue cuando fuimos redefiniendo el rol de la vecinal.
—¿A qué atribuye el cambio de roles de la vecinal hacia afuera?
—Paulatinamente se fue reduciendo el número de chicos, hasta que nos dimos cuenta de que recibir un subsidio mensual era un desperdicio. A veces nos quedaban facturas, porque no venía la cantidad de chicos para la que estaba dirigido el servicio, por lo cual decidimos renunciar a ese recurso, que probablemente hiciera falta en otro lugar. Así lo comunicamos al Ministerio de Desarrollo Social y explicamos estas razones. Si bien había pocas familias que seguían viniendo, podían ser absorbidas por otro servicio.
La copa de leche funcionó más de dos décadas, y muchos de los nenes y nenas que concurrían a diario hoy recorren las calles del barrio con sus propios hijos. “De los chicos que hemos tenido en nuestros servicios alimentarios, de los que llevamos a nuestros campamentos o han venido a nuestros talleres, hay muchos que hoy están muertos; otros presos o pasaron por la cárcel; y hay quienes lograron sobrellevar su historia de otra manera. No sé en qué habremos contribuido en cada uno, lo que sí veo cuando me encuentro con estos pibes, los cuales la mayoría son hombres y mujeres con hijos, todos recuerdan los campamentos, por ejemplo”, reflexionó Mónica.
—¿Por qué los campamentos?
—Es un recuerdo imborrable en la mayoría de los pibes, más que cualquier otra cosa que hayamos hecho. Los campamentos que hacíamos todos los años, a los cuales nos llevábamos alrededor de cien chicos durante varios días, eran sus vacaciones. Eran las vacaciones a las que no iban a acceder de ninguna otra manera. Eran días en los cuales un grupo de adultos pensaba en ellos exclusivamente. A veces voy por la calle y algunos ya ni los reconozco, porque están grandes, y me gritan: «¡Moni!¿Cuándo nos vamos de campamento?».
“Para chicos que han tenido una infancia muy difícil con muchas carencias, pensando en lo que fueron los 90 por ejemplo para muchas familias, hay que entender lo que significa que alguien piense en ellos, más allá de sus propios padres. Que alguien que pertenece a esa sociedad que muchas veces los rechaza y discrimina piense en ellos. Fueron años tremendos, fue un impacto muy importante, vimos cómo se desmembraban familias y lo que hizo la irrupción de la droga”, agregó.
“Me parece que socialmente hay aún deudas pendientes. Hay muchos embarazos adolescentes y hay que trabajar más en eso. Los centros de salud reparten los anticonceptivos, pero falta algo. No puede ser que una piba piense que el único destino que tiene es ser madre a los 13 o 14 años para recuperar su autoestima. A veces pasa por ahí su único proyecto de vida, tener un hijo a esa edad”, manifestó.
—¿Qué más hace falta?
—El hecho de que haya disminuido el número de chicos en la copa de leche, no significa que no haya quienes aún necesiten un servicio alimentario. Hay que trabajar en esos núcleos duros de población que están fuera de todo sistema, aún cobrando la Asignación Universal por Hijo. No todo es la plata. Pienso en los adolescentes y creo que tenemos que ser el vehículo para que se apropien de los bienes culturales y sociales. Es lo que intentamos.