Lunes 17 de Marzo de 2014
Paula Eder/De la Redacción de UNO Entre Ríos
peder@unoentrerios.com.ar
Tengo una obsesión malsana por escuchar conversaciones ajenas en el transporte público. Sé que está mal, y que sería mejor que me ocupase de mis asuntos o que leyera un librito de bolsillo, pero viajo a Santa Fe a diario y cada vez que me quedo sin batería en el teléfono vuelvo a esta costumbre que nació allá por 1992, cuando empecé a viajar sola y en silencio, como todo un adulto de 8 años.
Me gusta viajar en el 5, porque ahí se escuchan las tramas más complejas, llenas de cuñados. A veces cogoteo con sutileza y espío qué materia van leyendo y según el color de zapatillas, arriesgo una nota. Ah, qué cosa más placentera prejuzgar sin miedo al repudio de personas mucho mejores que una. A decir verdad, cuando no tengo una pantalla donde fijar la vista, lo único que me importa es saber por qué un señor llora en el tercer asiento, si es viernes y afuera hay un sol precioso.
El otro día me pasó. Subieron en la plaza del Bombero y lo que pasó en mi cabeza, fue más o menos así: “Él vuelve y ella va. A juzgar por su saquito de hilo, ella estudia algo con números. Él, Comunicación. Lo sé por la mochila con parches. Acaban de hablar por primera vez, aunque él la ve irse hace rato, porque su mamá -sin preguntar- le sacó abonos en Fluviales, y ella todos los días toma el Etacer de las once treinta. Hoy la vio escarbar con apuro el fondo vacío de su cartera y entonces no tardó ni un segundo en ofrecerle un boleto de los suyos, porque en el Olimpo de sus deseos terrenales está olerle el perfume durante 40 minutos seguidos.
Ella lo mira atenta y no porque esté interesada en lo que cuenta, sino porque todavía no le entiende el color de los ojos. Ella baja en El Pozo y de ahí en más van a rezarle a la casualidad para que los vuelva a reunir en alguna garita. Y va a pasar, claro. Tendrán una, dos, tres citas. Mil. Y entre idas y vueltas, creo que dentro de unos años van a tener un hijo. Mitad paranaense, mitad santafesino. Digamos, paranfesino. Un chiquito gracioso, gran bailarín de cumbia, que hablará con cantito entrerriano y pinchará un barril con precisión quirúrgica; y a la pila de ladrillos donde asamos animales le llamará churrasquera, como dios manda. Va a ser de Unión, más que nada para darle el gusto al padre, pero habrá una contradicción cromática en su corazón, porque desde chiquito jugará al sóftbol en Patronato, será short-stop, de esos voladores. Un día, en un campamento escolar, se va a escapar de la carpa muy temprano, va a sacar de la mochila una caña de pescar y solito va a arrancar para el río. Va a sentarse a en la orilla en silencio y se va a sentir el nenito más grande del mundo. Después lo van a retar, pero sacó tres mojarritas y en lo único que piensa es en volver y contarle a su abuelo; es que así son los que comenzaron a nacer un poco debajo del río.”
Y también podría pasar que nada de esto ocurra.
Hay quienes tenemos la vida partida en dos. En mi caso, la mitad de mi trabajo y de mis afectos, está del otro lado del Paraná. No lo elegí, ellos ni siquiera me caen tan bien, pero un paranaense casi nunca es turista en Santa Fe y viceversa. Así como no fotografío una barranca, jamás tomé una foto del Puente Colgante, pero cuando viene algún porteño me gusta alardear un poco de lo lindo que se ve a la noche, con las luces prendidas.
Desde hace un tiempo, las cosas se pusieron complicadas. Llegar a tiempo al trabajo o a la facultad es algo reservado para quienes pueden estar en la terminal de ómnibus una o dos horas antes. O para quien guste de viajar en mula. Claro que este grupo es mucho más reducido, principalmente porque el túnel subfluvial no permite el tránsito de equinos híbridos. Los fines de semana viajar ya es una acción heróica, tal como querer alcanzarle un táper con strudel a un primo que vive del otro lado de Berlín, en 1985.
Dicen que en unos años tendremos un puente. Imponente, luminoso, primermundista, para que el turista genuino piense que ha llegado a Manhattan. Aunque los estudiantes se sigan agolpando en las terminales a las 6, para poder entregar un TP a las 10.
Quisiera ser optimista, pero el conflicto tal como hoy está planteado, no parece tener solución. Temo que para las próximas generaciones, el pueblo vecino se transforme en un lugar extraño como, pongámosle, Chubut. ¿Qué es Chubut? ¿Alguna vez alguien vio un chubutense? Yo no, por ejemplo. Ni siquiera estoy muy segura de ese gentilicio. ¿Será “masitas” también su equivocada forma de denominar a las galletitas? ¿Qué Edgardo Poldi tendrán para que uno pueda mofarse y reírse como loco? ¿Cómo será el señor del Quini 6 de Chubut? La pregunta sería ¿por qué quieren chubutizar Santa Fe? Seguramente sea una provincia muy linda, pero con la que no tenemos nada que ver.
Ahora es tarde, ya estamos a la mitad de la carrera, en medio de muchos proyectos, ahora nuestros hijos piden lupines. Ahora que Miguel Del Sel duerme siestas por cadena nacional, nos sentimos avergonzados y ridículos, tanto alguien que nació a orillas de la Setúbal.
Hay un lazo cultural difícil de romper, pero que corre peligro si está determinado por una lógica empresarial que como tal, persigue un beneficio económico y ve en el trabajador y en el estudiante usuarios de un servicio, y no sujetos de derecho. No les demos el gusto. Nunca seamos Chubut. Sigamos llenando esos colectivos con maquetas de cartón, sigamos copando las terminales, sigamos enamorándonos y trayendo paranfesinos al mundo. Alguien tiene que escuchar.
Uno Entre Ríos