Domingo 14 de Septiembre de 2014
Desde épocas remotas el ser humano viene batallando contra los microorganismos. En 1929, con el descubrimiento de la penicilina, se generó una revolución en el campo de la medicina. Algunos años después, era tal el optimismo en el mundo, que el Consejero Superior de Salud de los EE.UU., William Stewart, declaró que había llegado la hora de cerrar el capítulo de las enfermedades infecciosas pues“la batalla había sido ganada”.
Casi cuatro décadas después, no sólo no estamos cerca de ganar la batalla, sino que año tras año aparecen –o reaparecen– enfermedades que nos llevan a pensar en cómo solucionar este viejo dilema entre humanos y patógenos. Desde la década del 70, cientos de enfermedades nuevas aparecieron, muchas de ellas bacterianas o zoonóticas. Si bien es cierto que hoy día estamos bien equipados para enfrentar muchas de ellas, no debemos descuidarnos. A su vez, la interacción humano-medio ambiente-patógenos hace que no sólo debamos preocuparnos por la aparición de nuevas patologías infectocontagiosas, sino que también debemos estar alertas ante las enfermedades “viejas” que vuelven a aparecer. Son aquellas entidades que ya no se consideraban una amenaza para la salud pública y que se conocen como “enfermedades reemergentes”.
En la actualidad, los ojos del mundo están centrados en el brote de Ébola –que al parecer se habría originado en una pequeña y remota aldea de Guinea, un país muy pobre del oeste de África–. La emergencia sanitaria fue declarada por la OMS y el arduo trabajo de contención del virus parece no tener fin en el continente africano.
Pero la lucha también se da en otros territorios, incluida la Argentina. Vivimos en un mundo globalizado donde las fronteras son casi inexistentes y en cuestión de horas miles de individuos se mueven desde un país hacia otro. Los humanos no sólo transportan sus elementos personales al viajar, sino que también son un vector de microorganismos y, por ende, de enfermedades.
Animales, comida y todo otro elemento que sea transportado es, potencialmente, un vehículo de transporte también. Muchos factores influyen en la aparición y rápida propagación de enfermedades infecciosas como la rápida transición demográfica, el drástico cambio climático, nuevas tecnologías y formas de alimentación, políticas de salud pública ineficientes y otros propios de la adaptación de microorganismos a medicamentos y huéspedes.
Reaparición de dengue autóctono en Japón luego de 70 años, brote de sarampión en los Estados Unidos –con más de 600 infectados en el período 2014–, y “peste” (en 1348, una enfermedad terrible y desconocida se propagó por Europa, y en pocos años sembró la muerte en todo el continente), en países del este asiático, son algunos ejemplos de enfermedades reemergentes en el plano internacional.
La deuda ética
En nuestro país, podemos hablar de algunas patologías que nunca dejaron de ser un problema de salud pública, como las infecciones de transmisión sexual, sarampión, triquinosis, leptospirosis, hepatitis A, escabiosis y tuberculosis. Muchas de estas condiciones están altamente estigmatizadas en la población e históricamente estuvieron asociadas con condiciones sociales desfavorables: diarreas infecciosas, Chagas, brucelosis, entre otras tantas.
Un tema que es eje de debate ético en el mundo de la investigación es lo que se conoce como la “disparidad 10:90”. El 90 por ciento del dinero de la investigación va destinado a tan sólo un 10 por ciento de patologías, excluyendo muchas enfermedades infecciosas que, consecuentemente, son las que mayormente impactan a los sectores más vulnerables y se cobran millones de vidas al año.