Panza llena, corazón contento
La copa de leche de la vecinal Guadalupe Oeste cerró porque la concurrencia de los chicos se redujo a un nivel mínimo. Tras dos décadas de un rol asistencial, la entidad se fortalece como espacio de contención social integral.

Miércoles 25 de Septiembre de 2013

María Soledad Mizerniuk

Diario UNO Santa Fe

Vacío quedó el salón del ruido de las gruesas tazas plásticas contra el tablón de madera. Sólo se oye el eco de los pasos donde el bullicio de voces infantiles llenaba cada espacio y ahora se barre polvillo en vez de las escurridizas migas que se colaban en el escobillón.

En Risso 1.745, barrio Guadalupe Oeste, funciona desde el 27 de julio de 1941 la vecinal de esa jurisdicción. Hasta hace meses, en su primer piso funcionaba la copa de leche más poblada de la zona noreste de la capital provincial. Sin embargo, poco tiempo atrás la institución renunció a la asistencia del Programa Social Nutricional (Prosonu) al reconocer que, al menos en ese sector de la ciudad, el servicio alimentario ya no era necesario.

“La copa de leche surgió en la vecinal en el 89, en la gestión de (Raúl) Alfonsín todavía, cuando se produjeron saqueos en Rosario. Era una época de gran crisis económica, donde realmente había hambre. En ese momento, con un grupo de gente con la que trabajábamos en la vecinal, decidimos ofrecer dos servicios alimentarios: uno era un comedor de fin de semana y, el otro, la copa de leche, de lunes a viernes. Concurrían 500 chicos al comedor”, contó a Diario UNO, Mónica Ledesma, presidenta de la institución.

Todo a pulmón

Como ocurre con numerosas organizaciones no gubernamentales, el sostén económico de las actividades comunitarias requiere –en la mayoría de los casos– del esfuerzo e ingenio de quienes las impulsan. En el inicio de su rol asistencial, Guadalupe Oeste no fue la excepción y así lo contó la presidenta de la vecinal: “El servicio de copa de leche lo hacíamos a pulmón, con recursos que generábamos nosotros para comprar víveres secos y frescos. En algún momento dejamos de hacer el comedor y trasladamos el servicio de copa de leche al corazón de lo que se conoce como Barrio Chaqueño, que en realidad es el barrio Coronel Dorrego”.

“Ese servicio lo sostuvimos durante muchos años en la zona más carenciada, que en ese momento no tenía una vecinal. Siempre mantuvimos un contacto muy fluido con la gente del barrio, aunque geográficamente no fueran jurisdicción nuestra”, relató Mónica.

En el mismo sentido, la vecinalista acotó: “El servicio siempre estuvo direccionado a sectores con necesidades básicas insatisfechas, a las familias más humildes del barrio. Además, estaba articulado con otras actividades que desarrollábamos, tales como los campamentos que se llevaron adelante durante 20 años con los chicos que venían a la copa de leche”.

En los 90, las condiciones sanitarias e incluso la precaria infraestructura de servicios pintaban de color abandono esa zona de la ciudad. El tono sepia de las calles –cortadas y pasajes en su mayoría– y un rancho que se sacudía cada vez que pasaba el tren, cobijaban cada día a muchas panzas con hambre.

“Para tener una idea de la situación de ese entonces, nosotros calentábamos la leche con leña. No había agua en ese lugar, el más cercano a las vías, por lo que caminábamos varias cuadras hasta llegar a la última canilla pública, que se encontraba en calle Larrea”, describió Mónica.

—¿En qué momento comenzaron a recibir alguna ayuda del Estado?

—Cuando se comenzó a implementar el Programa Social Nutricional (Prosonu) en la provincia de Santa Fe. Allí empezamos a recibir fondos para mantener el servicio. Así fue hasta el final.

Cambio de roles

“En los últimos años sosteníamos un servicio de copa de leche los lunes, miércoles y viernes, ya en el salón de la vecinal. Allí fue cuando fuimos redefiniendo el rol de la vecinal”, explicó la vecinalista santafesina.

—¿A qué se debió esa redefinición de roles de la vecinal?

—Paulatinamente se fue reduciendo el número de chicos, hasta que nos dimos cuenta de que recibir un subsidio mensual era un desperdicio. A veces nos quedaban facturas, porque no venía la cantidad de chicos para la que estaba dirigido el servicio, por lo cual decidimos renunciar a ese recurso, que probablemente hiciera falta en otro lugar. Así lo comunicamos al Ministerio de Desarrollo Social y explicamos estas razones. Si bien había pocas familias que seguían viniendo, podían ser absorbidas por otro servicio alimentario.

Por la descripción de Mónica, no había lugar a debate de ninguna cifra oficial ni extraoficial. “En realidad, cuando uno hace trabajo territorial y tiene inserción en el lugar, las estadísticas las produce uno mismo”, señaló.

La copa de leche funcionó más de dos décadas, por lo cual es deducible que muchos de los nenes y nenas que concurrían a diario hoy recorren las calles del mismo barrio de la mano de sus propios hijos.

“De los chicos que hemos tenido en nuestros servicios alimentarios, de los que llevamos a nuestros campamentos o han venido a nuestros talleres, hay muchos que hoy están muertos; otros presos o pasaron por la cárcel; y hay quienes lograron sobrellevar su historia de otra manera. No sé en qué habremos contribuido en cada uno, lo que sí veo cuando me encuentro con estos pibes, los cuales la mayoría son hombres y mujeres con hijos, todos recuerdan los campamentos, por ejemplo”, reflexionó Mónica.

—¿Por qué los campamentos?

—Es un recuerdo imborrable en la mayoría de los pibes, más que cualquier otra cosa que hayamos hecho. Los campamentos que hacíamos todos los años, a los cuales nos llevábamos alrededor de cien chicos durante varios días, eran sus vacaciones. Eran las vacaciones a las que no iban a acceder de ninguna otra manera. Eran días en los cuales un grupo de adultos pensaba en ellos exclusivamente. A veces voy por la calle y algunos ya ni los reconozco, porque están grandes, y me gritan: «¡Moni!¿Cuándo nos vamos de campamento?».

“Para chicos que han tenido una infancia muy difícil con muchas carencias, pensando en lo que fueron los 90 por ejemplo para muchas familias, hay que entender lo que significa que alguien piense en ellos, más allá de sus propios padres. Que alguien que pertenece a esa sociedad que muchas veces los rechaza y discrimina piense en ellos. Fueron años tremendos, fue un impacto muy importante, nosotros vimos cómo se desmembraban familias y lo que hizo la irrupción de la droga”, agregó.

La opción por los pobres

“Lo que la Iglesia hoy dice que es «la opción por los pobres», yo lo vivo desde el punto de vista ideológico, como muchos de los que han trabajado en esta vecinal. Es la opción por los que menos tienen. Por supuesto que también tenemos que trabajar por todos los vecinos y reclamar por todas las necesidades, pero es como en una familia, uno siempre piensa en el que más necesita”, aseguró Mónica a Diario UNO.

—Muchos de esos chicos pobres a los que calmaron sus necesidades hoy llegan a la vecinal con sus hijos, ¿qué diferencias observás entre ambas generaciones?

—Las oportunidades. Espero que todos las puedan aprovechar y saber captar la diferencia. Por lo que podemos apreciar, crece la matrícula de las escuelas; este centro de salud existe hace muchos años y hoy vemos la asistencia que hay. Creería que ambas situaciones se relacionan con la Asignación Universal por Hijo, porque existe la obligación de hacer controles de salud y que los chicos concurran a la escuela.

“Me parece que socialmente hay aún deudas pendientes. Hay muchos embarazos adolescentes y hay que trabajar más en eso. Los centros de salud reparten los anticonceptivos, nadie lo ignora, pero falta algo. No puede ser que una piba piense que el único destino que tiene es ser madre a los 13 o 14 años para recuperar su autoestima. A veces pasa por ahí su único proyecto de vida, tener un hijo a esa edad”, manifestó.

—¿Cómo leen la violencia escolar como problemática en los barrios?

—Hace 10 años que comenzamos a trabajar con el equipo interdisciplinario. Habíamos comenzado con la Junta de Seguridad, que tenía como sede a la vecinal. Los docentes comenzaron a plantear en esas reuniones la cuestión de la violencia escolar y que no tenían herramientas para trabajar con los chicos ni lugares donde las familias pudieran plantear esa problemática.

“Los profesionales lo hacen ad honorem, a excepción de los períodos en que nos aprueban proyectos. La idea que planteamos era que se necesitaba asistencia terapéutica, un equipo que trabajara con chicos con un alto grado de conflictividad, derivados de las escuelas de la zona, de manera personalizada como cualquier chico de clase media accede a un psicólogo o psicopedagogo”, dijo Mónica.

—¿Qué más hace falta?

—El hecho de que haya disminuido el número de chicos en la copa de leche, no significa que no haya quienes aún necesiten un servicio alimentario. Hay que trabajar en esos núcleos duros de población que están fuera de todo sistema, aún cobrando la Asignación Universal por Hijo. No todo es la plata. Pienso en los adolescentes y creo que tenemos que ser el vehículo para que ellos se apropien de los bienes culturales y sociales. Es lo que intentamos. Es lo que hacemos con la Orquesta de Niños, por ejemplo. Ver un pibe chaqueño cruzando el barrio con el violín en la espalda es impactante.

UNA OPORTUNIDAD

María Eva (la mujer de cabello corto en la foto de página anterior), vecina de Guadalupe Oeste, también representa con su testimonio algunos de los cambios que se produjeron en los últimos años.

“Trabajé 13 años en la copa de leche. Estábamos en una temporada muy mala en mi familia, me anoté para recibir un Plan de Jefas y Jefes y me dijeron que tenía que ir a trabajar a una institución. Vine a la vecinal y nunca me fui. Ahora soy parte de la Comisión Directiva”, relató María Eva a Diario UNO.

Su lectura de estos años es sencilla y concluyente: “Acá aprendí a ver la vida de otra manera. Entendí que hay gente que necesita que alguien le preste el oído y que los chicos necesitan que alguien les dé un poco de amor”.