Por el camino de la vocación
Arturo Serrano es médico rural. Un documental multipremiado lo tiene como protagonista. Mirá el VIDEO.

Domingo 21 de Diciembre de 2014

Tiene 60 años y la mitad de su vida la dedicó a su pasión: la medicina; pero con un sentido de vocación y servicio único. Su nombre es Arturo Serrano y vive hace 30 años en Santo Domingo, una comunidad rural de 2.000 habitantes, ubicada en el departamento Las Colonias, a 80 kilómetros de la capital provincial. Es especialista en medicina generalista y de familia, y cuida de la salud de sus pacientes como un vecino más. Hoy es el protagonista del documental Salud Rural, dirigido por Darío Doria, que fue distinguido en el 29º Festival de Cine Internacional de Mar del Plata (ver aparte).

 El doctor Serrano dialogó con Diario UNO acerca de su profesión, la realidad de la salud rural y la relación médico-paciente, que hoy se encuentra en el contexto de un sistema sanitario que describe como “perverso”.

Desde 1985

Arturo vive con su familia a dos cuadras del Centro de Salud Comunitario Santo Domingo, donde ejerce la medicina desde 1985. Tiene dos hijos: Juan que estudia música en la ciudad de Santa Fe y Mariano que padece autismo. Silvia, su esposa, falleció hace unos pocos años. 

—¿Cómo surgió su trabajo como médico rural?

 —Se dieron varias cosas. Soy oriundo de San Juan, hice mi residencia en Santa Fe y en ese tiempo había sido muy activo políticamente. Había mantenido muchas luchas gremiales y cuando terminé no tenía mucha cabida en la ciudad, no iba a conseguir trabajo porque era muy activo. Por otro lado, pensaba que en un pueblo iba a tener una vida más ordenada y tranquila, nada más lejos de la realidad. Porque la verdad es que a cualquier hora aparecen enfermos o tenemos un accidente. Uno está comiendo y suena el teléfono; está durmiendo y tiene que levantarse para ver a un paciente, no tenía idea que era así. Y el otro motivo que después hizo que me quede es que mi hijo menor, que ahora tiene 27 años, tiene autismo y no hay nada mejor que un pueblo para sostenerlo. Lo difícil es la rehabilitación, pero es el mejor lugar del mundo para que pueda vivir. Acompañándolo a él es que elegí quedarme.

—¿Cómo define su vocación?

—Esto es una elección, tiene que haber mucho de vocación para poder llevarlo a cabo porque aquí hay que hacer de plomero, carpintero, todo, porque no hay muchas profesiones en los pueblos. Y fundamentalmente ser inquieto para poder modificar las cosas que no están bien. Uno tiene que involucrarse para mejorar la calidad de vida y traer igualdad. Yo creo que el secreto para esto va por ese lado. Pareciera que hay ciudadanos de primera que viven en la ciudad y que tienen todos los servicios; y ciudadanos de cuarta que están en la zona rural porque tenemos los servicios que nos tocan en suerte, que no siempre son buenos y son muchos más caros.

—¿Cómo es su relación con los pacientes?

—Es muy buena, soy un vecino más de Santo Domingo. Eso también es importante. Sostener un grado de humildad que es el que debería tener cualquier otro profesional. Yo hago lo que tengo que hacer y después soy una persona normal como cualquier otra, y eso suma. Cuando viene un paciente con un problema de salud, que puede ser una banalidad o una cosa gravísima, para él es un mundo y es lo más complicado que le está pasando en ese momento. Entonces uno tiene que tratar de darle respuestas y estas pasan por muchas cuestiones: por lo cultural, lo antropológico, lo sociológico. Esto tiene que ver con reconocer que hay una cultura popular y que a lo mejor va a ser más efectivo un té de una hierba medicinal que una medicación. Pero también tener en cuenta que el afecto, la contención y el apoyo psicológico es fundamental y eso es lo que se pierde en la relación médico-paciente por la falta de tiempo.

—¿Cómo debe ser el perfil del médico rural?

—El adecuado es el de un generalista, que es el que tiene más competencia sobre la mayoría de los problemas de salud, pero la cuestión central pasa por la inquietud de cada persona como para resolver esto y sobre todo una cuestión vinculada a la honestidad intelectual, laboral; porque a uno le pagan por hacer este trabajo y tiene que responsabilizarse por eso, más allá de que esa remuneración no es la adecuada.

—¿Cuáles son las cosas que deben cambiar?

—El sistema sanitario es completamente perverso porque mide resultados en todos lados: la seguridad social, las prepagas, el Estado mismo piden números; cuántos pacientes atendiste en el día y no importa la calidad de los servicios. Yo creo que la medicina tiene que empezar a dar un vuelco en esto y empezar a pensar más no en los resultado cuantitativos, sino en los cualitativos. Y justamente esa es una de las fortalezas de la medicina rural y la generalista que es relacional y que tiene que ver con todas estas cuestiones. Y siendo una especialidad horizontal, transversal, tiene una fortaleza relacional con el paciente.

—¿Podemos decir que médico rural se nace y se hace?

—Uno de los problemas que hay para la ruralidad es que no hay protocolos, ni guías terapéuticas adaptadas. La ruralidad es algo muy especial, no es lo mismo que lo urbano. Es difícil porque hay gente que tiene que recorrer cinco kilómetros en el barro, o 20 en el ripio y eso en la ciudad no se ve, se vive de otra forma. Por eso es importante añadir información a estos casos porque si bien la neumonía es igual en Santo Domingo que en Santa Fe, el tratamiento es distinto. Si ese paciente está en el campo, llueve y no puede salir, uno tiene que prever todas esas cosas porque no lo voy a poder evaluar hasta que termine la lluvia, dentro de una semana o los días que sean. Algo que no se piensa ni en el ministerio de Buenos Aires, ni de Santa Fe, ni en ningún lugar. Y son cuestiones muy importantes para esto, el problema es que somos una minoría. El 10 por ciento de la población vive en los pueblos.

—¿Cuál es la realidad sanitaria de los pueblos? 

—Hay un abandono total de la zona rural. Los pueblos producen casi el 40% del PBI de la Argentina y lo que viene en redistribución es nada. Por eso hablo de ciudadanos, porque es el término con el que los políticos se llenan la boca, pero en realidad somos tan ciudadanos nosotros, los de los pueblos, como los de las ciudades. Sin embargo, no tenemos los mismos derechos. En Santa Fe, de los 350 pueblos que tenemos, solo el 20% tiene médico rural. Eso está muy mal, las autoridades tendrían que reflexionar y hacer algo. Y el problema de que los colegas jóvenes no quieren venir es justamente por esto, porque uno viene aquí a estar solo. Cuando se encuentra con problemas, con complicaciones, con casos límites, uno no tiene más que el equipo de salud para dar respuesta. Eso es exponerse muchísimo y por eso es que nadie quiere venir.

Mirá el avance del documental: