Sábado 07 de Diciembre de 2013
Soledad Mizerniuk
Diario UNO de Santa Fe
Inocentes todos, inocente Serena e inocentes también los cientos de chicos de la escuela Nº 95 Simón de Iriondo de Alto Verde, que desde hace años se esconden debajo de los pupitres o de las camas cuando escuchan el primer tiro. Inocentes los que no llegaron a cubrirse, como Serena en el Club Regatas; y como Antonella Portillo, de 19 años, que murió por otra bala perdida de un tiroteo, en la manzana 3 del distrito hace poco más de dos meses.
Hoy duele y conmociona, enfurece e indigna a una sociedad completa. En gran medida porque ésta es una verdad que gritan desde hace años las marcas de balazos en los tapiales de distintos barrios, porque lo denunciaban entre mares de lágrimas tantos familiares y amigos de víctimas de la inseguridad en la Plaza desde hace mucho tiempo. Sin embargo, ¿cuántas marchas solitarias pasaron esas madres en estos años? Grupos de 10 o 15 personas que reclamaban a gritos por justicia, mientras sólo un puñado los acompañaba.
El 25 de mayo pasado, el sacerdote Javier Albizu, al frente de la parroquia Jesús Resucitado de Alto Verde, convocó a una marcha por la paz. El lema era Que el silencio de nuestra marcha sea más fuerte que el ruido de las balas. ¿Cuántos lo apoyaron?
¿Por qué hoy sí duele? ¿Por qué a este abrazo simbólico sí fueron? ¿Por qué a esta marcha por justicia? Posiblemente porque muchos sintieron que podría haber sido cualquier otra hija, hermana, sobrina o nieta. Porque quienes hoy reclaman sienten la pertenencia de la víctima a una clase media que hoy es mayoría en la sociedad santafesina. Porque quizás muchos nunca antes entendieron lo que otros estaban sufriendo desde hace años. Porque la discriminación existe y en Santa Fe lleva nombres propios, los de los barrios estigmatizados por culpa de minúsculos grupos de violentos y delincuentes que mantienen en vilo a sus vecinos trabajadores.
Por Serena, por su inocencia, por su corta edad, por haber sido herida en un espacio en el que cualquiera de los otros cien chicos que se encontraban a su lado podría haber ocupado su lugar, hoy cientos se movilizan. Que al menos su inexplicable e imperdonable muerte sirva para unir a vecinos de todos los barrios en un pedido sincero por más seguridad y menos violencia. Que nos comprometa a todos y a todas a ser más tolerantes, a respetar y a educar en el respeto a las nuevas generaciones.
Que ningún otro chico deba morir para que quienes deben planificar no pierdan tiempo y decidan; para que quienes deben proteger la ciudad lo hagan con cuerpo y alma; para que quienes deben juzgar definan a conciencia y dicten sentencia; para que quienes legislan se rompan la cabeza pensando alternativas para promover la paz y la inclusión.
Y que ningún otro chico naturalice un balazo, ni tiemble cuando camina por la calle, ni desconfíe de otros por su vestimenta o características físicas, ni mire asustado hacia atrás cada vez que oye que alguien corre, ni mucho menos muera en medio de una balacera. No es justo, no es normal, no es justificable. Ellos no tienen la culpa.