Lunes 03 de Marzo de 2014
El pasado 17 de enero, dieciocho horas después de haber salido de su pueblo, Bella Italia (a 96 kilómetros al oeste de la capital de Santa Fe), y con una ansiedad abrumadora, Luis Olguín (44) arribó a la ciudad de Mendoza para emprender la aventura de seguir los pasos que hiciera el General José de San Martín y su ejército de granaderos en 1817 con el objetivo de dar libertad a los pueblos de Chile y Perú.
La experiencia fue “maravillosa” para él, lo mismo que para los demás integrantes del grupo –unos treinta, entre ellos nueve mujeres, un cura y dos médicos oriundos de distintas provincias del país– que conformaron la 17ª edición de la tradicional travesía que organiza la Asociación Cultural Sanmartiniana Cuna de la Bandera, que tiene sede en Rosario.
Mendoza fue sólo el punto de encuentro del equipo, pero todavía faltaba un largo viaje. Un micro los trasladó hasta Uspallata y desde allí otro los llevó hasta Barreal, provincia de San Juan. Desde donde partieron nuevamente hasta Álvarez Condarco, esta vez en un camión de Gendarmería, para tomar contacto con arrieros y baqueanos que los esperaban con 68 animales, aproximadamente, entre montados y carga, para dar inicio al ansiado cruce.
Día a día
Durante ocho días, de cinco, seis y hasta doce horas de cabalgatas –a 2.100 y hasta 4.500 metros sobre el nivel del mar–, bajo el sol y el viento, que a cada paso los hacía recordar que se estaban adentrando a la Cordillera, Luis y sus compañeros replicaron una de las hazañas más grandes de la historia argentina. Ocho días lejos de todo pero cerca de sus emociones. “Sabíamos que estábamos vivenciando en carne propia las vicisitudes que hace casi 200 años pasaron aquellos históricos hombres era algo único, aunque a diferencia de ellos nosotros sabíamos que en unos días volvíamos a nuestras casas, y ellos que iban a una batalla”, comentó el santafesino.
Manadas de guanacos, cóndores sobrevolando y las vistas únicas de los más altos cerros hacían más emocionante el camino a cada instante. “Cada mañana nos levantábamos cuando el sol asomaba sobre nuestras cabezas, desayunábamos algo liviano e iniciábamos viaje. Por las tardes se acampaba en lugares donde hubiese agua y algo de pasto para las mulas y caballos; a la noche se cocinaban los platos típicos que hubiera degustado el General y sus compatriotas (carbonadas, guisos), y luego se descansaba”.
Esta última actividad tuvo una connotación especial para nuestro aventurero, ya que él había decidido dormir a la intemperie, tal como lo habían hecho los hombres de San Martín, porque si bien se sabe que las tropas llevaban algunas tiendas, las mismas eran utilizadas sólo por los soldados de mayor rango. “Antes de que el cansancio me venciera, el cielo me regalaba un espectáculo colosal”, comentó el santafesino y completó: “Las bajas temperaturas, de entre 2 y 7 grados bajo cero, y la ausencia de comunicación se hacían sentir cada noche. En tanto, valorábamos mucho las charlas con los compañeros y las guitarreadas junto al fogón; aunque ninguno de nosotros estaba triste, todos teníamos la certeza de que estábamos haciendo algo único y que nos encontrábamos en el sitio justo a donde queríamos estar”.
Memorias
Justo a la mitad, o sea al día cuatro, el grupo llegó al hito fronterizo e hizo una ceremonia. Dicho momento fue rememorado con nostalgia por Luis, al igual que el final de la experiencia, que se sumó a la larga lista de aventuras que tiene en su agenda.
Y es que Luis Olguín no es ningún improvisado de los viajes de aventura; su paso laboral por una agencia de turismo y su pasión por los deportes extremos lo llevaron a conocer las montañas y a enamorarse de ellas, incluso a ascender cuatro veces el Aconcagua. “Hacer el Cruce era una materia pendiente para mí”, dijo y agregó: “Desde hace diez años que tengo la intención de hacerlo y esta vez me decidí, apoyado por mi esposa y familia (tiene dos hijos). Verdaderamente fue una experiencia soñada e inexplicable que recomiendo a cualquiera que ame la aventura y considere que la experiencia de San Martín es heroica”, dijo el hoy chofer de micro de larga distancia, quien aprendió a cabalgar en Pueblo Irigoyen, donde nació.