Siempre resplandeciente, el centro es una invitación a todos los barrios
Todo gira en torno a la Peatonal, una de las principales cartas de presentación de la capital santafesina. En sus cuadras y alrededores guarda mucho más que comercios, ya que tiene mil historias por contar.

Lunes 19 de Mayo de 2014

“Hace 64 años que vivo en el barrio, así que mirá si lo conozco”, se enorgullece Pepe Paz, vecino del Centro, ante la consulta de Soy de. “Vivo y trabajé muchos años acá, así que he visto todos los cambios”, agregó.

—¿Cómo recuerda la Peatonal santafesina en su infancia?

—No era Peatonal, en realidad. Era una calle doble mano en su totalidad y estoy hablando de la década del 60. La gente caminaba por las veredas, que eran muy angostas. La muchachada se paraba en San Martín y Mendoza.

En esa esquina que menciona Pepe funcionaba también un bar, al igual que en la actualidad, y llevaba incluso el mismo nombre. “Ahí se juntaban los jóvenes los sábados a la mañana y a la tarde; y los viernes a la noche también”, acotó.

—¿Qué edificios se destacaban?

—No había muchos. Estaba la Municipalidad y había algunos pocos sobre San Martín. En la Plaza España se construyó uno que luego demolieron también. La mayoría eran casas. A diferencia de otros barrios, las manzanas estaban completas, no había terrenos baldíos. Los comercios eran muchos desde varias décadas antes de que la Peatonal fuera tal.

Pepe cuenta que la zona más comercial de San Martín comenzaba en calle Tucumán y se extendía hasta Rosario (hoy Lisandro de la Torre). “Después sólo había casas hasta la Casa de Gobierno. Donde sí había mucho movimiento era en la Estación de Ómnibus, que funcionaba frente al Correo, donde hoy se construye el Centro de Especialidades Médicas (el Cemafé). Eso se demolió en 1963. Y donde está hoy la Terminal, funcionaba la Estación de Trenes”, describió el vecino.

“La esquina clave era Mendoza y San Jerónimo. Ahí había movimiento durante las 24 horas. En esa zona, podías ir a las 3 o 4 de la mañana y había gente que entraba y salía de todos lados”, recordó.

Otras épocas

El tranvía fue, en la ciudad de Santa Fe, un transporte útil y, además, pintoresco. Los vecinos del centro fueron, como lo son hoy con los colectivos, los más privilegiados de la capital, ya que contaban con todas las líneas.

“Había un montón de tranvías acá. Por 25 de Mayo, por San Jerónimo, por Mendoza, pasaban. Las seis líneas que existían venían al centro, de la 1 a la 6. Una iba para el Hipódromo; otra para Facundo Zuviría, una por General Paz; entre otras. Hacia la Costanera se acercaban, pero en realidad no existía la avenida como tal. La Costanera era la avenida Siete Jefes y nada más, donde hoy empieza la Costanera nueva se terminaba la ciudad. Era todo campo y quintas. Para ir a la Basílica, a la Fiesta de Guadalupe, el tranvía iba por General Paz”, contó Pepe.

El cementerio de Ángeles

El centro atesora numerosas páginas de historia local. Muchas se vinculan con los relatos del barrio Sur, pero otras tantas se encuentran repletas de esos relatos que los abuelos aman contar a sus nietos. Entre ellos se encuentra el pasado de la escuela Nacional Simón de Iriondo y de los terrenos en los cuales se emplazó.

Según los datos recogidos en el libro Para Conocernos, de Luis Mino, siglos atrás, debido a la desaparición del Cementerio de la Merced, el gobierno se ocupó de buscar un lugar adecuado para la inhumación de cadáveres.

Lo instaló en un terreno contiguo al oeste de la capilla de San Antonio, razón por la cual, el nuevo cementerio tomó el nombre de la antigua capilla. Según los datos recabados, en 1778, Diego Yedros y Cruza López presentaron un petitorio, solicitando se les conceda permiso, con licencia del virrey, para erigir una capilla dedicada a San Antonio de Padua para lo cual piden se les done un solar que se encontraba detrás de la casa de la mujer de Manuel Muñoz.

Este terreno correspondía a lo que es hoy la manzana delimitada por las calles Mendoza, 4 de Enero, Salta y Urquiza. Antes de finalizar el siglo XVIII la capilla estuvo terminada. En enero de 1808 el alcalde Agustín de Iriondo propuso establecer allí un hospital.

Veinte años después, la construcción presentó problemas edilicios, por lo cual se decidió transformarlo en cementerio católico, junto a la capilla. Según la tradición oral, en los primeros años el mismo se destinó sólo para el entierro de niños, de allí su nombre de Cementerio de los Angelitos.

Se habilitaría para el uso general durante una epidemia de cólera, producida en la ciudad de Santa Fe durante 1866. El espacio resultó insuficiente y el gobierno ordenó la construcción de un nuevo camposanto público, el cual se instaló junto a la Basílica de Guadalupe, sobre Javier de la Rosa y Piedras. Luego se trasladaría a su lugar actual.

En 1905 el Obispado vendió al Consejo General de Educación el terreno con la capilla San Antonio, donde se inauguraría dos años después, en 1907, el Colegio Nacional Simón de Iriondo.