Lunes 14 de Julio de 2014
Son barrios que renacieron de su propio barro, aquel que dejó la todavía impune inundación de 2003 en la ciudad de Santa Fe. San Lorenzo y Chalet son dos de los rincones del sudoeste de la capital provincial que quedaron bajo el agua del Salado hace 11 años y que aún llevan las cicatrices marcadas en los cimientos de cada casa, en la humedad eterna de cada pared.
Más allá de su “renacimiento”, la historia de esta zona santafesina acumula varias décadas sobre sus espaldas.
En la investigación Crear riesgo, ocultar riesgo: gestión de inundaciones y política urbana en dos ciudades argentinas, basada en las características de Santa Fe y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires –desarrollada por Jesica Viand y Silvia González para el Instituto de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires– se hace referencia a los bañados del río Salado y se menciona que “entre la década de 1930 y principios de la siguiente y tras la crisis económica mundial, el éxodo de la población rural provocó un notable crecimiento demográfico en la ciudad, generando demanda de terrenos”.
Allí, el intendente Manuel de Iriondo tomó una medida clave en la consolidación del proceso de ocupación de las zonas inundables del suroeste: la construcción del terraplén Irigoyen. Junto con esta obra, no existieron límites legales en los loteos. Por esos años y en esas condiciones nacía lo que hoy es conocido como barrio Chalet, que en algún momento se identificó como La Boca del Tigre y que antes fue Sudoeste.
“Recién en 1939, el gobierno municipal fijó pautas para el ordenamiento territorial al aplicar la Ordenanza Nº 3864/39, reglamentando las urbanizaciones y subdivisiones. El terraplén dio vía libre a la ocupación de las zonas anegadizas, generando, al mismo tiempo, una falsa sensación de seguridad, pues allí los terrenos seguían siendo bajos y se anegaban con facilidad cuando se presentaban lluvias: en esos casos la obra de defensa impedía el buen escurrimiento del agua”, continúa el informe.
Entre las décadas de 1930 y 1950, se dio la mayor formalización en la ocupación en las zonas periféricas, a partir de políticas públicas que facilitaban el acceso a la vivienda. Se crearon nuevos barrios y se consolidó la ocupación de otros. Muchos terrenos incluso eran rellenados para este fin.
“El barrio se llamaba Sudoeste hasta que se levantaron los chalecitos, con el Plan Habitacional Eva Perón, en la década del 50. Eran cuatro manzanas con ocho chalecitos cada una. Los dueños pagaban un crédito hipotecario”, relató a Soy de María Claudia Albornoz, vecina “nacida y criada” en Chalet. “Ahí sí llegaron más servicios. Antes teníamos canillas comunitarias, no había agua corriente”, agregó.
El santo de los quemados
María Emilia De la Rosa vive en el barrio San Lorenzo hace 44 años. “Llegué con mi familia a los 13, cuando la inundación del 65 corto la vieja ruta 168. Era un barrio de ranchos de barro y techos de paja. Recuerdo que había una sola canilla de agua potable pública y había que llenar baldes y tachos para las necesidades de la familia”, relató la vecina a Soy de.
Y continuó: “Había calles de tierra y con el tiempo se colocaron piedras. Se caminaba por la calle cuando llovía, pero los adoquines estaban solamente desde San José, por 3 de Febrero hasta Solís. El pasaje Lamadrid era un zanjón donde se escurría el agua, no nos inundábamos como ahora. Se escurría más rápido porque se unía a los zanjones de General López en todo el largo de las vías del Ferrocarril Mitre, cosa que hoy está todo tapialado”.
Los recuerdos florecen en la voz de María Emilia y sonríe al contar historias de otros vecinos de la zona: “Cuando era joven hablaba con los dueños del almacén de ramos generales que estaba en San José y 3 de Febrero y me contaban que cuando ellos se iban a casar compraron un terreno que era tan bajo casi como una laguna. Don González salía de trabajar y llenaba con tierra el camino desde San Juan hasta su lote. Ahí edificó su casa con doña Virginia. Ellos tenían el único teléfono en el barrio, así que cobraban la llamada”.
La mujer se acuerda también que, décadas atrás, otro entretenimiento eran los partidos de fútbol en la cancha de San Lorenzo, todos los domingos. “Lentamente se fue transformando el barrio con paredes de material, ya no había que mantener las paredes de barro después de las lluvias o prenderse de los techos para que no te lo lleve la tormenta”, expresó María Emilia.
En esos años, década del 60, el fletero que colaboraba en todas las mudanzas era don Anselmo, con su carretón. Vivía en General López al 4200 y la parada se encontraba en la Estación Mitre.
“También la capilla San Lorenzo en sus comienzos era de techo de paja y paredes de barro. Durante muchos años vino desde la Iglesia de la Virgen de la Merced el padre (Edelmiro) Gasparotto (ver página 7) quien trabajó mucho en cada lugar y así fueron creciendo los barrios Arenales, Chalet y San Lorenzo”, acotó la memoriosa vecina.
Por último, por si quedaban dudas, aseveró: “Me encanta pertenecer al barrio San Lorenzo. Aquí me casé y tengo cuatro varones. Ha sido una bendición en mi vida”.