Hablar, sacar afuera, poner en palabras los episodios traumáticos se convierte en una especia de catarsis terapéutica. En Contar la Inundación, editado en 2005 a través de la editorial de la Universidad Nacional del Litoral, las profesoras Mari Hechim y Adriana Falchini rescataron 64 testimonios de uno de los hechos más oscuros de la historia de la ciudad de Santa Fe: la inundación de abril de 2003. Allí, esas 64 historias construyen una memoria colectiva, un entramado de voces que busca haces de luz en un cielo que, debido a la falta de justicia, todavía se muestra oscuro.

Francisco Bitar es licenciado en letras y escritor. Es autor de libros de poesía como Negativos (2007), Ropa Vieja: La Muerte de una Estrella (2011) y The Volturno Poems (2015). También incursionó en la novela con Tambor de Arranque (2012) y en la crónica, a través de Historia Oral de la Cerveza (2015).

Francisco recuerda que el 29 de abril de 2003 salió para la facultad, pero que rápidamente tuvo que volver a su casa porque los colectivos no estaban circulando. Prendió la radio y se enteró de lo que estaba sucediendo. Como tantos santafesinos, se movilizó para ayudar a sus vecinos,y participó de un programa llamado "Busco a mi familia", que había diseñado su padre desde ATE: "Con unos amigos salimos a ocuparnos de eso. Íbamos en el auto, juntábamos gente, la llevábamos de un lugar a otro", rememora. También recuerda: "Durante mucho tiempo padecí la inundación, como lo hicimos todos. La ciudad se convirtió en algo más oscuro y triste, parecía más peligrosa. La policía vio la oportunidad y se hizo más dura".

En octubre del año pasado, Bitar publicó "Mi nombre es Julio Emanuel Pasculli" (N Direcciones Editora), segundo eslabón de una trilogía que busca recuperar el habla colectiva y que debutó con "Historia oral de la cerveza". En "Mi nombre es..." el escritor santafesino elabora un poemario sobre esa experiencia grupal, tomando como base las historias presentes en Contar la Inundación. A través de un trabajo de reescritura, el autor vuelve sobre los testimonios, recreándolos en un nuevo lenguaje, pero sin perder la esencia de esas voces.

—¿Cómo nace el proyecto "Mi nombre es Julio Emanuel Pasculli"?

—Trabajo como editor en la Universidad Nacional del Litoral, pero sobre todo hago tareas de corrección y lectura. En el 2013 se cumplieron diez años de la inundación y la Universidad se propuso reeditar Contar la Inundación, que fue publicado en el 2005 y estuvo a cargo de Adriana Falchini y Mari Hechim. Consistía en una serie de registros orales de víctimas de la inundación del 2003 que las autoras reunieron junto a un grupo de alumnos. Yo lo estaba corrigiendo y me di cuenta de que, con esos relatos, se podía armar una reescritura.

¿Cuáles fueron tus influencias al momento de proyectarlo?

Poco antes de comenzar con "Mi nombre es..." el escritor e investigador Charly Gradin había publicado la instalación online Peronismo Spam y en el 2011, el libro Spam. En ambos trabajos, como procedimiento, se utilizaron recursos digitales. Gradin googleaba "El peronismo es como" y las diferentes entradas terminaban conformando un poema. Ahí aparecían frases que iban desde Cámpora a Susana Giménez. Y Spam era un libro que tenía el mismo procedimiento, pero con otras búsquedas. "Mi nombre es..." recoge esa impronta, junto con las reescrituras del escritor Leónidas Lamborghini, como las cartas de Van Gogh o La Razón de mi Vida de Evita. En términos de prosodia, aparece la repetición. Y eso era un índice de búsqueda en el documento en el que estaba trabajando. Por ejemplo, el poema "Yo Estaba" es el resultado de esa indagación en el Word del libro, y por cada resultado hay un verso. Por ejemplo: "Yo estaba trabajando en Monte Vera", "Yo estaba con mis hijos en el terraplén", "Yo estaba dando Arlt en la facultad". De esa manera nació el libro, de una coincidencia de cosas un poco azarosas. Pensé algunos índices de búsqueda y después, con ese mismo material, armé poemas un poco más convencionales y cuajó. Pero siempre trabajando con lo que estaba en Contar la Inundación. Lo único que hago es montar, pero no agrego ni una palabra. Hay una idea de ser fiel a la materia con la que uno está trabajando: me parecía importante que persistiera la realidad de las víctimas.

¿De dónde nace el nombre del libro?

Al nombre llegamos después de un tiempo. Eso fue lo más difícil. En un momento se volvió algo ajeno a la producción y, por supuesto, la respuesta estaba en la obra. Hay un verso que dice "Mi nombre es Julio Emanuel Pasculli" y lo encontré dos años después con Nisman, cuando todos estaban con "Yo soy Nisman", y yo decía: "Yo no soy Nisman, yo soy más Emanuel Pasculli que Nisman. ¿Qué tengo que ver con un abogado, agente de la CIA?". Y lo que surgió como una ocurrencia, terminó iluminando lo que está en el libro: una especie de habla colectiva.

—¿Mediante qué herramientas literarias y lingüísticas te propusiste volver a los textos de Contar la Inundación?

—Hay cuestiones que tienen que ver con un trabajo de versificación más clásico. Traté de que tenga una especie de ritmo consecuente con la música que encontraba en el libro, pero sobre todo con el relato de la inundación que todavía subsiste. Ninguna de las personas que vivían acá cuando pasó es indiferente o ajena, sea o no santafesino. Todos tartamudeamos cuando hablamos de eso. En el sentido que repetimos lo que decimos para escucharnos y procesarlo. Esa idea de la repetición, de lo que no está resuelto en el lenguaje, aparece en "Mi nombre es...". En términos retóricos se llama anáfora, y es un recurso bastante utilizado en la poesía reciente. Por otro lado, el poema central del libro se llama El Mal. Hasta ese momento, venía trabajando con búsquedas, por lo tanto venía usando una especie de estructura anafórica, porque cada verso empezaba con la misma palabra. En El Mal trabajo por sustitución. La palabra agua está reemplazada por la palabra El Mal. Ese es el poema más largo del libro, el central.

—¿Cómo se trabaja con una gran cantidad de voces sin que pierdan su identidad?

—Michel Foucault decía que la transcripción directa, desde el plano del habla a la literatura, no da como resultado literatura. Tiene que haber una operación entre lo oído y lo escrito, para que exista ese artificio que termina siendo el texto literario. A mí me parece que la manera de ser fiel a las voces era componer ese artificio. No estoy tan seguro que podamos decir que en el texto pervivió la voz de fulanito o menganita. Pero sí me parece que se desprende la existencia de un habla colectiva. En el sentido de reproducir el habla de la tribu, se recupera una inquietud muy importante: tratar de ser fiel a esas palabras. Porque reproducir una por una cada voz sería una locura. La literatura está tratando de hacer un ejercicio de síntesis. Esa era una indagación clave: que el lector experimentara la pluralidad de voces que, en el fondo, se tocan.

—¿Qué repercusiones tuviste luego de la publicación?

—Salió hace relativamente poco y lo estamos moviendo con el editor. Tiene la velocidad de circulación de la poesía, que es más bien lenta. Me pasó de leer El Mal en público y encontrar la devolución de la gente. Las veces que lo hice, sentí que el público se involucraba y eso alimenta el acto de leer. Se genera algo, se me acercan y me dicen: "a mí me pasó esto". Ese es el último fin de la literatura: el reconocimiento. Y no me refiero al reconocimiento narcisista hacia el autor, sino a la empatía que se provoca. Ni bien se publicó, en octubre del año pasado, lo llevamos al Festival de Poesía Latinoamericana de Bahía Blanca y ahí estaba la cantante, actriz y escritora Rosario Bléfari. Leí El Mal y Rosario me pidió una copia del libro. Más adelante, me la crucé en Buenos Aires. Me contó que está entrenando actores y utilizó el libro en La Plata, donde en el 2013 hubo una inundación muy fuerte. Los chicos que estaban con ella leían "Yo estaba" y seguían el poema contando su propia historia. Esa fue otra noticia que me llegó sobre la empatía que produce la obra. Me interesa que trascienda el mero hecho de la inundación. Que lo lea alguien que vive en La Puna y que vea algún valor en eso.