Jueves 19 de Julio de 2012
Hipólito Ruiz
Diario UNO de Santa Fe
Ángel Meynet, socio fundador del Centro Observadores del Espacio (Code), y durante muchos años su director, asegura que desde los nueve años se interesó por la astronomía, una pasión que abrazó toda su vida. Su primer acercamiento a la temática fue la novela de Julio Verne, De la Tierra a la Luna, y desde esa lectura le llevó 22 años llegar por primera vez a Cabo Kennedy, en los Estados Unidos.
En agosto de 1965, el entonces gobernador de la provincia, Aldo Tessio, llamó a Meynet a su casa y le dijo que lo esperaba en su despacho. “Yo no lo podía creer”, admitió Meynet quien recordó algunos detalles sobre aquel encuentro: “Tessio me dijo que mediante su gestión me proponía ir a conocer el Centro Espacial, con todo pago por la provincia. Y en octubre de ese año ya fui a ver un lanzamiento. En aquellos días se lanzaban a la órbita de la tierra a dos astronautas del proyecto Geminis. Era para hacer pruebas y chequeos a la nave por si un día tenían que hacerlo cuando iban a la Luna”.
A tres años de esa experiencia, el santafesino se enteró de que la Nasa ya había puesto fecha para el lanzamiento del Apolo 11 que llevaría a Neil Armstrong, Edwin E. Aldrin Jr. y Michael Collins a la Luna. “No me lo podía perder”, dijo Meinet, quien recordó que tuvo que iniciar los trámites un año antes para ser aceptado en el Centro Espacial situado en Florida, Estados Unidos.
“Como había estado en 1965, me fue más fácil”, reconoció el santafesino, quien ingresó al Centro como periodista y en representación de Canal 13 de Santa Fe. Luego añadió: “Salí desde Ezeiza el 9 de julio de 1969 y el 13 de julio llegué a Cabo Kennedy, y el 16 fue el lanzamiento. Tres días después los astronautas se pusieron en órbita de la Luna para poder verla de cerca, desde cien kilómetros de distancia y con telescopios para definir el lugar ideal de descenso”, explicó.
“La Luna está llena de cráteres –continuó–, es un paisaje muy difícil y si el módulo pisaba mal se volcaba y adiós a la misión. Por eso los astronautas dieron varias vueltas a la Luna. Eso les llevó un día entero hasta encontrar el lugar que creyeron más propicio. El 20 de julio, recuerdo que ese año era domingo, a las 14 horas, el modulito de descenso tocó la superficie de la Luna”.
—¿Qué sensación tuvo en ese momento?
—En ese momento me acordé de muchas cosas. Cuando yo iba a segundo grado de la escuela Stephenson, siempre hurgaba para ver si había algún material sobre astronomía. Pero los libros de astronomía de aquellos días, en 1943, eran muy pesados y yo apenas sabía sumar y restar. Eran unas cosmografías con trigonometrías, álgebra; cosas que yo no entendía. Pero días después la bibliotecaria me consiguió un libro: De la tierra a la Luna, de un tal Julio Verne. Me lo dio por diez días y yo lo leí varias veces. Me quedó grabado ese viaje. Y a pesar de que yo tenía nueve años, qué va a estar uno prometiendo cosas para un futuro a los nueve años, me hice la propuesta de pibe de que yo iba a ir a ver alguna vez, el lanzamiento a la Luna. Por eso, cuando estuve frente a este cohete de más de 100 metros de alto, me acordé de aquellos días y que esa promesa se cumplió.
“Cuando este cohete de 3.000 toneladas de combustible comienza a subir, si llegara a explotar tiene un poder destructivo equivalente a un cuarto de la bomba de Hiroshima. Razón por la cual al lanzamiento había que verlo en el centro que estaba a cinco kilómetros. Desde esa distancia, semejante aparato se podía apreciar perfectamente. Además, cuando comenzó a subir tenía una cola de fuego de mil metros. Algo impresionante”, describió.
Meynet guarda en su casa, entre otros tantos objetos y recuerdos de su experiencia en Estados Unidos, una réplica del Apolo 11. “El cohete tenía 111 metros de altura y cargaba tres mil toneladas. Para lanzar a la luna 45 toneladas y traerlas de regreso, necesitan un cohete portador enorme”, dijo.
La hazaña, paso a paso
Luego explicó cómo se produjo el viaje, una instancia que consta de tres etapas. La primera es impulsada por una parte del cohete de 40 metros de alto por 10 de ancho. Esta etapa se agota a los 85 kilómetros de altura y deja al resto de la nave con una velocidad de 10 mil kilómetros por hora. Ahí se enciende la segunda etapa que saca a los astronautas de la capa de aire y le imprime una velocidad de 24 mil kilómetros por hora.
Mientras que la tercera etapa consiste en entrar en órbita en la Luna. “Ahí la velocidad que necesitan es de 28.800 kilómetros por hora. Eso ya lo había calculado Isaac Newton, hace 300 años. Mientras que a la tercera vuelta a la Luna se vuelve a encender la máquina y llegan a los 40 mil kilómetros por hora, que se llama velocidad de escape que los ayuda a escapar de la atracción de la tierra”, precisó.
“Pero una vez que apuntan a la Luna –aclaró– deben bajar la velocidad. Porque la Luna tiene tan poca masa que su poder de atracción es escaso. Los retrocohetes van frenándola hasta conseguir una velocidad de 2.000 kilómetros por hora que permite que la Luna los atraiga”.
“El módulo se queda en órbita con un astronauta, Collins. Mientras que durante la madrugada del 20, los otros dos astronautas pasan al módulo lunar que se desprende e inicia un viaje de 450 kilómetros para caer en el lugar previsto para alunizar. Ese lugar se eligió a partir de fotografías enviadas por robots años antes y por ellos mismos en la recorrida de la Luna. Así determinaron que el mejor lugar era el Mar de la Tranquilidad”, aseguró.
Luego prosiguió: “El descenso fue de 20 kilómetros y duró una hora. Cuando llegan, Armstrong informa que tocaron la superficie. Pero no bajaron. Imagínese que cualquiera estando en la Luna lo primero que quiere hacer es bajar. Pero el temple que tenían esos hombres hizo que se queden en la nave y primero almorzaron, tal cual se lo indicaron los médicos”.
“Después miran por las ventanillas de vidrio grueso y explican que todo es blanco y negro. Como la Luna no tiene atmósfera todo se reduce al negro o blanco profundo. Armstrong explicó que todo era sumamente silencioso porque no había aire y el cielo era negro”, rememoró.
“Luego de esa breve descripción –acotó– les ordenan dormir, desde las 16 hasta las 22.30, porque tenían muchas cosas para hacer en un lugar donde nunca fue nadie en la historia de la humanidad. Entre las advertencias se les dijo que no se podían apartar más de 40 metros del módulo lunar porque no se sabía qué podía haber más allá. Está repleta de precipicios, de picos, cráteres, hendiduras. Cumplen, recogen unos 20 kilos de rocas y vuelven al módulo lunar”.
Meynet contó que todos los movimientos de los astronautas eran monitoreados desde el Centro Espacial y que había grandes pantallas donde se mostraban las imágenes y se escuchaban las conversaciones con los hombres que estaban en el espacio.
“Cuando tuvieron que subir al módulo para regresar, uno de ellos dijo que iba a sentir nostalgia por la Luna, porque sabía que no iba a regresar nunca más. Las otras misiones que se hicieron fueron con otros astronautas. Lo que no mucha gente sabe es que fueron varias veces. Apolo 11; 12; 14; 15; 16; y 17. Seis veces fueron y 12 astronautas distintos bajaron a la Luna. Ninguno repitió la hazaña”, concluyó Meynet.