Por Catherina Gibilaro

gibilaro.catherina@diariouno.net.ar

Días atrás estuve mirando, absorta, el programa de la RAI (Radiotelevisión Italiana) conducido por el afamado periodista peninsular Fabio Fazio. El punto fuerte fue cuando le hizo un reportaje a Diego Armando Maradona, otrora gran estrella del fútbol mundial.

A Maradona tuve ocasión de conocerlo en Milán en 1982, cuando me desempeñaba como corresponsal de la agencia Télam en Italia. Nos alojábamos en el mismo hotel, el Leonardo Da Vinci de Milán. Diego jugaba en Boca y bajo la dirección técnica de Silvio Marzolini enfrentaba al Milan. Nadie pone en discusión al que es considerado uno de los mejores jugadores de fútbol del mundo. Algunos sostienen que incluso superó al gran Pelé. Esto es un tema que será discutido por siempre y no quiero entrar en la disyuntiva de quién es el mejor.

Sí quiero, tras haber escuchado a Diego, con el cual he compartido el hotel milanés y me saqué una foto, es hablar de él como persona.

No dudo que tiene perdida la escala de valores o al menos trastocada. Porque hoy, a sus 53 años y ante miles de personas, sigue negando algo que es vergonzoso para cualquier hombre que se precie de ser tal: a dos de sus hijos.

En el programa se ufanó de tener dos hijas (Giannina y Dalma) y un nieto, Benjamín, que según dijo, “es su vida”. Buenísimo, pero al periodista que lo entrevistó le faltaron agallas para preguntarle una verdad que está a la vista de cualquiera ¿y el hijo varón que tuvo durante su estadía en Nápoles en los ’80 con Cristiana Sinagra? ¿O fue producto de un gol de media cancha? Me apenó ver a la platea italiana aplaudiendo eufórica cuando se refirió a sus hijas y al nieto ¿Pero está dicho que a un astro del fútbol se le deba perdonar todo? ¿Hasta cuándo el Diego que todos conocemos en su fuero más íntimo –su vida privada nunca fue tal– puede opinar incluso sobre problemas de la política internacional como si fuera un politólogo– cuando ni siquiera fue capaz de resolver los suyos?

Creo íntimamente, y lo digo con gran pena, que a lo largo de su vida le hicieron mucho daño endiosándolo y llevándolo al punto de hacerle creer que es “La mano de Dios”. Diego no es nada de esto. Es simplemente un ser humano plagado de errores, como yo, como cualquiera de nosotros, no está entronizado en ningún altar y me costaría aceptar que lo estuviera. Es hora de que dejemos de ser hipócritas y comencemos a verlo como lo que es. Aplaudamos al futbolista, pero no al hombre que deja tanto que desear y que no es ejemplo alguno para seguir.