El 28 de septiembre de 1983 los santafesinos no podían salir de su asombro. Uno de los emblemas de la ciudad había sido derribado por la crecida del río. El puente Colgante que identificó a Santa Fe desde 1927, cuando fue inaugurado, sólo mantenía en pie menos de la mitad de su estructura.

“Cuando se produce un hecho tan triste para la ciudad y su gente como la caída del puente Colgante, ese tipo de circunstancias nunca puede ser atribuido a una única causa. Sino que hay una convergencia de varios factores. En este caso lo que debemos analizar en primer lugar es el fenómeno físico. Generalmente se produce una combinación de procesos naturales y ambientales, en este caso la crecida, que en 1983 fue extraordinaria teniendo en cuenta los valores recogidos en los registros históricos”, explicó a Diario UNO el decano de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas de la UNL, Mario Schreider.

El ingeniero acotó que “esa crecida, en términos de permanencia y de caudal, es la mayor de la que se tenga registro. El caudal total estimado estuvo alrededor de 50.000 metros cúbicos por segundo, y de eso, casi 10.000 metros cúbicos pasaron por la sección del puente Colgante”.

Además del fenómeno físico, Schreider también marcó la incidencia de los procesos antrópicos donde la sociedad interviene. “Por qué todo ese caudal pasó por la sección del puente Colgante.

Porque evidentemente el río tiene como territorio un cauce principal, que es por todo el mundo reconocido y que, en promedio, ya que es variable a lo largo de su recorrido, frente a la ciudad de Santa Fe y Paraná está en el orden de los 3.000 metros. Pero tiene un valle de inundación que puede extenderse en algunos lugares hasta 30 kilómetros y eso también es territorio del río y que lo utiliza cuando su régimen hidrológico y las condiciones meteorológicas así lo hacen necesario”, dijo.

“En la crecida de 1966 sucedió que el río Paraná no había utilizado su valle de inundación de forma significativa durante mucho tiempo. Eso, junto con la necesidad de desarrollo y de crecimiento poblacional, trajo procesos de urbanización en el valle de inundación”, explicó y agregó: “Concretamente se construyó la ruta 168, las urbanizaciones de barrio El Pozo, los centros comerciales, el predio de la ciudad universitaria. Esos emplazamientos están en un ámbito natural del río. Cuando el río crece necesita ocupar su valle de inundación y encuentra el obstáculo que representan los asentamientos poblacionales y las intervenciones humanas y trata de responder como puede y encontrar los caminos alternativos”.

En 1983 uno de los condicionantes fue la ruta 168, particularmente el tramo Santa Fe-La Guardia, “que actuó como una especie de embalse al no dejar escurrir todo el caudal necesario” por la insuficiente luz de los puentes. “Eso hizo que el agua se embalsara aguas arriba de la ruta con diferencias que estuvieron próximas al metro. Esa agua que no podía escurrir en ese frente de cinco kilómetros tuvo que hacerlo por la sección del puente y así se llegó a esos prácticamente 10.000 metros cúbicos por segundo”, aseguró.

Pero en este punto Schreider añade otro dato interesante, que el agua encontró una vía preferencial de escurrimiento. “Muy próximos a todo lo que eran todas estas urbanizaciones, particularmente el barrio El Pozo, se hicieron dragados. Si eso no está bien diseñado, no se definen específicamente los lugares donde deben hacerse y el volumen que se va a extraer de cada uno, como sucedió en este caso, se terminó generando una línea de escurrimiento que es la que aparecía en la laguna a la altura del ex puente ferroviario y que determinó de algún modo las afectaciones que hubo sobre la Costanera y sobre la pila este del puente Colgante”.

“En este proceso –remarcó– hay responsabilidades compartidas donde están los roles gubernamentales y los de la sociedad civil. Porque por un lado la sociedad civil reclama que se tomen las medidas adecuadas, pero cuando aparecen emprendimientos comerciales, intereses privados, también presionan para que esos lugares que deben estar preservados para la naturaleza sean convertidos en emprendimientos productivos o inmobiliarios, y es ahí donde empezamos a tener problemas.

“Para llevar adelante estas cuestiones hace falta un proceso de ordenamiento territorial. De alguna manera, lo que se llama la inundación es el desajuste que hay entre sistema social y sistema natural. Recuperar ese desajuste, corregir esas cosas nos permitiría tener una mirada hacia el futuro, que es lo central. Tenemos que ver qué aprendimos de procesos como la inundación de 1983, qué aprendimos de la caída del puente Colgante. Porque eso es lo que nos permitirá hacia futuro tener mejores comportamientos y saber qué cosas podemos hacer y qué cosas no”.

Luego aclaró: “Para poder hacer este proceso de reordenamiento territorial, para poder saber hasta qué límite poder intervenir el sistema natural, hay que conocer. Y para conocerlo, hay que medirlo. No se puede gestionar lo que no se conoce y no se puede conocer lo que no se estudia”.

—¿Hoy se está estudiando ese sistema hídrico?

—Sí, después de ese hecho hubo mejoras muy sustanciales que se hicieron en un esquema de ciertas situaciones de contexto. Uno, cuando ya tiene esa condición de borde de las intervenciones humanas, lo que tiene que ver es cómo trabajar en esa coyuntura. La realidad es que en 1993, cuando se hizo el estudio para la Costanera oeste de Santa Fe se trabajó sobre una hipótesis de máximos caudales que se debían escurrir, que estaban en el orden de los 10.000 metros cúbicos por segundo. Además se planteó el aumento de la luz de los aliviadores, que fue sustancial. Pero también hay que pensar que la luz del puente por sí misma no es garantía de nada, sino que hay que asegurar que esa conducción de agua que viene, aguas abajo también tenga esa capacidad de conducción y tenga un terreno en disponibilidad para que pueda escurrir por ahí; que las descargas de esos aliviadores encuentren canales de conducción bien preparados. Para eso se diseñó desde la Facultad de Ciencias Hídricas lo que hoy se conoce como Corte Grande, y la limpieza de los aliviadores y la canalización aguas abajo en la zona de islas para que ante un evento como el del 83 el sistema esté preparado para aceptar el hecho, conducirlo adecuadamente y no sufrir los daños que ocurrieron.

“No se puede mirar para adelante si no se aprende de lo que pasó. La caída del puente Colgante es un gran aprendizaje y eso nos tiene que servir para que podamos corregir cosas”, agregó.

Al ser consultado cómo es la situación actual y si se deben realizar algunos trabajos puntuales para evitar futuras amenazas, Schreider dijo: “Lo que hoy está como diseño debería poder satisfacer las necesidades ante una crecida como la del 83. Pero nadie puede asegurar que no haya una crecida más grande, somos ingenieros, no dioses”.

Por último señaló: “Las medidas estructurales son siempre parciales. Un puente bien diseñado, una buena defensa, una canalización. Pero no sirven por sí mismas si no se complementan con las medidas no estructurales que son los planes de emergencia y de gestión del riesgo, qué hacer y qué saber hacer todos y cada uno, gobierno y sociedad civil, cuando las obras no pueden responder ante una situación que puede ser siempre superada por la naturaleza”.