Sábado 11 de Octubre de 2014
El vínculo con la música comenzó en su adolescencia. Cuando tenía 13 años empezó a estudiar por primera vez un instrumento, la batería. Esa experiencia marcó el rumbo que tomaría su vida. Eduardo Mezio se fue especializando en percusión y pasó por diferentes grupos. En la actualidad toca en el Emparche Ensamble, –que se presentará el jueves que viene en el Molino Marconetti, junto a Roda de Samba– e integra los grupos Suma qamaña y Derrumba. Pero ese gusto por la música también trascendió los escenarios.
Hace siete años conoció a un chico de Alto Verde que fabricaba tambores y se contagió esas ganas de sentir más propia que nunca a la música. Además de tambores fabricó una guitarra y charangos, pero los de percusión son los que más trabajó. “Aprendí preguntando, por lo que me enseñó un chico de Rosario y por lo que aprendí en El Bolsón, donde viví un tiempo. Allí hay un instituto con muy buenos docentes”, aseguró.
“El primer instrumento que hice fue un djembé –un tambor africano–, que lo prendí fuego porque se me partió. El segundo fue un cajón peruano y también algunos instrumentos chicos como la calimba. En El Bolsón también hice una guitarra medieval, una guitarra criolla, charangos, congas y cajones”, enumeró.
Mezio asegura que cada instrumento tiene su madera. “En los de cuerda por lo general se usa una madera de pino para la tapa. Pero no cualquier pino, sino uno como el abeto, que es de Canadá. También sirven el ciprés del sur o el alerce. Mientras que para la caja del instrumento de cuerda se usan árboles latifoliados o semiduros”, explicó.
La elección de la madera no es caprichosa. Cada una tiene sus propias características y elegir la madera es muy importante. “Para los tambores, si son de un solo cuerpo muchas veces uso los árboles que quedan tirados después de una tormenta. Se puede hacer con cualquier árbol, pero hay que saber elegirlos porque algunos se rajan más o varían los sonidos que se le pueden sacar”, dijo.
“También depende qué tipo de tambor se va a fabricar”, aclaró y añadió: “En el caso del djembé se utiliza una madera dura porque se afina mucho y tiene armónicos agudos que vibran con la madera. En cambio si se usa una madera porosa no se llega al sonido que debe tener el djembé. Lo mismo, aunque al revés, pasa con el bombo legüero para el que se usa el ceibo, que es bien poroso, y le da ese sonido. Otras maderas ahí sonarían diferentes”.
Pero la búsqueda de la fidelidad del sonido para cada instrumento también se conjuga, en algunos casos, con la investigación y la exploración de nuevas tonalidades.
“Si encuentro un árbol que no sé cómo puede sonar, seguramente voy a probar a qué sonidos lo puedo llevar. El djembé que estoy preparando ahora es de un ciprés, que es una conífera y que tradicionalmente no se usa para este instrumento. Sonar va a sonar, pero seguramente no va a ser lo mismo que con una madera dura del África”, aseguró.
El tiempo que demanda la fabricación de los instrumentos depende de muchas variables. “Si en el aserradero te venden la madera seca, los trabajos se hacen rápido. Pero si están húmedas hay que esperar a que se sequen. Dos charangos los puedo hacer en un mes. A los tambores le doy una primera forma gruesa y después los pinto con aceite de lino y los dejo que se sequen. Pero no tienen que secarse tan rápido porque se empiezan a rajar. Hay que ponerlos en lugares oscuros y el secado puede llevar su tiempo, sobre todo en Santa Fe que tiene un clima complicado”.
Al momento de comparar sus instrumentos con los que se hacen en serie, Eduardo dijo que hay diferencias en el precio y en los sonidos. “Hay instrumentos que llevan su tiempo hacerlos, mientras que los que son hechos en fábricas salen más rápido y más baratos. Incluso yo veo que hay fábricas que usan tapas de terciado para instrumentos de cuerdas y eso cambia mucho el sonido porque hay maderas de baja calidad. Mis charangos suenan diferente. Cada instrumento tiene el sonido de la persona que los hace"
Por Hipólito Ruiz / Diario Uno de Santa Fe