Viernes 20 de Septiembre de 2019
Hace algunas semanas Pablo Lavallén era blanco de todo tipo de críticas, en toda encuesta realizada a través de los medios, su desaprobación era muy grande y la mayoría de los hinchas pedían su salida.
Era insultado y hostigado cuando Colón jugaba como local y se hacían apuestas para acertar el día en que sería despedido. Ya casi se trataba de un bullying diario al cual era sometido.
Con versiones y rumores, que muchas veces partían de puertas adentro del club con la clara intención de desestabilizarlo y que se reproducían en los medios. Se llegó a decir que José Vignatti le había bajado el pulgar y que ni siquiera tenían relación.
Sus virtudes se minimizaban y sus errores se potenciaban. Cuando Colón ganaba era pura y exclusivamente por mérito de los jugadores y cuando perdía el principal responsable era el entrenador y su cuerpo técnico.
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Se dudó de sus capacidades para formar el equipo y de los cambios que realizaba durante los partidos. También se cuestionó la falta de una idea de juego y las continuas variantes sin encontrar la formación titular.
Y habrá que decir que en algunas cuestiones Lavallén contribuyó para ser criticado. Por ejemplo con el capricho de no poner a Wilson Morelo y recién hacerlo en el entretiempo ante el Zulia por la lesión de Alex Vigo.
El ingreso del colombiano fue clave para la clasificación a las semifinales, pero a partir de su ingreso el equipo adquirió potencia ofensiva y contundencia. El técnico relegaba al colombiano para ratificar a Nicolás Leguizamón.
Otro cambio importante y que se imponía desde hace tiempo era el ingreso de Guillermo Ortiz en lugar de Lucas Acevedo. El ex-San Martín de Tucumán nunca dio garantías, a diferencia de Ortiz que si bien no estaba en su mejor nivel, había demostrado sus condiciones con la camiseta rojinegra. Daba la sensación de que la decisión del DT obedecía más a una cuestión personal que futbolística.
Y su ingreso claramente le brindó solidez a la defensa, aparte de entenderse mucho mejor con Emanuel Olivera. En los últimos partidos, Colón se convirtió en un equipo confiable de mitad de cancha hacia atrás y eso se entiende en parte por la vuelta del ex-Newell's.
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También supo cambiar y darle a la mitad de la cancha una dinámica distinta, para ello relegó a Matías Fritzler quien no venía jugando bien y además lucía lento. Hoy la zona media de Colón tiene dinámica y presión alta a partir de Rodrigo Aliendro en su puesto como ladero de Federico Lértora.
Conformó un mediocampo más agresivo y dinámico para bancarse el desgaste y el ida y vuelta. Otro aspecto que modificó para robustecer el espíritu combativo y solidario que viene evidenciando en los últimos partidos.
Cambios que se pedían a gritos y que Lavallén parecía desoír, pero en buena hora que supo reconocer sus errores y modificar sobre la marcha. No se encaprichó como otros técnicos que mueren con las botas puestas sin cambiar de ideas.
Encontró una columna vertebral y comenzó a darle rodaje, los resultados están a la vista y hoy casi nadie se atreve a cuestionar al DT. Las críticas mutaron en elogios y ahora la gente ya lo mira de otra manera. Aquellos que desconfiaban, le empiezan a creer.
Habrá que decir que el mayor mérito de Lavallén es que los jugadores siempre lo bancaron. Aún en los malos momentos, el plantel le respondió e hizo causa común con el cuerpo técnico. Si eso no hubiese sucedido, Lavallén no hubiese seguido en Colón.
No le soltaron la mano, pero el técnico tomó nota que debía cambiar, dar un golpe de timón para enderezar el rumbo. Lo hizo y este presente exitoso así lo demuestra, pase lo que pase en la revancha ante el Mineiro, se podrá decir que Lavallén ya ganó, porque supo reinventarse en el momento justo.