Colón decidió despedir a Adrián Marini, una gloria de su rica historia. Una CD que descarta a otro ídolo, como ocurrió con Christian Bernardi y Pulga Rodríguez.
13:28 hs - Martes 13 de Enero de 2026
Hay decisiones que no admiten matices, ni explicaciones administrativas, ni escudos discursivos. La rescisión del contrato de Adrián “Chupete” Marini es una de ellas. Una medida dura, fría e inentendible, que expone, una vez más, una forma de conducción de Colón que desgasta la identidad del club y erosiona el vínculo con su historia.
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Marini no es un nombre más en Colón. Es una gloria, un símbolo del sacrificio y del sentido de pertenencia. Fue pieza clave del ascenso de 1995, un jugador que dejó huella en la cancha y que, con el paso del tiempo, volvió al club para cumplir otros roles, siempre desde el compromiso y el arraigo. No desde la comodidad. No desde el oportunismo.
Cuando hizo falta, Marini siempre estuvo
Lo más doloroso de esta decisión es el doble estándar con el que se manejó su figura. En momentos críticos, cuando el clima se volvía irrespirable y el descontento popular amenazaba con desbordar, la dirigencia —en la gestión anterior de Tradición Sabalera, encabezada por José Vignatti— recurría a Marini. Porque sabían que su sola presencia aplacaba broncas, porque el hincha lo respeta, lo escucha y lo siente propio.
Marini fue utilizado como escudo emocional, como figura de contención en etapas delicadas. Hoy, con una conducción encabezada por José Alonso, la respuesta es otra: mostrarle la puerta de salida. Y no cualquier puerta. La de atrás, a través de abogados que ya se comunicaron con su entorno para comunicarle el final.
Una forma que ya se repitió
Lo de Marini no es un hecho aislado. Es parte de una línea de conducta que ya dejó marcas profundas. Pasó con Luis Miguel “Pulga” Rodríguez, marginado y licenciado, incluso apartado del día a día del plantel. Pasó con Christian Bernardi, otro emblema del ascenso y de la reconstrucción deportiva, desplazado sin el reconocimiento que merecía.
En todos los casos, el patrón es el mismo: los ídolos sirven cuando conviene y sobran cuando molestan. No hay códigos, no hay cuidado por las formas, no hay una política clara de respeto hacia quienes hicieron grande al club.
El problema no es la decisión, es el mensaje
Colón puede reestructurar, recortar, redefinir funciones. Nadie discute el derecho a tomar decisiones. Lo que sí se discute —y con razón— es cómo se toman y a quiénes se afecta. Prescindir de Marini de esta manera envía un mensaje devastador: la historia no importa, el sentido de pertenencia es descartable y el reconocimiento dura lo que dura la conveniencia.
A los ídolos se los cuida, incluso cuando ya no están en primer plano. Se los respeta, se los despide con altura si llega el caso. Nunca se los empuja por la puerta de atrás.
Una herida que duele y no sorprende
Duele por Marini. Duele por lo que representa. Duele porque Colón vuelve a repetir errores que ya pagó caro. Y, al mismo tiempo, no sorprende. Porque esta forma de proceder ya se vio, ya se padeció y ya dejó cicatrices.
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El problema es que cada decisión de este tipo aleja un poco más al club de su gente. Y Colón, sin su gente y sin su memoria, corre el riesgo de perder algo mucho más grave que un nombre propio: su identidad.