Muchos vecinos de barrio Sur van a extrañar el tentador aroma a bizcochos recién sacados del horno que se percibía al pasar por la puerta del local, el pan fresco, las facturas (grandes) con crema o dulce de leche y la buena atención que Estela brindaba a todos los que ingresaban a su local.
Una panadería de Bº Sur cerró sus puertas por la inseguridad
Con mucho dolor, Estela se vio obligada a tomar una decisión que desde hace tiempo venía postergando. Sin embargo, el último hecho de inseguridad que vivió su hijo menor en diciembre último, aceleró todo. “No recuerdo bien si fue el 10 o el 11 de este diciembre pasado cuando mi hijo, que estaba en la puerta del local haciendo de custodia, y lo asaltaron a las 17.20”, relató Estela; y agregó que los episodios más graves siempre se registran en horas de la tarde. Nunca de noche. Durante el transcurso de la mañana, el trabajo transcurría sin ningún inconveniente ni sobresalto, y es que la ubicación privilegiada del local lo permitía. El hecho de estar a tan solo a dos cuadras de la Casa de Gobierno y a una de la Legislatura, sumado a la población del barrio, generaba un intenso tránsito de gente en el horario matutino y no pasaba nada.
“Pero a la tarde era más complicado”, recalca la mujer que recuerda que el miedo comenzó a rondar en el ámbito de su negocio cuando hace tres años, en la previa de un partido de Colón, dos sujetos ingresaron a las 19.25 para robarles.
“Ahí fue cuando empezó la cosa”–recuerda– de ahí en más su hijo menor decidió empezar a hacer guardia en la puerta del local, que a pesar de los esfuerzos se convirtió en el blanco de los ladrones.
Desencadenante
En el último hecho que sufrió el hijo de Estela, el delincuente portaba un arma. Impulsados por el lógico temor a perder la vida, madre e hijo decidieron bajar la persiana de la panadería.
Esa tarde de diciembre, Estela se encontraba atendiendo a cinco clientes.
Recuerda que se trataba de un menor que conducía una moto y que estaba acompañado por una chica, el ladrón nunca se sacó el casco que cubría su rostro.
A pesar de que no entró, logró amedrentar al hijo de la comerciante que estaba en la puerta del local haciendo de custodia. Lo apuntaron con el arma y le sacaron su teléfono celular y el poco dinero que tenía encima. Ante este hecho, el joven empezó a gritar a su madre para que llamara a la policía, que demoró 11 minutos en aparecer.
Estela recuerda que días atrás, un sujeto se encontraba merodeando y tratando de abrir puerta por puerta. En esa ocasión también llamaron a la policía sin lograr ninguna respuesta.
“De todas las veces que llamé, jamás vinieron, y ante esa desprotección, no se puede arriesgar la vida”, se quejó esta mujer que hacía 46 años se levantaba a las cinco de la mañana para comenzar con su jornada de trabajo. La inseguridad fue el motivo principal que condujo a esta familia de trabajadores a decir “basta” y a priorizar su vida.
“No abrimos más, ya dimos de baja el negocio, le pagamos a los empleados y ya terminamos con esto”, confirmó la mujer que extrañará la rutina de tantos años, y el trabajo cotidiano que cada día disfrutaba como el primero.
Sorpresa para todos
Los vecinos se vieron sorprendidos y manifestaron su tristeza por esta noticia, muchos van a extrañar la calidad de los productos frescos que se amasaban en la Santo Domingo, y también lo más importante, la sonrisa y el trato amable que su dueña predicaba a los clientes de siempre.
“Incluso me regalaron flores”, contó Estela, quien a pesar de sus 65 años y sus ganas de seguir trabajando, la realidad no le dejó otra alternativa que unirse a sus hijos y compartir la difícil y triste decisión que ellos, prácticamente ya habían tomado.
“Yo me quería morir, porque no era como cerrar 46 años de mi vida, pero mis hijos tienen razón, y es preferible bajar la persiana antes que perder la vida que aún nos queda; ahora vienen con un arma, te apuntan y nunca se sabe cómo pueden reaccionar. Y así ya no se puede vivir. No es justo”–y continuó– “Todo el mundo te cuenta algo, todos estamos iguales, a mí me arrinconaron cuatro veces”.
El miedo queda en todos,sin embargo Estela decidía mantener las puertas abiertas,sin necesidad de colocar rejas o candados. Pero los constantes robos hicieron mecha en ella, que al escuchar el ruido de un ciclomotor u observar a sujetos con actitud sospechosa, se alarmaba.
“No es justo, acá en la zona asaltaron cuatro veces a la misma persona, cuando están esperando el colectivo también los asaltan”, relata la vecina. Muchos de los clientes que hasta el 31 de diciembre acudían a la panadería ubicada en 1º de Mayo al 1400 fueron víctimas del accionar de los delincuentes, algunos en más de una oportunidad.
Los robos en el barrio Sur se intensificaron en los últimos años, y con ellos la violencia que emplean los malvivientes con sus víctimas. Muchos de los vecinos que antes acudían a la panadería relataban sus malas experiencias. “Es continuo de General López hasta J.J. Paso, la gente venía acá y no había uno que no me dijera algo. Acá parecía que venían a buscar consuelo, era terrible”, relata Estela con amargura. Para la familia de esta mujer, todo llegó a su fin el 31 de diciembre de 2014, cuando decidieron que ya habían soportado demasiado.“No se podía vivir con el corazón en la boca y dijimos basta”, agregó Estela.
Hoy las persianas de la Santo Domingo, como se llamaba, están bajas. Un candado delata el hecho que a muchos tomó la sorpresa.
Como también encierra el símbolo de estos tiempos: la violencia, la corrupción, el miedo, la desprotección; la clausura de 46 años de trabajo honesto y quizás también, el final de los sueños con aroma a recién horneados.















