Guadalupe fue uno de los primeros barrios en constituirse en la ciudad de Santa Fe, a partir del traslado de la misma a su actual ubicación –antes se encontraba donde hoy existe Cayastá, “Santa Fe la Vieja”, a la vera de la ruta provincial Nº 1, en el centro del departamento Garay. Luego de la instalación del casco histórico (hoy barrio Sur), con su misma cuadrícula fundacional, se distribuyeron las tierras para labranza.
Los “pagos de arriba”, la antigua tierra de peregrinos y casaquintas
Según los fascículos de Aula Ciudad (un programa cultural municipal), “los terrenos se demarcaron al este y al oeste de una línea divisoria, en dirección nortenoreste, hasta lo que hoy es la localidad de Monte Vera: las tierras al este de la línea se llamaron Pagos de Arriba y las situadas al oeste Pagos de Abajo”.
En los Pagos de Arriba se instaló Juan González (oriundo de Setúbal), quien hizo construir en su propiedad un oratorio consagrado a la Virgen de las Mercedes, alrededor de 1759. En 1770, el sacerdote Miguel Sánchez le acercó una estampa de la Virgen de Guadalupe de México. Desde ese momento nació la veneración a la Virgen en toda la región.
Al morir González Setúbal (así llamaban a la familia), su viuda solicitó a Francisco Javier de la Rosa, conocido en las leyendas santafesinas como “el ermitaño”, para que se hiciera cargo del oratorio. En 1799 el hombre lo reconstruyó por completo y fabricó incluso gran parte del material de la obra (ladrillos, baldosas, tejas, campanas). Y el sitio comenzó a llamarse Guadalupe.
En 1864 llegaron varias familias alemanas procedentes de colonias en Brasil y compraron varios terrenos cerca de la capilla. El gobierno de ese entonces les habría otorgado una yunta de bueyes, vacas y
caballos, cuyo valor debía ser reembolsado en un plazo determinado y destinado a la construcción de una escuela.
Dos años después, debido a una epidemia de fiebre amarilla, el gobernador Nicasio Oroño decidió construir un nuevo cementerio –existía el San Antonio, en donde hoy se encuentra el Parque Garay–, y eligió como lugar los terrenos emplazados junto a la capilla de Guadalupe. El mismo funcionó como tal hasta 1905.
Mientras tanto, con el correr de los años se instalaron familias que supieron aprovechar el suelo para el cultivo de legumbres, hortalizas y árboles frutales. Poco a poco la zona comenzó a extenderse, hasta unificarse con los barrios que crecían desde el sur. El tranvía vinculaba el norte de la capital con el centro, en un recorrido similar al que hoy realiza la Línea 8 de colectivos.
A la par de las peregrinaciones anuales cada vez más numerosas, se multiplicaban sus atractivos “turísticos”. La famosa Rambla López (sobre el final de Javier de la Rosa contra la laguna Setúbal; las domas de potros que convocaban a cientos de personas en la playa en la década del 30; y hasta un festival de aviación que se realizó en 1934, transformaron la zona en un barrio donde muchas familias construyeron sus casas de fin de semana.
Buenos recuerdos
Por esos años nació en Guadalupe Noreste uno de los vecinos que más conoce el barrio: Sergio Rampazzo. Ante la pregunta de qué es lo que más le gusta del lugar en que vive, el hombre no duda: “Todo”. Y ese todo implica toda una vida: “Vivo acá desde que nací, hace 80 años”, dice Rampazzo, quien tuvo durante muchos años un reconocido almacén en donde hoy funciona una papelera, en Javier de la Rosa y General Paz.
En diálogo con Soy de el vecino confía algunos de sus primeros recuerdos: “El barrio cambió totalmente. Cuando yo nací, las únicas asfaltadas eran Javier de la Rosa y General Paz. Era todo campo y calles de tierra. Desde mi casa, en calle Tacuarí, hasta la laguna, porque la Costanera no existía todavía, había entre ocho y diez casas; y al lado de la Basílica hubo un cementerio, rodeado de rosales”. “Siempre fue lindo ese lugar, pero cuando éramos chicos nos daba cierto respeto ir ahí, sabiendo que había sido un cementerio”, agregó.
—¿Cuándo se pobló de forma más notoria el barrio?
—El barrio se pobló mucho entre el 45 y el 50, más o menos. Primero había muchas casas de fin de semana. Después la gente se empezó a quedar. Era todo campo hasta el agua y había sólo una bajada con playa, al final de Javier de la Rosa. La playa la fueron agrandando, porque antes era un pedacito nomás.
—¿Se hacían bailes en la zona?
—Yo no iba a muchos bailes, pero acá a media cuadra, sobre Tacuarí, enfrente de lo que era la estación de servicio (entre Javier de la Rosa y 12 de Infantería), estuvo una de las primeras confiterías de la ciudad. Se llamaba Cara Sucia. Muchos iban sino a los bailes de María Selva o de Sargento Cabral.
—¿Qué recuerda de las peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe?
—Siempre hubo peregrinaciones. Desde que tengo memoria siempre se hizo la peregrinación desde el Colegio Adoratrices,en Bulevar, hasta Guadalupe; los domingos a la mañana, por ejemplo.
El primer teléfono
Esmeralda Bourquín vive en el barrio desde los 14 años. Hoy tiene 76, por lo cual conoce muchas historias de la zona. “Cuando yo me casé, 12 de Infantería era calle de tierra por ejemplo. En mi cuadra había una o dos casas nada más; pero hoy no quedan ni terrenos vacíos”.
Entre las primeras instituciones del barrio, Esmeralda recordó “la escuela de las Hermanas Franciscanas que está desde hace muchísimos años; y la escuela Paula (Albarracín de Sarmiento, en calle Antonia Godoy entre Javier de la Rosa y 12 de Infantería) de la cual las chicas salían con el título de Corte y Confección”.
“En esa época, el tranvía llegaba hasta la Costa. Venía por avenida Galicia, que era todo bañado, tomaba General Paz y Javier de la Rosa. Llegaba hasta la laguna y ahí se volvía. Después estaba el colectivo. Era la D, que hacía un recorrido similar al que hacen hoy la Línea 4 y la 8”, acotó Esmeralda.
Con orgullo, esta simpática vecina contó: “Mi marido tiene 85 años y es nacido en Guadalupe. Su familia tenía varias carnicerías y ellos fueron los primeros en tener teléfono. Los Bourquín tenían el número 00, el primer teléfono de Guadalupe. Eran unos adelantados”.
Por último, Esmeralda mencionó que “la panadería junto a la comisaría 8ª (ver página 3) es la más antigua del barrio, siempre tuvo reparto e incluso hoy lo tiene todavía, anda con una bicicleta con una caja verde, enorme, y pasa todas las mañanas”.
—¿Qué es lo mejor del barrio?
—Es muy especial para mí. Yo amo Guadalupe, no lo cambio por nada en el mundo.
















