Por Enrique Pfaab
El ángel milagroso de Fray Luis Beltrán y una devoción que nace
Hoy en Crónicas Insólitas. Esta crónica está sucediendo ahora y el lector podrá ser parte de ella, si es que quiere y cree. “Viene mucha gente a verlo. Algunos, después se van sanados”.
Así nacen las devociones. Así surgen las largas colas de fieles que quieren venerar a su imagen santa. Cada lector deberá resolver si esta historia alimentará su fe o sólo será un relato curioso que será olvidado diez minutos después. Lo que es un hecho es que esta crónica está en proceso y que no concluirá en el punto final.
La imagen de un ángel se apareció una noche en la casa de una vecina de Las Heras y días después, una voz le dio instrucciones para que encontrara a la mujer que podía esculpirla. Pasados unos días, la lasherina encontró a la artista, le contó lo ocurrido y le describió al ángel. Tres años tardó la escultora en terminar la obra. Durante ese tiempo también, le ocurrieron a la mujer episodios maravillosos, como aquella madrugada en que labraba el rostro del ángel y los ojos se dibujaron mágicamente. Ya concluido, el ángel comenzó a realizar algunas curaciones milagrosas, según su autora. Ahora lo visitan muchos fieles.
Ana María Chamorro habla en un tono suave. Va a cumplir 50 años el 28 de este mes y lo festejará en la finca de Acceso Este y calle Medina, de Fray Luis Beltrán, en el kilómetro 1018, propiedad que siempre ha sido de su familia. En ese ambiente pacífico y agradable, tiene su taller. Allí hace esculturas de muy buen gusto y de gran calidad.
Ella, la dueña de esas “manos luminosas”, cuenta la historia. “Nunca lo hice, hasta ahora. No quería que me tomaran como una charlatana, pero seguir callando me parece muy egoísta”, dice. En realidad, el encuentro con este cronista fue casual y eso también la animó a hablar del tema por primera vez.
Todo comenzó una noche de 2003 en la casa de Cora, una mujer que vive en un barrio de Las Heras y que ahora ronda los 60 años. Cora dormía sola esa noche, ya que su marido metalúrgico debía ausentarse periódicamente por unos días para cumplir con su tarea en una gran empresa mendocina.
Estaba acostada en la cama matrimonial y a su lado descansaba su hijo menor, que había buscado el calor maternal. Un ruido en la ventana la despertó. Alguien intentaba abrir las celosías. “Ella se quedó petrificada por el miedo e inconscientemente cerró los ojos, como tratando de escapar”. Sintió que las celosías cedían y una luz intensa superaba la barrera de sus párpados. Abrió los ojos… y lo vio: “Era el ángel. Levitaba y casi tocaba el techo con su cabecita. La miraba con sus ojos azules y batía sus alitas. Era el alba y entraba algo de la claridad del amanecer. Cora quiso despertar a su hijo, pero escuchó una voz que le decía: ‘No lo llamés porque no lo va a ver’. Después el ángel se fue y las ventanas se cerraron”.
Cora se levantó y despertó a su hijo menor y también a sus otras tres hijas. Les contó lo ocurrido. Después, cuando se hizo la mañana, decidió cruzar a la casa de su vecina para hacer lo mismo.
“La vecina se asustó cuando la vio, porque era muy temprano. Pero cuando Cora quiso comenzar a contarle, no se acordaba nada. ‘Necesitaba hablar con vos, no recuerdo porque estoy acá’, le dijo. Recién cuando volvió a su casa recordó todo y se puso a llorar”.
Dos o tres noches después, antes del regreso de su esposo, tuvo un sueño. “Vio la cara de mujer, bien nítida, y escuchó la misma voz que había oído cuando se le apareció el ángel. La voz le dijo: ‘Ella con sus manos tallará el ángel del Señor y recibirá su bendición’”.
Al día siguiente, regresó Ricardo, el marido de Cora, y ella le contó todo. “Soñé con esa mujer y la tengo que buscar”, le dijo. El hombre trató de ayudarla y le dijo que la esposa de un compañero de trabajo modelaba y hacía esculturas.
“Cora salió de su casa una mañana y se tomó el colectivo. Lo único que sabía era que esa mujer vivía en Beltrán. Se bajó en el centro y caminó y caminó, preguntando, hasta que llegó acá al mediodía. Yo estaba cocinando.
Cuando me vio se puso a llorar y me decía: ‘¡Sos vos, sos vos!’. Cuando se calmó me contó todo y me dijo: ‘Si vos querés hacerlo, lo hacés. Mi misión llega hasta acá’”.
Entonces fue cuando Ana María Chamorro se puso a trabajar. “Me llevó tres años. Lo hice todo a mano, sin usar moldes. Es una escultura totalmente completa. Su cuerpo está completo, salvo que no tiene genitales”.
Se quedaba todas las noches trabajando hasta tarde. “Una noche estaba armándole la carita. Le había definido las cuencas de los ojos, sin los párpados. Eran como las dos de la mañana y decidí irme a descansar. Toda mi familia estaba durmiendo hacía rato. Me puse a limpiar las herramientas, con el ángel, estaba paradito en la cocina. En eso miro al angelito y lo que vi es increíble: se le habían marcado las pupilas. Tenía los ojitos, sin color, pero bien marcadas en un color oscuro. Era una mirada muy clara. Yo empecé a temblar y fui a despertar a mi familia. Entonces mi marido me dijo que le marcara con lápiz esos ojitos que se habían dibujado solos. A mí me templaba el pulso. Además, la masa todavía estaba fresca. Después rezamos y nos fuimos a acostar. Cuando me desperté, fui a verlo y los ojitos ya no estaban, solo quedaba lo que yo había marcado en lápiz”.
Este episodio le dio fuerzas a Ana para concluir la obra. En noviembre de 2006, ya estaba dándole los últimos retoques. Quería exponer el ángel en un evento anual que se realizaba en Maipú.
Entre tanto, el contacto entre Ana y Cora se había casi perdido, pero justo el último día, cuando ya el ángel estaba prácticamente concluido, Cora llamó a la escultora. “Cuando vuelvas con el ángel a tu casa, después de la exposición, avísame porque tengo algo muy importante que contarte y quiero hacerlo en persona”, le dijo Cora.
Así fue. “Cuando llegué a casa con el ángel la llamé. Ella vino esa noche. Se emocionó mucho cuando lo vio. Me dijo que era la misma imagen que ella había visto. Ella lloró y los ojitos del ángel se humedecieron. ¡Qué no vuelva mi niño, si miento! Entonces Cora me dijo: ‘Volví a soñarme con vos. En mi sueño veía tu cara y tus manos, que eran como de cristal e irradiaban mucha luz. En un momento vi que las manos se daban vuelta y tenían sangre del otro lado. Entonces volví a escuchar la misma voz, que me dijo: ‘He puesto en sus manos guantes de mi piel para realizar la obra y a su lado he sido un alfarero. Mi obra ya está terminada’’”.
La imagen, que según contó Cora es del Arcángel Gabriel, ya ha producido algunos milagros, según dijo Ana María. “A mí misma me han pasado cosas bellísimas. Yo no he querido contar mucho esta historia porque no quiero que se malinterprete. Pero sin divulgarlo la gente ya ha comenzado a venir a verlo”. Y relata uno de los casos: “Una señora vino desde Río IV a verlo. Se dializaba y estaba muy mal. Le habían dicho que no tenía muchas posibilidades de sobrevida. Venía muy mal. Me pidió ver al ángel, estuvo con él un rato largo y se fue. A los 10 días volvió. Yo casi no la reconocí. Estaba rebien. Le traía un ramo de flores y un rosario. Me contó que cuando había vuelto a Río IV le habían hecho estudios médicos y la habían encontrado totalmente sana”.
Pero el caso de esta mujer cordobesa no es el único, según Ana María. Ya hay muchas sanaciones producidas por el ángel “y ya viene mucha gente a verlo”, cuenta.
Esta crónica está incompleta y posiblemente lo más interesante de ella todavía esté por ocurrir. Cada lector deberá decidir si cree en Cora, en Ana y en el ángel. Podrá verlo y resolver. Y luego contar.











