El barrio El Pozo se reviste de particularidades que lo hacen único en la ciudad de Santa Fe. Pintoresco como pocos, sus calles y patios se colman de risas y reuniones cada tarde. Los pelotazos se escuchan aún en la siesta más fría de invierno, porque en los espacios públicos de la zona hay lugar de sobra para improvisar picaditos.
Las torres que emergieron desde el lecho de la laguna para ser hogar
Su ubicación geográfica también lo diferencia de los demás, dado que es el único que puede divisarse casi por completo desde la pasarela de la ruta nacional Nº 168 y, a grandes rasgos, desde el Puente Colgante. Las viviendas más cercanas al corredor incluso quedan desnudas ante la mirada de cualquier automovilista que circule por allí.
Se lo podría caratular como un barrio joven, a comparación de otros, dado que comenzó a construirse a fines de la década del 70 –al mismo tiempo que el Fonavi (Fondo Nacional de la Vivienda) San Jerónimo, detrás de la cancha de Colón.
El complejo habitacional original se proyectó y comenzó a construir entre 1973 y 1974, con el objetivo inicial de dotar de viviendas al personal de las fuerzas armadas. Con el golpe militar de 1976, la iniciativa se detuvo.
Como se señala desde el título, El Pozo se asentó sobre el lecho del río, lo cual obligó en sus orígenes al rellenado y alteado mediante el trabajo de dragas ubicadas en la laguna Setúbal.
Una vez conformado el predio se inició la edificación. El sistema utilizado para la construcción era de avanzada para su época, con unos bloques de premoldeado que se ensamblaron en el lugar.
La obra tuvo numerosas demoras y su inauguración se demoró una década. Entre las dificultades que se afrontaron durante su construcción se puede describir la histórica inundación de 1982–1983.
Ese último año llegaría la crecida del río Paraná que barrería gran parte de la zona costera capitalina y se llevaría parte de su más preciado ícono: el Puente Colgante. A escasos kilómetros del barrio en construcción, las autoridades decidieron explotar el aliviador Nº 4 para descomprimir la fuerza del agua, lo cual significó el corte de la ruta 168.
La inauguración
Según los datos recabados en el libro Para Conocernos, de Luis Mino, las primeras dos torres y ocho manzanas se inauguraron en octubre de 1988. Otras cinco torres y cinco manzanas más corrieron idéntica suerte en enero de 1989, para finalizar la entrega en junio de ese año.
Cada torre posee diez pisos y la mayoría tiene cuatro departamentos en cada uno de sus niveles, en tanto las manzanas incluyen 50 viviendas con casas de cuatro, dos y un dormitorio, según el tipo de familia.
Con el paso de los años, los hijos de muchos propietarios de casas crecieron y levantaron sus propias viviendas sobre las losas de las de sus padres, con lo cual hicieron elevar aún más la cantidad de habitantes.
La población tuvo algunas modificaciones hasta normalizarse en cuanto a la cantidad de habitantes. Hoy ronda las 15 mil personas entre sus viviendas, número relevante a la hora de planificar acciones en el barrio.
Si bien en una primera instancia tenían prioridad para la adjudicación, jubilados y pensionados del Pami y Ley 5.110, discapacitados y ex combatientes de Malvinas, hubo también muchas viviendas para otras familias santafesinas que necesitaban un hogar propio.
Los servicios
Desde su inauguración el barrio tuvo agua corriente y cloacas. Pocos años después, en 1995 llegó el servicio de telefonía a los domicilios particulares. Con el tiempo el barrio El Pozo fue creciendo y así se hizo una escuela secundaria; que se agregó a la escuela primaria, al jardín de infantes y a la parroquia existentes originariamente.
El barrio posee un centro comercial, una parroquia, una guardería, un centro de salud, la subcomisaría 7ª. Además de un complejo educativo compuesto por la escuela Provincial Juan Manuel de Rosas, el Taller de Educación Manual Nº 189, el Jardín de Infantes Nº 150 y la Escuela de Enseñanza Media Julio Migno Nº 389, donde también funciona una escuela para adultos y una escuela primaria nocturna. La población estudiantil oscila los 2500 alumnos, muchos de los cuales realizan sus estudios en colegios del centro de la ciudad.
La llegada del megamercado y el traslado de las facultades a la Ciudad Universitaria sumaron un gran movimiento en el barrio y favorecieron e impulsaron la llegada de más y mejores servicios.
Es cierto también que la necesidad de cruzar la ruta para llegar al mercado o tomar un colectivo generaron para el Estado la obligación de construir pasarelas que permitieran un paso seguro a los peatones de El Pozo. Una vez construidos los puentes peatonales, fue también preciso instalar tejido perimetral entre ambas manos del corredor, porque las personas aún sufrían accidentes al evitar cruzar por los mismos.
En la actualidad, este complejo puede ser considerado una pequeña ciudad, no sólo por la cantidad de habitantes que allí viven, sino también por los servicios y espacios con los que cuenta.












