Un hogar entre pizarrones y pupitres

Cuando el agua comenzó a inundar los barrios del oeste, las escuelas abrieron sus puertas para cobijar a las familias. Algunas solo temporalmente porque también quedaron bajo el Salado; otras durante meses. Maestros, porteros y directores fueron la primera cara visible del Estado
29 de abril 2017 · 05:52hs

Las frases hechas marcan que la escuela es el segundo hogar y las maestras son mamás que cuidan y enseñan fuera de casa. Cuando el río Salado inundó a Santa Fe las aulas se convirtieron en refugios y los trabajadores de la educación en la única cara que el Estado mostró desde el primer momento.

Mirá el video de la nota:

Fue un abril lluvioso y muchas familias de los barrios del oeste denunciaban que el agua estaba ingresando a sus casas. Algunos chicos habían empezado a faltar a clases porque era complicado transitar las calles. Pero ese día, familias enteras llegaron empapadas a golpear las puertas de las escuelas.

En algunas, como la N° 1298 Monseñor Zazpe y la N° 1111 Luis Borruat, el asilo fue transitorio porque el agua avanzó rápido. Muchos se salvaron porque pudieron treparse a los techos de los edificios y esperar ahí el rescate. Otros se quedaron días enteros resguardando las pocas cosas que les quedaron.

En la zonas más altas de la ciudad las escuelas tampoco estuvieron ajenas a la urgencia. Sogas colgadas en los pasillos con ropa que no terminaba de secarse. El olor a tortas fritas inundando el gimnasio. Payasos intentando robarle una sonrisa a los chicos. Maestras consolando. Directivos exigiendo y coordinando la llegada de ayuda. Asistentes escolares repartiendo ropa y comida. Cuando nadie daba respuestas, las escuelas fueron el Estado que dio cobijo y seguridad.

Con el agua hasta el techo

Ese martes en Santa Rosa del Lima las escuelas abrieron con normalidad. "De golpe empezamos a escuchar un ruido extraño y era el agua que avanzaba. La gente empezó a llegar y la directora, que en ese momento era Ana María Salgado, hizo que entren los vecinos porque pensábamos que iba a ser como otras veces. Antes solo se inundaba la parte del bañado y los teníamos unos días en la escuela hasta que podían volver a sus casas", recordó Alejandra Meneses, actual directora de la escuela N° 1298 Monseñor Zazpe.

Y agregó: "Pero esa vez no fue así. Nadie avisó y eso es lo más triste porque podríamos haber salvado algo o alguna vida". El personal de la escuela puso algunos materiales en la parte más alta de los armarios para resguardarlos y, de a poco, se fue retirando para ver cómo estaban sus casas y sus familias.

En el edificio de Monseñor Zazpe al 4400, junto a los evacuados, quedaron Salgado y el preceptor Cristian Breque. Después de acomodar a las personas en algunas aulas vieron cómo el agua seguía subiendo. En ese momento se estaban haciendo arreglos en la escuela así que había una escalera alta. Con ella pudieron subir todos a los techos antes de que el Salado superara los cuatro metros en el edificio escolar.

"Se vino la noche y no venía nadie a buscarlos. Eran muchas familias. Al día siguiente los pudieron rescatar", comentó Meneses, quien recordó que había varios chicos en el grupo.

En Aguado al 2900, donde está la escuela Luis Borruat, la situación fue similar. Aún hoy en la entrada está pintada la marca de la altura a la que llegó el Salado. Ese día, apenas ingresaron los asistentes escolares, abrieron las puertas para un grupo de vecinos que buscaba ayuda. Quien era directora, Ofelia Quartino, decidió ubicarlos en algunas aulas con la esperanza de que la lluvia cesara y pudieran regresar a sus casas.

"La directora nos dijo que la situación era cada vez más preocupante, que nos vayamos a nuestras casas. Nos pidió las llaves de la despensa y dijo que ella se hacía cargo. Repartió la comida entre las familias que estaban", recordó Liliana Amado, ecónoma de la escuela.

Cuando el agua avanzó violentamente sobre el edificio escolar, no hubo tiempo para subir demasiados elementos al piso de arriba. Apenas llegó a acomodarse la gente antes de quedar atrapados por el río. "Pero después se inundó el segundo piso y tuvo que subirse al techo. De ahí fue rescatada", dijo Amado y siguió: "Pero algunos se quedaron viviendo en los techos por la inseguridad, para resguardar lo poco que les había quedado. El agua, acá en el barrio, estuvo casi dos meses".

Volver a encontrarse

Apenas el río bajó, directivos y docentes volvieron a las escuelas para ver las condiciones en las que habían quedado. El panorama era desolador. Todos los elementos de madera y plástico tenían que ser descartados. La mayoría se deshacía al contacto. Bancos, libros, elementos del comedor, registros, todo estaba arruinado.

Una vez más fueron los trabajadores de la educación los que se pusieron al frente del proceso de limpieza. Durante semanas fueron con guantes y barbijos, ante la amenaza de la leptospirosis, a sacar el barro y la basura.

También se encargaron de rastrear dónde estaban sus alumnos. Quiénes se habían mudado, cuáles estaban en centros de evacuados y si alguno ya había vuelto al barrio. "Fue difícil contactarlos. A medida que se los iba localizando se los fue agrupando porque no había lugar para que cada grado tuviera su aula", explicó Fabiana Morante, directora actual de la escuela N° 1111.

Las maestras partían sus lápices a la mitad para que cada chico tuviera algo para escribir.

Pero el trabajo más importante que tuvieron fue el de contención. "Había chicos que escuchaban los helicópteros y empezaban a llorar. Ellos querían hablar de lo que habían pasado y era lo mejor que podían hacer", remarcó Morante.

Con el objetivo de brindar la posibilidad de encontrarse, de hablar y de regresar a una rutina, la escuela Monseñor Zazpe comenzó a dar clases en la sede de la N° 471 Luis Arzeno -en San Juan 1801-. Pero el 9 de Julio decidieron realizar el acto por el Día de la Independencia en su patio como una afirmación de la identidad de la comunidad educativa. Ese día tuvieron que pedir a los bomberos zapadores un grupo electrógeno para poder conectar el parlante del micrófono porque aún no habían podido restituir el servicio eléctrico al inmueble. Recién en agosto, el edificio estuvo en condiciones de recibir a los alumnos.

De todas maneras, algo cambió para siempre en la relación de los vecinos con la escuela. "Para la comunidad nos convertimos en un referente. Me acuerdo que al poco tiempo una vecina vino a decirme: "Seño, leeme la carta porque no entiendo qué dice". Eran las notas para cobrar el subsidio que daba el gobierno", recordó Meneses.

Y siguió: "Los vecinos encontraban en la escuela un lugar de referencia para poderlos ayudar, ubicarlos o para que hagamos un llamado y averigüemos algo. Y para los chicos es un lugar de cobijo. Acá siempre se intentó tener alguna ropa o calzado por si llegan mojados. Los maestros son muy solidarios y buscan la manera de que los chicos estén bien. Reconstruimos la biblioteca, los salones. Todo el mundo limpió y ayudó para que podamos volver porque este es nuestro lugar, nuestro barrio".

Más de 1000 personas

La escuela Normal N° 32 General San Martín está en el corazón del barrio Sur. Ocupa una manzana y el ingreso principal es por calle Saavedra 1700. El 29 de abril de 2003 abrió sus puertas como todos los días para recibir a los alumnos y pasaron casi dos meses antes que pudiera volver a cerrarlas.

."Esa mañana de clases estuvimos en la escuela, trabajando con los chicos. Muchos alumnos ya venían faltando porque corría el rumor de posibles inundaciones y habían sido días lluviosos", recordó Nancy Bello, directora de nivel primario. Y siguió: "Al mediodía nos fuimos pensando que iba a pasar, pero no pasó".

Comenzaron a llegar las primeras familias. El agua había ingresado a sus casas en barrio Chalet, San Lorenzo y Centenario. Pero después empezaron a llegar de otros lugares como Villa Oculta, Arenales y Santa Rosa de Lima. "Habían ido primero a sus escuelas y centros de salud pero tuvieron que correrse más al sur porque esos lugares también se estaban inundando", explicó Bello.

El centro de evacuados del Normal tuvo más de 1000 personas durante casi dos meses. Las primeras familias se fueron ubicando en las aulas pero cuando estaban todas llenas se empezaron a instalar en los patios techados. Así los nuevos hogares quedaron definidos por una o dos baldosas de distancia entre los colchones que entregaba el gobierno. No había demasiadas pertenencias. La ropa, los juguetes, los documentos y los muebles habían quedado bajo el agua.

"No fue algo que se pensó. Nos convertimos en un centro de evacuados porque era lo que se necesitaba. No se dudó. Los docentes que no nos inundamos estuvimos todo el tiempo en la escuela. Atendíamos a las familias que estaban viviendo en cada sector de la escuela. Nadie pensó que no era nuestra función", contó la directora.

El equipo integrado por directivos, docentes y asistentes escolares se organizó por turnos y tareas. Había muchas necesidades. Se distribuía la comida que enviaba el ejército pero también se preparaban viandas especiales para niños de bajo peso. Se hacían las tareas de limpieza y se repartía la ropa que los vecinos acercaban como donación. Por la noche, había trabajadores que se quedaban para seguir coordinando las tareas necesarias. "Pero también calentaban mamaderas y cambiaban pañales", recordó Bello.

Para la integrante del equipo directivo el compromiso de sus compañeras y compañeros no fue una sorpresa como tampoco la gran solidaridad que mostraron los santafesinos que no tenían agua en sus casas y dedicaban su tiempo y su dinero a ayudar a los que habían perdido casi todo. "El vecino se acercó a la escuela, fue solidario y no dudó en estar porque sintió que se lo necesitaba", dijo.

Pasaron las semanas y, a medida que el agua bajaba, las familias regresaron a sus hogares. Un grupo pequeño fue el último en irse del Normal, casi dos meses después, porque la zona en la que vivían había quedado devastada.

Con el regreso de los chicos y las clases todavía quedaba mucho dolor por transitar. "Nuestro trabajo fue reencontrarnos. No era solo volver a mi trabajo diario sino también compartir con mis alumnitos; la mayoría había sido afectada por la inundación. Nos mirábamos y sabíamos que cada uno de nosotros sentía más o menos lo mismo. Tratar de sostener y contener fue la tarea de la escuela", explicó Analía Córdoba, vicedirectora de primaria del Normal, quien sufrió en su propia casa la inundación.

A medida que cada familia podía regresar a sus casas y volver a la rutina, los chicos volvieron a la escuela. Por eso los equipos docentes se centraron en escucharlos y contenerlos. "Les parecía ser parte de una película. Algunos lo vivieron como una aventura, donde todo era diferente, y otros con el pesar de reflexionar sobre todo lo que habían perdido. Más allá de lo material me contaban la historia de su perrito, su abuelo o su vecino. El desafío fue apoyarnos mutuamente", recordó Córdoba.

La educadora resaltó que el 2003 dejó una marca en la comunidad que entendió que "aquí en la escuela los docentes no dudaron en ser solidarios".

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