Como si se tratara de un hechizo que intenta hacer desvanecer la palabra, y con ella también su significado. Cada vez son más los miembros de la sociedad occidental que no toleran el término "viejo". Escucharlo los aterra, los enoja, evitan pronunciarlo. Incluso, desde las posibilidades que otorga el lenguaje lo reemplazan por malabarismos verbales como "adulto mayor", "persona de edad avanzada", "tercera edad".
¡Viejos son los trapos!
Pero los viejos existen, son parte de la humanidad. Y una muy valiosa, por cierto. Una parte creciente que hoy supera en cantidad a los menores de cinco años en el mundo.
Teniendo en cuenta la definición, la Real Academia Española dice que viejo es una "persona de edad. Antiguo o del tiempo pasado. Que no es reciente ni nuevo. Deslucido, estropeado por el uso". Ahora, si buscamos la misma palabra en un diccionario de sinónimos, encontramos antiguo, añoso, arcaico, veterano, centenario, anticuado, fósil, obsoleto. Claro está, que si hablamos de una persona, nada de lo leído es alentador.
Y por su parte el término "adulto", significa "llegado a su mayor crecimiento o desarrollo. Cultivado, experimentado".
Con esto, podemos pensar que aquí aplica la paradoja del vaso medio vacío, y tal como se mire a la vejez, se configuran nuestros propios estereotipos, prejuicios o conceptos, a la vez que condicionará nuestro tránsito por la vida -y por esta etapa-. Si predomina una visión negativa la asociaremos con decadencia, pérdida, deterioro. O en cambio, si prevalece una visión positiva la tomaremos como una etapa aún llena de desarrollos posibles y oportunidades.
Mientras la publicidad y el consumo veneran la juventud y alientan a consumir sólo lo nuevo, a cambiar por cambiar, en tanto juzgan obsoletas simplemente por el hecho de acumular años a personas, ideas, objetos, hábitos y hasta valores, hay una cuestión que la sociedad evita, y es la de comenzar a cuestionarse ¿Qué tipo de juventud o qué tipo de vejez -y si se quiere ir más lejos, que tipo de vida- se vive?
Que se dicte una fecha de vencimiento de las personas es preocupante. Lo más cómico del asunto es que en general quienes lo hacen padecen de una curiosa deformación en la percepción temporal. Suponen que los viejos ya nacieron viejos y ellos, los jueces claramente más jóvenes, serán jóvenes toda su vida, habitando todos en un presente inmóvil en el tiempo. Una percepción contra natura, como es obvio, porque cada persona, por muchas piruetas que haga para evitarlo u olvidarlo, será vieja del mismo modo en que fue bebé, niño, adolescente, joven y adulto. Son estaciones en el viaje de la vida. Inexorablemente, la verdad es que quien viaja -vive- transitará por ellas. Cada estación da un propósito a desarrollar, derechos y obligaciones con los cuales comprometerse, un modo de amar, algo para construir, mucho para recibir, y aún más para dar. En cada una de ellas podemos hacer algo para dejar el mundo un poco mejor de cómo lo encontramos.
El tiempo fluye y la vejez espera a todos quienes no vean interrumpida su existencia por cuestiones inesperadas. Visto así, afortunadamente soy viejo porque sigo vivo, porque hay una secuencia cronológica que sigue corriendo. Porque hay un paso tras otro que forma la huella de quien camina todos los días, dejando un sendero marcado detrás de sí.
Cada momento de la vida tiene su esencia, y la de la vejez es rica en muchas virtudes que los jóvenes aún no han adquirido. Comenzar a creer en una visión multigeneracional, que incluya a cada ser humano por el simple hecho de ser "humano", sea cual fuere la etapa que esté atravesando, es honrar la vida.
Hay quien dice que en la actitud que tiene hacia los viejos una sociedad se evidencia. El mensaje es claro: todos seremos viejos. Y la pregunta continúa abierta: ¿qué tipo de viejos queremos ser o somos ya?
Rompamos los estereotipos, cuestionemos los dichos, alejemos las posibilidades de caer en lo convencional. Después de todo, los trapos son sólo trapos y las personas son personas. Hay trapos rotos e inservibles y hay vejeces honorables y dignas.










