La veneración a uno u otro santo en particular intenta encontrar respuestas, o a alguien, más allá de nosotros, que nos dé repuestas y nos asista frente a las cosas que a nosotros nos llenan de incertidumbre. Para dar respuesta al núcleo de aquello que nos interroga y que no va a estar a nuestro alcance, están construidas de alguna manera las religiones.
Todos buscamos respuestas
Yo soy creyente y estoy plenamente convencido de que hay cosas que están más allá de lo que nosotros sabemos. Uno después le puede poner el nombre que quiera: Jesús, San La Muerte, San Expedito, o Dios. Eso no cambia absolutamente nada. Ahora bien, como nosotros de alguna manera intuimos –mediante algo así que podríamos denominar como un “sentido extraordinario” porque no lo vemos–, que existen cosas más allá de nosotros, como no le conocemos la cara ni el nombre, si es que tiene alguno, lo denominamos de alguna forma. Y lo nombramos para tenerlo cerca, para que forme parte de nuestra vida, para que nos acompañe y de esa manera no brinde seguridad sobre todas aquellas cosas frente a las que no tenemos respuestas ni soluciones.
¿Ateos?
Yo siempre pienso en mucha gente que se dice atea, que no cree en nada, y seguramente habrá alguno que llegue hasta el último suspiro de esa manera. Aunque estoy seguro de que otros, cuando cierran los ojitos y se les está yendo la vida de las manos, se guardan unos segundos para hacer una oración.
Porque en ese momento, todo ese vacío que tenemos y que nunca vamos a llenar, porque nunca vamos a saber qué hay más allá, nos interroga y va a ser para siempre. Entonces, si hay alguien que nos puede ayudar para que nuestro destino después de la muerte sea mejor, uno lo llama en esos últimos treinta segundos.
Entonces, aunque no sabemos si Dios existe, igualmente todos le pedimos un lugar en el Cielo, porque tenemos entendido que en el infierno no se la pasa muy bien.
De este modo, todos los santos son convocados con esa finalidad, como todas las religiones. Luego cada una le pone sus contenidos y ritos particulares, aunque ellas, como los santos, son creaciones nuestras, no divinas. Nosotros no tenemos acceso a lo divino.
Sí tenemos sensaciones, experiencias y certezas que se viven en el cuerpo y que no se pueden explicar; o como le pasa a un montón de personas, tienen experiencias de tipo místicas. Ahora bien, nuestra mente, nunca lo va a poder explicar.
Y ahí aparecen las palabras, dentro de nuestras limitaciones, dentro de lo que puede una mente limitada, le ponemos palabras, le ponemos nombres.
Ésa es una forma de eliminar la incertidumbre sobre todo aquello para lo que no podemos dar respuesta, como “cuál es el sentido del hombre o de la vida” y “qué pasa después de la muerte”, algo que ya los existencialistas se interrogaban. No creo que haya preguntas más importantes que ésas. Ahí la religión da respuestas. Pero esas respuestas son del hombre.













