Cada vez que habla, Débora Dionicius sonríe. La amabilidad y la simpatía son dos pilares de su carisma innato. Coqueta y prolija, cuida mucho su figura y su femineidad y su belleza se destacan aún en medio de un combate.
En el ring y en la vida, Débora Dionicius brilla con su carisma
Al verla en otro contexto que no sea el cuadrilátero cuesta pensar que esta entrerriana de 26 años es boxeadora. Sin embargo, es una de las mejores del país y hoy en día ostenta el título de campeona mundial en la categoría supermosca de la Federación Internacional de Box (FIB).
Hace más de una década se animó a inmiscuirse en un mundo tradicionalmente masculino, cuando un día acompañó a una de sus hermanas mayores a una práctica de boxeo y decidió que eso era lo que quería hacer. En ese entonces tenía 13 años y un cuerpo menudo. Luis Franco, quien actualmente es su entrenador, le dijo que era muy chica. “No me quería entrenar porque decía que le iba a hacer perder el tiempo”, confió Débora a Ser Un@.
“A mí me encantaba verla a mi hermana practicando boxeo y me llamaba la atención ver a dos mujeres peleando. Insistí hasta que me dijo que sí y empecé el entrenamiento, a pegarle a la bolsa, a saltar la cuerda. Yo era flaquita, y seguramente nadie pensaba que iba a poder llegar hasta donde estoy hoy”, comentó.
Con un acertado apodo, la “Gurisa” combinó constancia y disciplina en este proceso y empezó a ir todos los días al gimnasio. Fue tenaz para aprender todos los secretos de las distintas técnicas que le posibilitan lucirse en cada pelea.
“Hay gente que antes me decía que era muy chica, y hoy me felicita y me dicen que sabían que me iba a ir tan bien”, contó entre risas, y enseguida agradeció a su familia: “Ellos me apoyaron siempre. En mis primeras peleas como amateur mis padres cuando era menor tenían que firmarme los permisos”, recordó.
A los tres meses de arrancar hizo su primera exhibición. Al talento le sumó el esfuerzo y fue ganando experiencia. Hace tres años que es boxeadora profesional y antes integró por cinco años el seleccionado olímpico que representó al país en esta disciplina frente al mundo.
Varias veces ganó sus peleas por nocaut y se mantiene invicta. En mayo la galardonaron con el anillo de diamantes, cuando la FIB la eligió como la mejor boxeadora de 2013, por su desempeño en el ring al defender el año pasado su título en cuatro ocasiones, a las que le sumó una más este año y volvió a consagrarse.
Una chica de barrio
Nació en Villaguay el 19 de marzo de 1988 y vive en esa ciudad, junto a Sebastián Miño, se marido. En la actualidad también su mamá comparte la casa, ya que hace tres meses sufrió un aneurisma y quedó a su cuidado, mientras se recupera. “Tengo tres hermanos y tres hermanas más, y como yo soy la única que no tiene hijos todavía, mi mamá quedó conmigo”, dijo.
Se crió en el barrio Pompeya, un barrio de gente humilde y trabajadora. Con una infancia con más faltas que sobras, con sus hermanas vendían pasteles casa por casa los sábados en épocas magras, cuando un mate cocido y un pedazo de pan eran el único alimento en la mesa de la familia.
Luchó, fue perseverante, y el sacrificio dio sus frutos. Pero el éxito no la cambió: sigue siendo la misma chica de pueblo. En la actualidad puede dedicarse solo a prepararse para sus próximos combates, gracias al apoyo de una beca nacional y un patrocinador. Entrena duro todos los días, de mañana bien temprano y de tarde también. En épocas de pelea suma un tercer paso por el gimnasio y no da ventaja a sus rivales.
Lejos del cuadrilátero, cambia los guantes por los quehaceres domésticos y al mediodía casi siempre cocina ella, aunque destaca que cuando está muy cansada su esposo es quien se ocupa de todo: “Nos conocimos en el barrio, porque él vivía a dos cuadras. Cuando no tengo ganas de cocinar o de limpiar, lo hace él. Tengo un buen respaldo y me apoya un montón. Le encanta lo que hago y me acompaña, como pareja, como amigo; y cuando peleo está en el rincón alentándome y asistiéndome”, sostuvo Débora. Y mientras sueña con ser madre algún día, la entrerriana no tira la toalla y demuestra por qué llegó al podio del que hoy disfruta, sin perder su esencia.











