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El testimonio de docentes santafesinas: "Las aulas nunca estuvieron vacías"

Cinco maestros de nivel primario, especial y secundario describieron a UNO Santa Fe cómo fue dar clases durante la pandemia, y qué esperan para las clases presenciales. Desigualdad en la conectividad, extensas jornadas de trabajo y no conocer las caras de sus alumnos son la punta del iceberg

Miércoles 24 de Junio de 2020

En escuelas de la ciudad de Santa Fe, algunas docentes –las más afortunadas– alcanzaron a ver a sus nuevos alumnos una o dos veces. Otras, los conocieron por WhatsApp, Instagram, Zoom, Classroom, YouTube, Google Meet, Facebook, etc. Se las ingeniaron para adaptarse a los usos, costumbres y posibilidades de sus estudiantes. En algunos casos dejaron fotocopias en las instituciones educativas para que las familias sin internet y sin dispositivos electrónicos las puedan pasar a buscar. De la manera que fuere, desplegaron todo tipo de estrategias improvisadas para que la educación sobreviva la pandemia y se garantice el derecho a aprender.

"Las aulas nunca estuvieron vacías. A lo mejor el espacio físico de la escuela sí lo estuvo. Pero la verdad es que hubo muchísimo trabajo, y creo no equivocarme si digo que se triplicó la jornada laboral. No tenemos horarios. Se nos ha mezclado la cotidianidad con el laburo en lo diario. La mayoría de nosotras que somos docentes, además tenemos hijos. A nosotras también nos toca la conectividad dificultosa, si bien somos bastante privilegiadas en el sentido de que tenemos herramientas. Aunque a los dispositivos también los compartimos con nuestros hijos", relata María Teresa, docente de educación especial de primaria de una escuela pública de la ciudad. La mayoría de las docentes consultadas por UNO solicitaron resguardar sus identidades.

Conectar en desigualdad

En general, todas las docentes consultadas señalan que el problema general y más común es el del acceso a la conectividad ya sea por problemas con internet o datos móviles escasos como por no tener computadoras, teléfonos celulares u otros dispositivos móviles. Las desigualdades que eran percibidas previo a la pandemia y que institucionalmente se trabajaban en el aula, se manifestaron de manera pronunciada durante el aislamiento.

Por su parte, una docente de una escuela del norte de la ciudad, Alejandra, cuenta a UNO: "Las clases en este contexto de aislamiento fueron y son de lo más variadas, creativas en innovadoras; utilizando diversos recursos y soportes. Prima el uso de la comunicación a través de WhatsApp donde las maestras envían textos, videos caseros, enlaces, tutoriales, etc. con la finalidad de llegar con una propuesta realizable para los niños de la manera más autónoma posible; recurriendo muchas veces a la "ayuda" de sus padres, para eso, primero debieron enseñar a enseñar a los padres, tarea nada fácil".

"La mayor dificultad fue y es la falta de conectividad de algunas familias, esto pone en evidencia la enorme desigualdad social, pensar que hay niños aprendiendo con una plataforma como Zoom o Meet mientras otros se las arreglan con una guía enviada por su maestra y un cuadernillo elaborado por el ministerio o con un pequeño celular con el que tiene que esforzarse al máximo para poder copiar y que además comparte con varios hermanitos, angustia muchísimo", agrega.

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En sintonía, Gisela, docente de matemática y tecnología de nivel secundario y primario en escuelas públicas y privadas de la ciudad expresa: "Fue difícil desde el primer momento. En mi caso particular, usaba las plataformas (Classroom y Edmodo) como apoyo de las clases presenciales. Pero no las manejaba al 100 por ciento. Entonces me llevaba mucho tiempo comprender todas las herramientas que nos ofrecía cada plataforma, a pesar de que había miles de tutoriales dando vueltas y en uno de los colegios donde trabajo nos dieron una minicapacitación. Era difícil tratar de explicarles a los alumnos el uso de estas. Todos creemos que los adolescentes manejan la tecnología perfectamente, pero comprobé que no es tan así. También tuve que explicarles a mis compañeras el uso y ellas a mí. Todo el tiempo fue apoyarnos mutuamente".

Dianela Fernández, profesora de música de dos escuelas primarias, expresa: "En mi caso traté de priorizar los contenidos que considero más importantes, pero más que nada el tema del vínculo. Nos manejamos mandando muchos audios o videos muy cortitos. Con consignas puntuales, porque hay alumnos que no tienen la mamá o el papá presentes todo el tiempo y lo tienen que resolver solos. Hay que buscar estrategias para conseguir que lleguen todos. Fue probar. En un primer momento teníamos los docentes la necesidad de que no pierdan contenidos, entonces por ahí en las familias hubo como un registro de que era demasiada la tarea que se les daba y el nivel de complejidad. Las familias no son docentes, entonces cómo hacemos para explicar si no tenemos la presencialidad".

"Nadie tenía previsto que esto iba a suceder, así que nos tomó por sorpresa. Como docentes, la escuela está pensada con modalidad presencial así que hubo que repensar el contacto con estudiantes con una modalidad diferente a la que estábamos acostumbrados, fue todo un desafío. Cuando tomé consciencia que el aislamiento iba a ser por más tiempo de lo que inicialmente pensamos, tuvimos que replantear también las prioridades. No solo en dar contenidos, sino también en cómo seguir enseñando. Toda la parte de la explicación, del ida y vuelta que se produce en la clase presencial, ya no lo teníamos. En las escuelas en las que trabajo no tienen demasiado medios –las familias–, ya sea porque no tienen dispositivos o porque a lo mejor en la casa hay un solo celular con tres o cuatro niños que están en edad escolar y que lo necesitan, entonces tienen que dividirse o no tienen wifi, etc. Hay situaciones muy diversas. Lo que se vio claramente es la desigualdad en el acceso, hay que repensar cómo llegamos a los que no tienen conectividad", agrega Fernández.

En el mismo sentido, Dianela Arnodo, docente de literatura y letras en tres escuelas de la ciudad, dijo a UNO que durante el período de cuarentena tuvo diferentes respuestas de parte de los estudiantes: "En una de las instituciones que trabajo fue muy escasa la participación. En los otros colegios un poco más. Me manejo mucho por Classroom, a través de esta app me mantengo en contacto con los alumnos con trabajos prácticos. También usé las redes sociales, con una cuenta profesional que armé para esta ocasión. Hice dos vivos de Instagram con participación no obligatoria para que me puedan conocer personalmente porque hubo cursos que no llegué a ver. Algunos participaron, fue lindo porque podían comentar mientras iba leyendo, así que me gustó mucho. Pero a la vez, teníamos chicos que avisaron a la escuela que no tenían internet porque sus padres no habían podido pagar la cuota. Es una dificultad que tenemos en este momento. Lo más difícil es desconocer la situación particular de cada alumno".

"En las escuelas donde trabajo concurren alumnos de clase media baja por lo que debimos tener en cuenta que las familias tienen una sola computadora para el uso de todos sus integrantes o directamente no la tenían, celulares con la tecnología suficiente para llevar a cabo todas las tareas, deficiencia o ausencia de wifi o paquetes de datos, etc. Por lo que la bajada de línea de los directivos tanto en primaria como secundaria fue la de no abusar de las clases por Zoom o Google meet, realizar actividades cortas que los chicos puedan resolver de manera autónoma sin necesitar la ayuda de los padres (ya que algunos de ellos nunca dejaron de trabajar o tienen varios hijos para ayudar)", comentó Gisela.

"Los niños nos extrañan, eso lo ponen de manifiesto en cada comunicación", apuntó Alejandra.

Jornada laboral infinita

Fernández apunta a lo que implicó reacondicionar el aula a la virtualidad: "Como los trabajos se envían o por correo o por WhatsApp porque depende de cada alumno, es como que estás conectado todo el día con el trabajo. Es desde casa, sin ir a la escuela, pero trabajamos un montón de horas, mucho más tiempo. Porque el preparado de las clases también cambió. Hay cosas, por ejemplo, que yo las trabajaba verbalmente a través de una imagen y una explicación para todos. Entonces, acá tengo que armar en un soporte que pueda llegar a todos así lo pueden aprender. De manera verbal eran diez minutos de clase, ahora cada cosa que uno considere que es importante que lo tienen que aprender le tiene que buscar la vuelta para que el formato lo pueda descargar y que a la vez tenga todos los elementos a nivel pedagógico que sean necesarios. Es como un doble trabajo, porque vas probando y pensando diferentes estrategias para cada contenido. Si bien a esta altura –de la pandemia– ya lo tenemos aceitado, lleva mucho tiempo cada preparación".

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"La virtualidad tiene ventajas y desventajas. Por un lado, la brecha horaria es mayor. Uno puede recibir trabajos a cualquier hora porque entendemos que los estudiantes a lo mejor tienen su momento de conexión en distintos momentos, así que puede ser a la madrugada, a la mañana o a la tarde. Uno tiene que organizarse para los horarios de corrección, porque sino hay una gran saturación", relata Arnodo.

Al mismo tiempo, los docentes no están ajenos a los problemas de conectividad: "Me pasó que hubo una semana en la que se me había roto el celular, y me tuve que comprar otro. Computadora no tengo. Me manejaba con la de conectar igualdad, pero se rompió así que también desde mi lado tenía esa circunstancia. Así, tenía un poco más de empatía con mis alumnos en ese sentido", destaca Arnodo.

Gisela, agrega: "Otra de las dificultades fue respetar el horario de trabajo. En los primeros días que comenzamos con las clases virtuales estábamos trabajando desde las 7 u 8 hasta las 22 o 23. Armar actividades, editar videos, corregir mediante fotos o archivos (¡matemática!) y contestar las consultas de los alumnos lleva mucho tiempo. Además, los estudiantes, hacían preguntas y mandaban tareas a cualquier hora (esto se mantiene) entonces se hacía difícil cortar ya que me sentía en la obligación de contestar cada duda o recibir cada tarea. Los directivos tampoco respetaban ni días ni horarios. Todo esto me generó ansiedad y cansancio excesivo, lo cual tuve que cambiar y repensar por el bien de mi salud".

"Tenemos problemas de conectividad, al igual que los alumnos, y de horarios. Antes sabíamos que por ejemplo de 8 a 12 íbamos a la escuela, y a partir de ahí trabajás en casa para hacer lo que tengas pendiente en función de ese tiempo en clase. Ahora no podés, es todo el día y tampoco hay fines de semana porque también te llegan los trabajos esos días. Y los sueldos seguimos como antes, no tenemos paritarias, ni nada previsto", aporta por su parte María Teresa.

En la misma línea, coincide Alejandra: "Cambió la metodología, la respuesta, el feed back entre docentes y alumnos, el contacto (abrazos y besos, palabritas en respuesta a.... nos faltan a horrores) la inmediatez del aula. El trabajo se multiplicó, el docente está horas preparando la mejor propuesta, luego compartiéndola, explicando, a veces por videollamadas, recibe las respuestas de los niños/familias a cualquier hora (porque hay niños que trabajan cuando pueden o si pueden)".

"Cambió prácticamente todo: la forma de evaluar, el relacionarse con los alumnos directivos y compañeros. La manera de corregir, de enviar tareas. Prácticamente todo lo detallado arriba. Menos el cariño, la pasión y la predisposición con la que realizo esta tarea que amo", aporta Gisela.

Siempre hubo clases

Al ser consultadas sobre las frases que se escuchan de parte de funcionarios y otros personajes que refieren a "aulas vacías" o "la vuelta a clases", la vicedirectora lamentó: "Hace tiempo que el trabajo del docente viene siendo desvalorizado, creo que solo aquel que tiene a uno cerca puede hacerlo, al resto de la sociedad le parece un trabajo prescindible, que en este contexto se demostró que no, nadie como el maestro puede enseñar bien".

"Por parte de cada docente hubo un gran esfuerzo, como también de parte de los alumnos y de sus padres. Todos estuvimos tratando de dar lo mejor posible en esta situación. Y con un montón de cuestiones personales que nos atraviesa", señala Arnodo. Y por su parte Fernández agregó: "Trabajamos mucho, y veo un gran compromiso de parte de los docentes para decirles a los alumnos que sigan adelante, que no se depriman, que no sienten que es un tiempo perdido este. Es cierto que sin la presencialidad perdemos algunas cosas porque estamos diseñados para la presencialidad y el trabajo colectivo en el aula, especialmente para el arte, pero le hemos encontrado la vuelta porque conocemos a nuestros alumnos. Quien dice que se trabaja menos, no conoce al trabajo docente, lo dice desde el desconocimiento y desde un lugar descalificativo. Hay docentes que también sufren la falta de conectividad y sin embargo lo resuelven igual como pueden para dar clases en este contexto".

Y Gisela aporta: "Siento que una vez más ningunean nuestra labor, llevamos adelante en poco tiempo toda una tarea que hasta el momento no teníamos aceitada. Sin haber tenido paritarias, utilizando todos nuestros recursos tecnológicos. Sin recibir ningún tipo de ayuda. Siempre criticando nuestra tarea, si mandamos mucha tarea o si mandamos poca y muchas cuestiones más que se nos ha planteado. También menospreciando a los papás o familiares que se han sentado a hacer las tareas, sabiendo lo difícil y el tiempo que lleva hacerlo".

La vuelta a las clases presenciales

A la espera de un posible inicio de clases en agosto, las docentes aguardan indicaciones y conocer cómo serán los protocolos. "Es todo incertidumbre porque aún no sabemos cuándo vamos a arrancar. Luego las instituciones van a establecer cada protocolo. Algunas escuelas no tienen patio, otras tienen aulas para 30 alumnos y no hay tanto espacio para respetar el distanciamiento social, así que veremos", observa Arnodo.

"Pienso que será complicado ya que muchos de nuestros alumnos se manejan en transporte público y tenemos aulas superpobladas entre otras cosas. A pesar de querer volver a la clases presenciales, quiero que se cumplan, nos provean y nos garanticen el cumplimiento de los protocolos y de todo lo necesario para la vuelta", dice Gisela.

María Teresa analiza: "Es todo un interrogante la vuelta a las clases presenciales. Uno piensa que lo que se avecina no va a ser mejor de lo que tenemos hoy. La verdad espero que estos problemas estructurales que dejó a la vista la pandemia se empiecen a trabajar desde cada lugar del Estado como corresponde. Ojalá que eso pase. De esta pandemia me parece que salimos sobrevivientes, no mejores. Con todas las cosas buenas que se puedan rescatar a nivel trabajo en equipo, me parece que hay un problema de base en el que se tendría que poner el foco y resolverlo".

"Si bien estamos reansiosas por la vuelta a la presencialidad, no dejamos de planearlo con cautela, además de las medidas de cuidado, pensamos que no nos reencontraremos con los mismos niños. Sus necesidades se están ampliando y cuando vuelvan no podrán satisfacer ese encuentro con el otro, juegos, charlas... hay que resignificar el encuentro y las formas de vincularnos fisicamente que seguramente intrínsecamente nos afectará, como ya lo viene haciendo", señala Alejandra.

Y Fernández concluye: "La verdad es que en lo personal estamos muy a la expectativa de cuál será la situación. Hace más de dos meses que no tenemos clases en Santa Fe pero sí en localidades cercanas. De un día para el otro capaz aparece un caso positivo y nos cambia todo. Esperemos que no. Creo que va a ser complicado el regreso a la presencialidad porque los niños están acostumbrados al aprendizaje a través del juego o de las actividades, de compartir, de los abrazos. Va a ser todo un tema mantener las distancias. Es preocupante también el escenario a nivel social que vamos a encontrar a medida que pase esto. Si había desigualdad y pobreza antes, se ve que está aumentando. Muchas familias han perdido sus trabajos. Vamos a tener que hacer frente a esa situación y contener como docentes a lo que sea que pase".

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