El doctor en ciencias económicas Aldo Ferrer fue el encargado de abrir, la semana pasada, el año académico de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNL con una disertación sobre la situación actual y las perspectivas para la economía de la Argentina. En su trayectoria, Ferrer, construyó un camino que lo llevó a ocupar cargos en gobiernos nacionales y organismos internacionales como las Naciones Unidas. En el 2000 creó junto a otros economistas el Grupo Fénix que presentó una alternativa a las políticas neoliberales que terminaron en el estallido de 2001.
Inflación, soberanía nacional y las expectativas de la economía
Durante los últimos dos años, Ferrer se desempeñó como embajador argentino en Francia y, pese a haber sido parte del Gobierno nacional y defender el modelo actual, el economista también reconoce algunos errores en la conducción económica. Al ser consultado sobre la inflación, Ferrer dijo: “Creo que durante mucho tiempo no se tomó nota de esto. Además se complicó con la situación del Indec y la confusión de cuáles eran los indicadores válidos. Se estuvo perdiendo el tiempo con eso y me parece que hay un cierto reconocimiento de eso porque hoy está el nuevo índice de precios, el ajuste cambiario para hacer frente al atraso del tipo de cambio. Eso pasaba porque no se tomaba en cuenta a la inflación y se pretendió pararla anclando el tipo de cambio y eso hace perder competitividad y genera expectativas negativas, estimula el aumento de precios, la fuga de capitales. Por eso creo que hubo en el manejo de la macroeconomía una serie de debilidades que provocaron cierta incomodidad”.
“Pero eso se da –aclaró– en un escenario muy distinto al de otros tiempos porque ahora la economía es más previsible, está funcionando en condiciones relativamente sólidas, está desendeudada, está funcionando a un alto nivel de empleo de la capacidad productiva, tiene buenas perspectivas internacionales para las cosas que exporta. Por lo tanto, hay una serie de datos que permiten manejar las cosas con prudencia y poder resolver lo que son los obstáculos al desarrollo como el subdesarrollo industrial, problemas de inclusión social, hubo avances significativos en ciencia y tecnología con la creación de ese ministerio. Creo que hay problemas actuales como la inflación, la falta de divisas, problemas de la estructura económica, pero que se dan en condiciones distintas a las del pasado”.
En ese sentido amplió: “Ahora tenemos un marco institucional estable, mientras que nosotros vivimos gran parte del siglo pasado en el marco de la inestabilidad institucional. Todo lo que pasa en la Argentina hoy es en el marco de la Constitución. Eso es importante. Y hay que esperar que la madurez de la sociedad permita ir produciendo respuestas más adecuadas a los problemas, sin ignorar que pasaron cosas positivas e importantes como el desendeudamiento, la nacionalización de YPF, del sistema jubilatorio. Eso permitió construir un Estado Nacional con mucha fuerza, aunque también se ha gastado plata de forma innecesaria y eso debilitó en parte la situación fiscal. Eso sumado a la falta de divisas generó un cuadro de expectativas negativas. Si eso se maneja mejor, creo que hay buenas chances de ordenar la macroeconomía para que este fenomenal potencial que tiene la Argentina realmente despegue”.
—¿Ese escenario se puede corregir?
—Creo que es corregible, entre otros factores, por el desendeudamiento. En nuestro país, antes de la crisis de 2001, ¿quién gobernaba? El Fondo Monetario. No había Estado Nacional. Todo lo que se hacía dependía de los acreedores, todo era tratar de que viniera plata para cumplir con la deuda. Cuando nos levantábamos a la mañana y prendíamos la radio nos daban el riesgo país antes que el estado del tiempo. El riesgo país es cómo calificaban afuera a la Argentina como deudor. Lo que hoy tenemos es algo invalorable, mientras que de la otra forma no se sale, sólo se va al desastre. Hemos recuperado la soberanía, se desendeudó el país y se recuperaron instrumentos de la política económica, aunque quedan muchas cosas por hacer.
—Desde la CTA oficialista vieron el movimiento del tipo de cambio como un giro hacia políticas ortodoxas y no como algo positivo.
—Una cosa es la ortodoxia y otra es el ordenamiento. Si hay un atraso cambiario dentro de una política que pretende tener objetivos nacionales, ese atraso cambiario es fatal para esa política. Hay que ver cómo termina el conjunto de la política, porque si la idea es volver a los mercados, volver a tomar deuda, arreglar con el Fondo Monetario, puede ser que ese ajuste cambiario forme parte de un retorno a la ortodoxia. Pero si, por el contrario, forma parte de una política de solvencia fiscal, competitividad, fortalecimiento de los pagos internacionales, son las condiciones de orden necesarias para que un país que se fija un proyecto nacional lo pueda cumplir. Porque en el marco de un desorden macroeconómico nada es cumplible. Creo que en el discurso crítico muchas veces hay una gran confusión en estos temas.
—¿La inflación siempre fue el mal que sufrieron los gobiernos en el país?
—Argentina tiene el récord mundial de la inflación en el siglo pasado. Eso fue consecuencia de muchas cosas, del desorden macroeconómico, del conflicto político, de los golpes de Estado, del desorden fiscal, de la crisis de balanzas de pago. En el marco de la inestabilidad que el país vivió, tanto institucional como de los vaivenes de la política económica, porque Argentina se fue de (Carlos) Menem a (Néstor) Kirchner, son desplazamientos que no contribuyen a generar escenarios propicios, sobre todo en períodos en los cuales prevalece el enfoque neoliberal. La inflación es producto de un malestar crónico de la Argentina que es el de no haber logrado formar una estructura equilibrada, que tenga abundancia de divisas, que no tenga periódicamente esta falta de dólares, que tenga una economía con solvencia fiscal, que el país esté parado sobre sus recursos propios, que sólo toma créditos cuando para invertir cuando hace falta y no para cerrar agujeros.
“Pero todavía hay quienes piensan que Argentina tiene futuro como granero del mundo, y no lo tiene. Sí tiene una enorme posibilidad, como de hecho sucedió con un gran aumento de la producción agraria. Pero todo el complejo agrario emplea un tercio de la fuerza de trabajo. Si no tenemos una gran base industrial la mitad de los argentinos nos tenemos que ir a otro lado porque acá no tenemos lugar. No hay posibilidad de tener un gran desarrollo, incluso agrario, si no hay un desarrollo industrial. Ése es el gran desafío.
—¿Están dadas las condiciones para diversificar la matriz productiva y romper con los grandes grupos concentrados?
—Éste es un tema muy importante. Estamos en una economía de mercado, cosa que muchas veces se olvida. No hay ningún caso en la historia en el que un país haya llegado a altos niveles de desarrollo fuera de la economía de mercado. En el mercado hay actores sociales y el sector privado, que es funcional al cambio técnico, a la inversión, a la exportación, a la creación de empleo es en gran medida una construcción política. Cuando un Estado tiene objetivos claros, como está pasando en Corea o en China, el sector privado se pliega al proceso de transformación. Incluso los que son grupos concentrados en la Argentina y que tienen una preferencia por el enfoque neoliberal, que les preocupa más el poder que la producción. Incluso esos sectores pueden ser integrados en el marco de una política de ordenamiento de la macroeconomía, de un Estado fuerte que les abre espacios de rentabilidad para que esa capacidad financiera, tecnológica y demás que esos sectores tienen la puedan volcar a lo que hace falta hacer.
Luego agregó: “Si entramos en la lógica de que de un lado estamos los buenos y del otro los malos se pierde la dinámica real de lo que hay que hacer para que funcione una economía de mercado. El Estado tiene que captar a los actores sociales en un sendero de crecimiento a partir de la construcción política. Pero fue muy difícil formar un empresariado nacional cuando el país se extranjerizó como lo hizo. La mayor parte de los grupos concentrados son extranjeros. No es posible formar un país con filiales. Es necesario fortalecer a la empresa nacional en el marco de la políticas públicas y un Estado fuerte. La globalización es un fenómeno del que no nos podemos salir, pero sólo les va bien a los países soberanos, que tienen fuertes políticas de Estado, que tienen una economía ordenada, que traen inversión extranjera pero que la ponen en un segundo lugar respecto de los intereses nacionales y no para regalarles el mercado interno, como hicimos nosotros. La Argentina tuvo grandes dificultades de formar un proyecto viable, y eso es lo que hay que tratar de seguir haciendo”.















