Jorge Coghlan
La familia del sol y sus divisiones
Diario UNO de Santa Fe
Como en toda familia, sus integrantes se diferencian entre sí por diversos motivos: edad, tamaño, peso, rango, etcétera. Lo mismo podemos decir de los cuerpos que conforman la familia solar, más conocido como sistema solar. Quizá la única diferencia al comparar la familia solar con una familia corriente, es la edad de sus integrantes.
En general, los cuerpos que lo conforman, todos tienen una misma edad y un mismo origen. Podemos dividir a sus componentes en cuerpos principales y menores o pequeños. A la primera clase pertenecen los ocho planetas conocidos por todos, en orden desde el Sol: Mercurio Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno; y a la segunda, una multitud de planetesimales descubiertos desde principios del siglo 19 y cuyas órbitas de las más dispares recorren casi la totalidad del sistema, aunque desde el siglo 19 se supo que una mayor concentración se encuentra entre las órbitas de Marte y Júpiter, conocida como el Cinturón de Asteroides.
Más allá de Neptuno nos encontramos con otro cinturón de cuerpos entre los cuales está quien lo lidera por haber sido el primero en descubrirse en 1930, nos referimos al famoso Plutón. Tanto él como una cantidad hasta ahora no precisada de estos cuerpos que en la realidad son pequeños planetas gaseosos congelados, forman el llamado Cinturón de Kuiper y si bien popularmente se los denominó en principio “planetas enanos”, hoy se los conoce como “plutonios o plutinos”.
Y a todo este sinnúmero de objetos formados químicamente en las entrañas de la estrella Sol hace unos cinco mil millones de años, debemos sumar una cantidad asombrosa de cometas; 176 satélites naturales girando en torno de los planetas principales y de algunos plutonios hasta ahora descubiertos, los miles de millones de pequeñas lunetas que giran formando anillos en torno a los planetas gigantes o gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno); más la materia interplanetaria, meteoros y bólidos, diseminadas en todo el sistema solar en cantidades imposibles de imaginar.
Estrellas errantes o planetas
Todos saben que el movimiento aparente de la bóveda estrellada y el curso diario que siguen el Sol y la Luna se deben a la revolución que la Tierra ejecuta sobre su eje en 24 horas y en sentido contrario al movimiento diurno; la dirección del movimiento de nuestro planeta es, por lo tanto, de Occidente a Oriente, y su velocidad uniforme.
Desde que se descubrieron las manchas solares, sabemos también que el Sol está dotado de movimiento de rotación alrededor de un eje, cuya dirección es invariable. Todos los planetas giran asimismo alrededor de un eje, cuya dirección es invariable.
A simple vista, se confunden fácilmente los planetas con las estrellas que pueblan el espacio, pues, como ellas, sólo aparecen como puntos luminosos; pero examinados con el telescopio, presentan discos casi circulares, con manchas movibles, que demuestran que el cuerpo a que pertenecen es esférico y giratorio.
Todos los planetas, menos Urano y Neptuno, son visibles a la simple vista y se distinguen de las estrellas, no sólo por su movimiento propio, sino también por la “tranquilidad y dulzura” de su luz, esto es, no centellean como sí lo hacen las estrellas. Los ejes de rotación del Sol, de los planetas y de sus satélites tienen diversas inclinaciones, se dirigen a distintos puntos del espacio, pero estas inclinaciones son invariables para cada uno de ellos.
En su movimiento de traslación alrededor del Sol, recorren una órbita o curva cerrada, llamada elipse, cuya forma no se aparta demasiado de la de una circunferencia; en uno de sus focos y no en el medio de la curva, está situado el Sol, que es el centro de movimiento de todos los planetas. Todas las curvas u órbitas no son iguales, es decir, no presentan la misma excentricidad, pero sí son precisamente planas y prolongadas, y pasan por el centro del globo solar.
La órbita de la Tierra se halla comprendida en el mismo caso, y por razones que expondremos más adelante, ha recibido el nombre de “eclíptica”, y su plano, “plano de la eclíptica”. Como todas las observaciones celestes se hacen precisamente en la Tierra, el observador se encuentra “siempre” en el plano de la eclíptica de suerte que para nosotros, el plano de la eclíptica, prolongado en todos los sentidos hasta la bóveda celeste, forma un círculo máximo de esta esfera y en el que se encuentra “siempre” el centro del Sol.













