A días de iniciar su segundo mandato como rector de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), Enrique Mammarella, visitó la redacción de UNO Santa Fe junto a la flamante vicerrectora, Larisa Carrera, quien es la primera mujer en la historia de la UNL en ser electa para ese cargo.
Mammarella dijo que sin presupuesto "en la UNL se vive día a día" y "no se puede planificar"
Por Hipólito Ruiz
Jose Busiemi
—¿Mammarella, cuáles son las metas y los objetivos cumplidos en sus primeros cuatro años como rector que marcaron su gestión?
Enrique Mammarella: Fundamentalmente era darle una impronta más transversal y territorial a la universidad. Se trabajó en ello y la pandemia no permitió avanzar todo lo que uno hubiese querido. Pero trabajamos fuertemente en los temas de inclusión, en pensar todas las diferencias que tenemos en el centro norte provincial y en las provincias vecinas por la calidad educativa con la que proviene cada uno de los ingresantes. Tratamos de dar esas discusiones, cómo mejorar la llegada a Santa Fe, cómo crecer en infraestructura; estar acorde a poder darle posibilidades a todo aquel que tenga ganas de venir a estudiar a la universidad; trabajar fuertemente en que la ciencia que produce la universidad no quede solo en publicaciones y vuelva en resultados. Hay muchos avances que la universidad va teniendo y este es un camino, es muy difícil hacer un corte y mediciones. Uno ve que la universidad crece y hay escalones en cada una de las áreas. También la consolidación del área recreativa y deportiva, el ingreso de nuevas formas de ver que nos permitan el aprovechamiento de la diversidad en la toma de decisiones.
—Ahora va a comenzar un segundo mandato y por primera vez en la historia está acompañado por una rectora electa. Larisa, ¿cómo describe este momento en el que una mujer llega a ocupar un lugar en la rectoría de la UNL?
Larisa Carrera: En este caso, Enrique como rector y yo como vicerrectora es la primera vez que se da en la Universidad que haya una mujer electa en ese cargo. Eso se da en el marco de una presencia muy fuerte de la mujer en los ámbitos y los espacios de decisión, de gestión institucional. Hoy tenemos cinco decanas mujeres y cinco decanos varones que llegamos no porque sea una decisión impuesta, sino que naturalmente dentro de los procesos de cada una de las unidades académicas se fue dando esta situación. También tenemos cuatro vicedecanas mujeres más en las 10 unidades académicas. Esto se da en el marco de una situación histórica de una mayor presencia de las mujeres en estos espacios.
—¿Esto también se da a nivel de los estudiantes?
E. M.: Va aumentando el porcentaje de mujeres en el total de la Universidad, pero cada disciplina, cada carrera tiene su propia proporción. Hoy la proporción en general se va acercando al 60 por ciento de mujeres y 40 por ciento de varones y probablemente la pandemia agudice aún más esa proporción para el próximo año.
—Habló de la pandemia y está comenzando una nueva gestión, ¿cómo se planifican los próximos cuatro años?
E. M.: Venimos trabajando de la misma forma desde que comenzó la pandemia: construyendo escenarios, tratando de dar previsibilidad, estudiando mucho, viendo lo que pasa en otros lados, viendo lo que funciona y lo que no y tratando de hacer los ajustes necesarios. El tema es tomar decisiones a corto plazo, resolver las situaciones en función de los datos que tenemos y a partir de ahí ver cuáles son los posibles escenarios. El Consejo Superior la semana pasada tomó la decisión de que el inicio del año lectivo de 2022 va a ser en presencialidad plena. Eso implica que toda la vida universitaria arranca con presencialidad. No hay ninguna actividad por sí sola que quede en la virtualidad. Pero se va a utilizar toda la virtualidad y todo el aprendizaje como complemento de esa presencialidad en el trabajo y no solo en docencia. También lo vamos a aprovechar en la administración, en la extensión, en la investigación. Se aumentó mucho el parque tecnológico de la universidad para poder hacer otras cosas que antes de la pandemia no teníamos. Además se avanzó en tener toda la administración virtualizada y desde el 1 de agosto del año pasado la universidad no empieza ningún proceso en papel. Si todo eso no lo aprovechamos estaríamos volviendo atrás. Estamos pensando en una vuelta hacia el futuro, hacia marzo de 2022, que no es marzo de 2020 ni la lógica de virtualidad que tuvimos en julio de 2020.
—Larisa, ¿cuál es la impronta que usted quiere plasmar en los cuatro años de gestión?
L. C.: Lógicamente formamos un equipo de trabajo, de gestión. Además hay un trabajo dialogado con las unidades académicas y esa es una de las cuestiones que fuimos trabajando a lo largo de este tiempo. Recorrimos todas las unidades académicas y fuimos escuchando las inquietudes porque este contexto de incertidumbre que vivimos con la pandemia no sabemos cómo nos va a impactar el año próximo. Fue toda una decisión volver a la presencialidad porque hoy hemos salido de la situación de emergencia y esa decisión tuvimos que dialogarla y consensuarla con todas las unidades académicas y con sus propias lógicas. Necesariamente para enfrentar estos contextos de incertidumbre hay que tener mucho diálogo y trabajo colaborativo con las unidades académicas en el marco de un proyecto colectivo de Universidad. Hay que seguir trabajando juntos y tomando las decisiones que haya que tomar desde la centralidad para apoyar lo que haya que hacer en las unidades académicas.
—Enrique, le va a tocar gestionar el ejercicio 2022 sin el presupuesto nacional aprobado, ¿cómo impacta eso en el día a día de la UNL?
E. M.: Muy mal. Ya nos tocó en 2020 tener que gestionar la pandemia sin presupuesto nacional y en un contexto de una incertidumbre mucho más grande. De hecho, si uno lo plantea desde el punto de vista de la planificación y la programación es muy malo porque hoy técnicamente volvemos a enero de 2021 teniendo los mismos recursos con una inflación importante en el año y con una paritaria que hizo que a febrero del año que viene aumente un 50 por ciento el costo laboral de docentes y no docentes. Por eso, técnicamente, volvemos a un presupuesto que si no se consolidan los aumentos en esa línea paritaria no nos alcanza para pagar los salarios a lo largo de todo el año. Es muy difícil programar así.
—¿Eso también impacta en todo lo que tiene que ver con la proyección de obras de infraestructura?
E. M.: Totalmente. En general, las universidades tenemos entre un 85 y 90 por ciento del presupuesto en gastos salariales y un 10 o 15 por ciento del presupuesto que el Gobierno nacional nos asigna, a través del Congreso, que son los gastos de funcionamientos para atender todas las actividades de crecimiento de la universidad y desarrollo de sus actividades. Ahí se engloba desde dar clases, investigar, hacer extensión, obras. Eso se ve afectado por dos valores importantes que pasan en nuestro país que son muy difíciles de programar y que son las claves del presupuesto: la inflación anual y la cotización de nuestra moneda respecto al valor de los insumos extranjeros. Sin esa previsibilidad, sin tener un presupuesto que uno sepa que se lo van a dar y cuándo se lo van a dar, es muy difícil programar. Se vive día a día. Uno sabe que hoy puede pagar, pero no podemos proyectarnos en una obra o un gasto importante porque no sabemos si vamos a contar con los recursos. Afecta la planificación y como institución que nos proyectamos a mediano y largo plazo, el hecho de no poder contar con presupuesto no nos deja planificar a mediano y largo plazo. Encima, no hay presupuestos plurianuales en nuestro país y eso es uno de los inconvenientes más importantes que tiene la Universidad.
—Se acaban de cumplir 20 años de la crisis del 2001 y en ese momento la gente pedía que se vayan todos. ¿Cuál es la mirada que ustedes tienen sobre la dirigencia política que no aprueba un presupuesto nacional o que en la provincia de Santa Fe mostró niveles de enfrentamientos que generaron crisis institucionales?
E. M: Creo que hay una crisis de representatividad institucional. Política se hace en todos lados. A nosotros nos toca el desarrollo de la política institucional en el CIN (Consejo Interuniversitario Nacional). Ahí hay 70 rectores de diferentes extracciones, hay dos bloques mayoritarios que representan en alguna medida las grandes divisiones que tiene el país en la política. Pero lo que se privilegia ahí es el consenso. Si nosotros vamos a ese lugar a disentir no hay sistema universitario. El primer acuerdo es que no importa quién tiene más, sino importa qué es lo que hacemos como sistema. El sistema universitario y la educación pública tiene que estar por encima de cada una de las universidades, de cada uno de los rectores, de la política y tenemos que acordar los trazos gruesos de la política universitaria de nuestro país. Si esa institucionalidad la entendiera el Congreso, los partidos políticos y la discusión se diera en función de los consensos y no de los disensos recuperaríamos una calidad institucional que es importante.
—¿Por qué no sucede eso con la dirigencia política?
L. C.: Tiene que ver con lógicas distintas. Dentro de la universidad, y particularmente dentro de la UNL, hay una forma de construcción que es una impronta muy fuerte que permite que la universidad siga avanzando aún en contextos como el que estamos viviendo. Lo que a nosotros nos compete, más allá de la mirada de la universidad hacia afuera y dentro del propio sistema universitario, es fortalecer los vínculos y la institucionalidad. El diálogo y el consenso tienen que ser la clave para ese fortalecimiento. No hay forma que no podamos acordar ciertas cuestiones elementales para poder seguir creciendo porque nosotros tenemos una responsabilidad que no es solo institucional, sino también social. Estamos sustentados por la propia gente, por los impuestos de todos y tenemos una responsabilidad con la sociedad en la que estamos insertos. Por lo tanto esperamos que esto también pueda darse fuera de la universidad porque nosotros no estamos ajenos a todo el contexto de incertidumbre y complejidad social, en lo económico y en lo político. Tenemos la responsabilidad de preservar la universidad, pero también de trabajar para la región. En la pandemia se puso de manifiesto el rol protagónico que tomó la universidad en un contexto tan complejo.
—Gran parte de la dirigencia política santafesina pasó por la UNL, ¿por qué esta construcción de convivencia política que se da en el ámbito universitario no se plasma afuera?
E. M.: Probablemente afuera haya otra forma de hacer política que no permite desempeñarnos como lo hacemos adentro. Imaginemos una discusión de presupuesto donde cada facultad votara o no el presupuesto en función de las obras o de cuánta plata se les diera, que es lo que pasa con las provincias. Ahí tendríamos una representatividad que no es institucional sino una representatividad sectorial. Ese es el hecho de no sentirse responsable y copartícipe de las decisiones totales. La diferencia entre el funcionamiento universitario y el de la política no está en la democracia sino en el sistema republicano.
—¿Entonces?
E. M.: Es entender que las decisiones en las asambleas universitarias o en el Consejo Superior somos todos copartícipes de las responsabilidades del funcionamiento de toda la universidad y no de cada uno de los lugares. No es ganar para mí o para mi sector, sino que la universidad es una que crece o se estanca. Hay que volver a recuperar eso de que la provincia es una, no el sur rico contra el norte pobre; que el país es uno. En la medida que nos cueste ese sentir de decir que representamos a toda la población y no a quien me vota o no me vota es muy difícil que podamos tener los consensos necesarios para pensar en tiempos totalmente diferentes. Ahí también hay una diferencia grande. La universidad tiene un máximo de dos períodos. La gestión lo que permite es ponerle la impronta de uno, pero quien define la política de la universidad es el plan estratégico que tiene 10 años y que avanza sobre cualquier período de gobierno. El plan está por encima de lo que uno quiera hacer. Nosotros podemos trabajar en una impronta propia por lo que somos cada uno y como equipo y esa impronta puede ser totalmente diferente de la que venga dentro de cuatro años. Pero están dentro de un plan institucional que tiene marcadas cuáles son las prioridades de la universidad y dentro de las cuales hay que manejarse. No tenemos un plan institucional del país.
L. C.: Hay un acuerdo de base que hay que respetar y que hay que seguir construyendo, con improntas por supuesto. Pero hay un acuerdo de base que fue aprobado por todas las unidades académicas y los representantes de todas las unidades académicas y eso es lo que hay que sostener.

















