historias de vida

Una mujer estuvo cautiva 23 años en un altillo, bajo amenaza

Sensaciones de la mujer que estuvo cautiva en un altillo en Rosario, y los intentos fallidos del padre por rescatarla. Detalles de un caso que estremece

Domingo 01 de Agosto de 2021

Durante el juicio oral que se desarrolla en Rosario contra un hombre de 60 años que mantuvo cautiva a su pareja 23 años en una casa del barrio Cura se expone una historia desgarradora, y al mismo tiempo muestra el perfil de un hombre con un nivel de perversidad y de manipulación sobre la víctima pocas veces visto. Ella tenía apenas 19 años cuando la secuestró y encerró en un altillo. Le torció la voluntad, la sometía a golpes, abusaba de ella, la castigaba con cintos y cadenas debajo del agua. Todo ese tiempo la amenazaba con matar a su hijo y a toda la familia si pretendía escapar. Su padre, preocupado y desorientado, le mandaba cartas y notas que nunca llegaron a sus manos porque se las escondían. El hombre murió mientras su hija estaba en cautiverio.

Oscar Alberto R. es el mecánico que afronta un pedido de pena de 18 años de prisión por diversos delitos: privación ilegítima de la libertad en concurso ideal con reducción a la servidumbre, en concurso real con abuso sexual con acceso carnal en el marco de la ley de violencia de género.

La víctima de esta historia cruel es María Eugenia, hoy de 45 años. Fue mamá muy joven, a los 16 años, cuando nació su hijo Facundo producto de un matrimonio que terminó rápido. Cuando en 1995 tenía 18 años empezó a salir con Oscar. Lo vio como un hombre atento y protector, pero advirtió que era obsesivo y celoso. Ostentaba armas y ejercía seguimientos sobre las actividades de ella y toda su familia.

Ella vivía con sus padres y una hermana. Una familia de trabajo que jamás imaginó entrar en semejante espiral. Un día de mayo de 1996 Oscar llegó furioso atribuyéndole una relación inexistente con un primo, al que ya había amenazado. La tiró de los pelos contra un sillón y la golpeó ante la presencia de la madre.

Susana, la mamá de Eugenia, llamó a la policía y denunció al agresor en la Comisaría 15ª, donde germinó un “secuestro”, como denomina la víctima al calvario que transitó durante 23 años. Pero los vínculos del mecánico dentro de la seccional y una coima de 50 pesos, diluyeron la acusación.

“Llevate la piba unos días a tu casa que yo te manejo todo”, prometió el uniformado sobornado, que intercambió las huellas digitales al ficharlo para manipular el acta. Desde ese instante, una joven María Eugenia sufriría los peores tormentos.

Por la fuerza, Oscar la llevó a la casa del horror, en Santiago 3558. La encerró en una habitación de planta alta y le impuso como condición que hasta que su madre no levantara la denuncia, no la dejaría salir. El hombre tapó con diarios las ventanas y sacó el picaporte de la puerta.

Mientras le inculcaba terror, le recordaba sus vínculos con jueces y policías, le informaba dónde estaba su hijo, a qué escuela asistía, dónde estudiaba su hermana y la zona del reparto de su padre, que era sodero. Fue violada, castigada a golpes debajo del agua, sufrió dos abortos, le suprimieron la identidad por la de Lucía Puccio, y nunca la llevaron al médico, salvo un día que al intentar huir, se tiró a la calle y se rompió la cabeza.

Los detalles sobre las distintas situaciones que atravesó María Eugenia ya fueron contados, ella se los reveló con lujo de detalles a los jueces durante el juicio. A punto de viajar a la provincia donde ahora reside, anhela alinear “sus vidas”, cuidar a su madre y tener el mejor vínculo con su hijo. Agradece todos los días estar viva, y se ahoga porque nunca le pudo dar un abrazo a su padre, que murió mientras ella estaba secuestrada.

—¿Asumiste que era la forma de vivir para que tu familia no estuviera en riesgo?

—Se terminó y no puedo más. Eso pensé, de acá no salgo más, y es el precio que tenía que pagar por todo lo que le había hecho, según él. Pero hasta hoy no entiendo qué hice. Era una forma de sacrificarme para que a los míos no les pasara nada. Eso fue al poco tiempo que me encerró. Estuve un año viviendo con un pijama, no tenía contacto con el afuera hasta que se enfermó la mamá.

—Pasaste delante de jueces, abogados, policías, médicos, enfermeras, vecinos. Nadie pudo, o no supo ayudarte.

—Pienso que los vecinos sabían lo que vivía, pero por miedo a él nadie me brindó ayuda. Pensaba que si lograba saltar para la casa de un vecino, no me iban a recibir. Mis sentimientos eran esos. Cuando me escapé de Tribunales, le conté a la abogada de mi exmarido, lo que me pasaba y le pedí si me dejaban salir por una puerta trasera. Ella habló con el juez, tuvo buena voluntad. Y el juez también, pero tal vez en esa época era difícil y no sabían cómo obrar. O no pudo decirme "señora quédese acá que la ayudo, saco a este hombre y empezamos un proceso". Me abrió la puerta pero se desentendió. Creo que en ese momento hubo una falta del Estado.

—¿Cuál es la explicación para entender por qué tu familia no pudo ayudarte en esos años?

—Fue por el gran temor y una parte que no entendían. Mi mamá, a la que amo y tengo una hermosa relación, cuando nos fuimos a otra provincia tenía miedo, porque no sabía quién era yo. Ellos llegaron a pensar que estaba en una secta. No lograron entender lo que me pasaba. Y yo no tenía oportunidad de decirles lo que ocurría. Cada vez que mi mamá pasaba por la casa, me veía sentada en la puerta o barriendo el cordón. Ahora me cuenta que se conformaba con saber que estaba viva. Y cuando pasaba y estaba Oscar en la puerta, le decía "gorda, hija de puta, ¿qué querés acá?". Yo le decía que se fuera porque no sabía cómo terminaría eso.

—Tu papá te dejaba cartas en esa casa, pero nunca te las dieron. Las encontraste muchos años después.

—Pasaba y las tiraba en el jardín de la casa. Las pude encontrar mucho tiempo después. Encontré una caja grande de cartón, donde había papeles judiciales de Oscar, donde consta que estuvo varias veces preso, la denuncia de su primera mujer por agresiones, hasta con arma de fuego, el caso de una moto robada, otra denuncia de una mujer, a la que corrió en un campo con una carabina. Y encuentro una sola carta de mi papá, en un sobre chiquito que tenía por lo menos 15 años de escrita.

—¿La tenés?

—Sí, me la devolvieron en Fiscalía. Al día de hoy para mí esa carta es desgarradora. Entre otras cosas me decía "hija por favor volvé, pensá en nosotros, vos sabés quiénes somos, ¿qué te pasa?. Yo no te di un ejemplo así, nunca te abandoné. Tu hijo llora, pensá qué vas a hacer de tu vida". Y a lo ultimo dice "te quiero, te voy a querer siempre, te extraño, papá. Si no me contestás yo sé que es porque no llegó a tus manos". Un vecino que declaró en el juicio contó que sabía que mi papá tiraba las cartas. Eran compadres, y lo acompañaba para hacer guardia frente a la casa porque tenía la esperanza de verme. Mi papá sufrió una gran depresión. Falleció hace trece años. Todavía siento que necesito ese último abrazo con mi viejo, pero es una de las cosas que no voy a conseguir nunca. Son los dolores de esta vida.

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Las notas que el padre de María Eugenia tiraba en la casa donde estaba retenida. Nunca llegaron a sus manos, la víctima las en encontró muchos años después.

Las notas que el padre de María Eugenia tiraba en la casa donde estaba retenida. Nunca llegaron a sus manos, la víctima las en encontró muchos años después.

—¿Cómo fue el reencuentro con tu hijo?

—Cuando yo me escapé mi hermana lo llamó y le contó todo. Le preguntó si estaba dispuesto a brindarme ayuda, a verme. Sin dudarlo, él dijo que sí, me fue a buscar a la casa de mi tía, me llevó a la suya y me acompañó a hacer las denuncias. Cuando podemos nos encontramos. Formamos un vínculo de madre e hijo, hoy somos muy compañeros. A pesar de que vivimos lejos tenemos largas conversaciones por WhatsApp. Ahora nos miramos y sabemos qué estamos pensando. Fue una gran alegría saber que lo criaron sabiendo que su mamá era su mamá. Se hizo un gran trabajo en familia. Valoro mucho a su papá por explicarle que él tenía una mamá, que no sabían por qué no estaba, pero que en algún momento iba a poder contarle todo. Así lo criaron, entiendo que con un gran dolor, porque no debe ser fácil para una criatura o adolescente vivir esa realidad hasta los 25 años. Es una persona hermosa, muy sensible, muy humano.

—¿Qué te impulsó a escapar definitivamente?

—Veía que las cosas eran cada vez más complicadas. Me ponía el arma en la cabeza y me decía que me iba a matar. Y que se iba a matar él, así terminaba con todo esto. Yo le decía que lo único que quería era vivir en paz. Se generaban problemas, golpizas, discusiones. Logré esconder mi documento en la plantilla de la zapatilla. Así estuve muchos días. Como él tenía la costumbre de barrer las hojas de la vereda. Pero tuvo que entrar al baño porque estaba descompuesto. Me doy cuenta de que no había puesto los candados, ahí el corazón me avisó que ese era el momento. Escuché que abrió la ducha y se metió a bañar, y golpeaba la máquina de afeitar contra la pileta. Entré despacio, agarré dinero, celular y salí. Corrí hasta Bulevar Seguí y Santiago. Me escondí detrás de un volquete porque pensaba que si un vecino me veía le podía avisar. Pero vino un taxi y logré llegar a la estación de servicios de Pellegrini e Italia.

—¿Cómo transitás el juicio?

—Me apoya muchísima gente. Pensaba que nunca nadie me iba a poder ayudar, pero ahora me encuentro con un montón de gente en las redes, de otros lugares, de entidades, del municipio, Provincia, Nación, del lugar donde vivo, nunca me dejaron sola. Sé que están haciendo fuerza para que se haga justicia. Valoro mucho lo que hicieron desde Rosario, la contención de Casa Amiga donde encontré mucha paz en un primer momento, el apoyo psicológico, mi asistente social que me encaminó.

—¿Cuántas vidas hay dentro de María Eugenia?

—Hoy me quedo con esta María Eugenia. En un momento el dilema en mi cabeza era quién soy. Se lo planteaba a mi psicóloga. No soy la que volvió, pero tampoco la que alguna vez se fue. Y no soy la que atravesó esos años encerrada. Mi gran trabajo es encontrarme como persona, con lo que fui, con lo que pasó. Lo estoy logrando. Terminé el secundario, conseguí trabajo, vendo pastafrolas y alfajores caseros. Estoy estudiando mandatario del automotor y me recibí de masajista terapéutica. Trato de hacer las cosas que se me postergaron todos estos años. Cada día que me levanto estoy agradecida de estar viva y de tener a mi familia. Extraño mucho a mi papá, sé que no lo voy a ver nunca más y me cuesta elaborarlo en mi cabeza, pero sigo adelante. Me gustaría estar más cerca de mi hijo, me imaginaba una vida con él, tomar mate, abrazarlo. Pero entiendo que ya tiene su vida.

María Eugenia promete volver a Rosario para escuchar el veredicto del juicio. “Me explicaron que el máximo que se puede pedir es 18 años. Entendí que la justicia de los hombres tiene números. Espero conseguir esos 18 años. Pero no me alcanzaría ni 23 años, porque la vida no me la devuelve. Lo único que me sacaría de todo esto es una máquina del tiempo, que me mande 25 años atrás. Entonces hubiese criado a mi hijo, compartido con mi familia, pero es imposible. Me queda la condena, y el compromiso de que no salga y encuentre a una mujer que pueda matar”.

Por Claudio González / La Capital

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