Ocho consejos simples para no volver a romper el celular

Observaciones de campo revelan por qué los smartphones tienden a escaparse de nuestras manos con mayor frecuencia que otros objetos
17 de enero 2017 · 09:51hs

¿Puede un mosquito destruir tu smartphone? ¿Y una ráfaga de viento? No, no me han cambiado la medicación. Y en ambos casos la respuesta es sí, un mosquito o una ráfaga de viento pueden terminar con tu teléfono estrellado.

El otro día estaba encendiendo el fuego para el asado mientras miraba unos mensajes de WhatsApp. (WhatsApp es ese mensajero instantáneo que ha tomado la civilización por asalto y sin el cual casi la totalidad de las actividades humanas en la mayoría de las naciones industrializadas se detendría de forma instantánea.) En fin, estaba en eso cuando sentí el característico pinchazo de la picadura de un mosquito y, sin poder evitarlo, tiré un manotazo al voraz díptero que hincaba su probóscide en mi tobillo. Pero no apoyé primero el celular sobre la mesa de la parrilla. No, señor. Instintivamente, le di prioridad a mi tobillo y el pobre teléfono voló por el aire. Por suerte, salió ileso. Pero me dejó pensando.

Hace unos años, en el Puente del Inca, una súbita ráfaga de viento hizo que mi gorra volara graciosamente. Sin poder evitarlo, reaccioné tratando de atajarla. Y el celular terminó entre las piedras, con feos raspones en la carcasa, aunque, por fortuna, con la pantalla indemne. Pero para salvar un pedazo de tela de unos pocos pesos que, de hecho, podía comprar ahí mismo, en el centro turístico, sacrifiqué (o, más bien, mis reflejos sacrificaron) un dispositivo costoso y difícil de reemplazar en medio de la cordillera. La mente tiene prioridades que el bolsillo no entiende.

Después del último accidente que sufrió mi S4 (y que derivó en un interesante experimento), me puse a observar cuál es la razón por la que nuestros smartphones escapan de nuestras manos con mucha mayor frecuencia que otros objetos.

Pues bien, luego de varios meses de observaciones de campo, pude compilar un número de factores que contribuyen a la irrefrenable tendencia balística de nuestros teléfonos. Espero que los siguientes consejos ayuden a evitar un número significativo de pantallas quebrantadas. Todos ellos se basan en ejemplos reales y, me imagino, muchos se sentirán identificados. Pero como este estudio, por razones obvias, tiene un alcance limitado, me encantaría que sumaran sus propios tips en los comentarios. El vidrio irrompible es una vieja promesa que, de momento, sigue en veremos.

Sin manos

Por lo que pude observar, un gran número de incidentes ocurren porque el teléfono se nos escapa de las manos. Esto puede parecer una obviedad. No lo es. Si nos ocurriera lo mismo con la cubertería, tendríamos heridos graves en dos de cada tres almuerzos.

Hay varias razones para que los smartphones sean, por así decir, más inasibles, pero, en resumidas cuentas, ocurre que un celular es más o menos tan resbaladizo como un jabón, y pesa mucho menos. No es que lo teníamos mal agarrado. Es que resulta imposible sujetar bien un smartphone. Al menos, sin que parezca que estamos a punto de tener alguna clase de brote.

Por eso, mi mejor consejo es usar el teléfono sobre una mesa, escritorio o equivalente. Cuanto menos tiempo lo tengamos en las manos, mejor. Si vamos a escribir o grabar un mensaje, sacar una foto, chusmear el Facebook o, aunque es raro, hablar con alguien, intentemos concentrarnos en esa tarea. Lo que me lleva al siguiente escenario.

Una cosa por vez

En muchas ocasiones, he comprobado, el teléfono emprende su viaje sin retorno porque cometemos un error garrafal: tratamos de tipear, marcar un número o dar Me Gusta mientras hacemos otras cosas, como bajar del auto, tratar de alcanzar las ojotas con la punta del dedo gordo del pie, parar un taxi, bajar del subte, subir una escalera, cerrar la puerta del ascensor o ver si hay algo para picar en la heladera. Bueno, no, prohibido hacer esto. Si vamos a utilizar el celular hay que hacer un esfuerzo consciente y dedicarle el 100% de nuestra atención; y, dentro de lo posible, usar ambas manos.

De bolsillo

Todos saben esto por experiencia. Sacar el teléfono de la cartera o del bolsillo del pantalón (cualquiera sea el bolsillo, pero especialmente el de atrás) suele terminar en accidente. La física detrás de este fenómeno es compleja, pero está directamente emparentada con el siguiente escenario.

Unplugged

Es un hecho que, de forma aleatoria, la batería del celular puede durar todo el día, medio día, tres horas, etcétera. Por eso, solemos tenerlo conectado a la computadora o a la radio del coche. Pero si quieren evitar que el delicado dispositivo termine estrellado, hay que desconectarlo del USB antes de usarlo. O sea, no lo usen enganchado al cable. ¿Por qué? Porque tendemos a olvidar que lo teníamos enchufado y, al jalar del cable, como el teléfono tiene un índice de roce muy bajo, gana el cable, nos lo arrebata y lo revolea por el aire, con consecuencias previsibles. Pasa algo semejante al sacarlo del bolsillo o la cartera. Si no lo sujetamos como si fuera el pasamanos del coche de una montaña rusa, es probable que se enganche en un pliegue, un dobladillo, una costura, un cierre relámpago, la correíta del estuche de los maquillajes, un botón o el manojo de llaves, y adiós, se nos escurre de las manos.

Además, y a pesar de las evidentes diferencias geométricas entre una esfera y un smartphone, estos dispositivos tienen la costumbre de rebotar con la agilidad de una pelota de tenis, multiplicando los impactos.

Muy border

Un hábito raro, pero difundido, es el de depositar el celular en los bordes de mesas, mesas de luz, mesas ratonas, escritorios, mesadas, islas, mostradores, escritorios y pupitres. Bueno, está mal. Conviene siempre apoyar el smartphone en un punto equidistante de los bordes. Es decir, en el centro de la superficie de la mesa, mesa de luz, mesa ratona, etcétera.

Es asimismo conveniente evitar las áreas muy transitadas, como la mesada donde estamos amasando un bollo para pizza. Sí, lo entiendo, está bueno tener el el teléfono a mano, pero mejor ponerlo en un lugar donde no vayamos a impactarlo involuntariamente, ya sea con los dedos, el codo o el antes mencionado bollo para pizza. Ocurre lo mismo, debo aclarar, si en esa mesada estamos aderezando un pollo para ponerlo a las brasas, aliñando una ensalada, catando un par de bueno vinos de la cava, preparando un cóctel de camarones o armando un rompecabezas.

Esto es grave

En el fondo de todo, la culpa de estos accidentes móviles la tiene la gravedad, que atrae el teléfono hacia el planeta Tierra y, lo que es todavía peor, acelera su caída con la pérfida intención de que alcance su velocidad terminal, valor que dependerá de varios factores, pero que siempre es temerario, si el objeto cae desde suficiente altura. Es decir, no es tampoco una gran idea el mensajear acodado en el balcón, el alféizar de una ventana, la baranda de una escalera o, en general, cualquier superficie que se abra al vacío.

Al paso

Mandar y leer mensajes mientras caminamos es bastante peligroso, se sabe. El otro día, para entretenimiento de una docena de transeúntes, hice una cabriole de lo más bonita cuando me llevé por delante un cordón cerca del diario. Por prestarle más atención a la dichosa pantallita que al entorno, casi termino con contusiones varias. Pero, como no perdí del todo el equilibrio, el teléfono permaneció en mis manos. Ahora bien, si perdemos el equilibrio, usaremos nuestras manos para amortiguar la caída. Es algo por completo instintivo. No vamos a poder educar a nuestro cuerpo para que proteja primer el celular y luego nuestra cara; estaríamos un pelín perturbados, si pudiéramos hacer algo así.

Pero, de todos modos, no vamos a poder. Así que, tanto por el bien de nuestra salud como por la del teléfono, conviene dejar de mirar la pantalla cuando vamos caminando. Ya sé, es casi imposible, pero hagamos el intento.

¿Y la fundita?

Un accesorio protector es siempre gran ayuda, por supuesto. No sólo porque amortiguará el golpe, cual es su función primaria, sino, tal vez más importante, porque volverá al teléfono un objeto mucho menos resbaladizo. Las recomiendo. En mi caso, sin embargo, prefiero el teléfono como sale de fábrica. Esta preferencia tiene dos componentes. Uno es racional. Con una funda de goma, el teléfono no hará ruido al golpear contra el piso. Conozco al menos un caso en el que esto condujo al extravío del equipo; se cayó de la cartera y su dueña no se enteró de que lo había perdido sino hasta media hora después. (Nota mental: una app que haga sonar un ringtone estridente cuando el teléfono caiga o sufra un impacto; podríamos llamarla Airbag.) El segundo componente es muy subjetivo: uno invierte bastante dinero en celulares cuyo diseño es inspirado, con buenos materiales, bordes refinados, curvas morosas y bruñidas y colores sensualmente seleccionados de la vasta gama del espectro visible, ¿y lo voy a envolver para que parezca un estuche con muestras de virus mortales de una película catástrofe? No way.

Al volante

Usar el celular mientras manejamos es una práctica tan popular como peligrosa. No me voy a meter con esto, por lo tanto, porque se ve que es algo incorregible. Pero, muchachos, existe el Bluetooth. Me he cansado de ver conductores de últimos modelos de media y alta gama con el teléfono pegado a la oreja y manejando con una sola mano. Todos hemos tenido emergencias que nos obligan a manejar y hablar a la vez, pero no es difícil conectar un smartphone al coche y después todo resulta más sencillo, porque respondes o llamás usando comandos en el tablero o en el volante. Este consejo no tiene nada que ver con romper el celular, sino con salvaguardar algo mucho más valioso: nuestra integridad y la de terceros.

La Nación

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