Santoral

San Agustín

Corresponden al 28 de agosto

Miércoles 28 de Agosto de 2019

Nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, al norte de África. El padre de Agustín. Patricio, era un pagano de temperamento violento; pero, gracias al ejemplo de Mónica, su esposa, se bautizó poco antes de morir.

Aunque Agustín ingresó en el catecumenado desde la infancia, no recibió el bautismo, de acuerdo con las costumbres de la época. En su juventud se dejó arrastrar por los malos ejemplos y, hasta los 32 años, llevó una vida licenciosa, aferrado a la herejía maniquea. De ello habla en sus "Confesiones", que comprenden la descripción de su conversión y la muerte de Mónica, su madre. Dicha obra fue escrita para mostrar la misericordia de Dios hacia un gran pecador, que por esta gracia, llegó a ser también, y en mayor medida, un gran santo. Mónica había enseñado a orar a su hijo desde niño, y le había instruido en la fe, de modo que el mismo Agustín que cayó gravemente enfermo, pidió que le fuese conferido el bautismo y Mónica hizo todos los preparativos para que los recibiera; pero la salud del joven mejoró y el bautismo fue diferido. El santo condenó más tarde, con mucha razón, la costumbre de diferir el bautismo por miedo de pecar después de haberlo recibido.

A raíz del saqueo de Roma por Alarico, el año 410, los paganos renovaron sus ataques contra el cristianismo, atribuyéndole todas las calamidades del Imperio. Para responder a esos ataques, San Agustín escribió su gran obra "La Ciudad de Dios". Esta obra, es después de "Las Confesiones", la obra más conocida del santo. Ella es no solo una respuesta a los paganos, sino trata toda una filosofía de la historia providencial del mundo. Luego de "Las Confesiones" escribió también "Las Retractaciones", donde expuso con la misma sinceridad los errores que había cometido en sus juicios.

Murió el 28 de agosto de 430, a los 72 años de edad, de los cuales había pasado casi 40 consagrado al servicio de Dios.

Oración a San Agustín, escrita por San Juan Pablo II

¡Oh gran Agustín,

nuestro padre y maestro!,

conocedor de los luminosos caminos de Dios,

y también de las tortuosas sendas de los hombres,

admiramos las maravillas que la gracia divina

obró en ti, convirtiéndote en testigo apasionado

de la verdad y del bien,

al servicio de los hermanos.

Al inicio de un nuevo milenio,

marcado por la cruz de Cristo,

enséñanos a leer la historia

a la luz de la Providencia divina,

que guía los acontecimientos

hacia el encuentro definitivo con el Padre.

Oriéntanos hacia metas de paz,

alimentando en nuestro corazón

tu mismo anhelo por aquellos valores

sobre los que es posible construir,

con la fuerza que viene de Dios,

la "ciudad" a medida del hombre.

La profunda doctrina

que con estudio amoroso y paciente

sacaste de los manantiales

siempre vivos de la Escritura

ilumine a los que hoy sufren la tentación

de espejismos alienantes.

Obtén para ellos la valentía

de emprender el camino

hacia el "hombre interior",

en el que los espera

el único que puede dar paz

a nuestro corazón inquieto.

Muchos de nuestros contemporáneos

parecen haber perdido

la esperanza de poder encontrar,

entre las numerosas ideologías opuestas,

la verdad, de la que, a pesar de todo,

sienten una profunda nostalgia

en lo más íntimo de su ser.

Enséñales a no dejar nunca de buscarla

con la certeza de que, al final,

su esfuerzo obtendrá como premio

el encuentro, que los saciará,

con la Verdad suprema,

fuente de toda verdad creada.

Por último, ¡oh san Agustín!,

transmítenos también a nosotros una chispa

de aquel ardiente amor a la Iglesia,

la Católica madre de los santos,

que sostuvo y animó

los trabajos de tu largo ministerio.

Haz que, caminando juntos

bajo la guía de los pastores legítimos,

lleguemos a la gloria de la patria celestial

donde, con todos los bienaventurados,

podremos unirnos al cántico nuevo

del aleluya sin fin. Amén.

ACI PRensa

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