El río Paraná sigue bajando. Llegó al pico máximo de 5,53 metros el 22 de julio y desde entonces descendió más de 25 centímetros. Para muchos santafesinos significa una amenaza y les genera temor a partir de las situaciones que se vivieron, pero para otros solo hay que aprender a convivir con él y a respetarlo. La Vuelta del Paraguayo es una de las zonas más afectadas por el avance del agua y aún permanecen evacuadas unas 50 familias en los módulos que construyó el municipio a la vera de la ruta Nº 168.
Amigarse con el río y resistir, a pesar de las dificultades
Muchos decidieron quedarse en sus hogares, no solo para cuidar sus pertenencias sino porque aprendieron a conocerlo y a convivir con él. Como es el caso del matrimonio Altamirano-Stilo que junto a su hija y a sus nietos viven del otro lado del barrio y hoy su casa se convirtió en una isla. Esta familia tiene una historia particular: con ellos vive María Alejandra, una nena de siete años que en 2012 tuvo un accidente al ser embestida por un camión cuando cruzaba la ruta 168 y perdió parte de su pierna derecha. A pesar de su dificultad, todos los días cruza con sus primos para ir la escuela.
Una lancha del municipio realiza varios viajes por día para cruzar a alumnos y a docentes. Además, asiste a los que se quedaron en sus viviendas. Diario UNO llegó a través de ellos a esta vivienda luego de recorrer durante 15 minutos un canal, brazo del riacho Santa Fe. A lo lejos se ve la casa y al acercarse, Manuela Altamirano es la encargada de recibir a los visitantes. Ella vive con Antonio Stilo, su “compañero” de hace 35 años y una de sus nietas, Joana (10). En la parte de arriba está su hija Alejandra Ramírez quien comparte el hogar con sus hijos Fabián (18), Alejandro (14), Antonio (8), su nuera Stefanía y la pequeña María Alejandra que es su sobrina.
Manuela lavaba una gran pila de ropa, a mano por supuesto, mientras los chicos jugaban. Joana improvisaba una canoa con el esqueleto de una heladera vieja y un palo de escoba; María dejó por un momento su pierna ortopédica y se acercó con su muletas, que esperaron a un costado mientras se subía a un árbol. Alejandro y Antonio, se subieron a la lancha para saludar a Marcelo Copes (el guardavidas que la conduce) y su madre los retaba para que no molestaran. Antonio, el jefe de la familia apareció con su vieja bicicleta, mojado porque aún el acceso terrestre está con agua. Venía de hacer una changa.
“Ahora estamos bien porque el agua empezó a bajar, pero tenemos un poco de humedad”, comenzó Manuela su conversación y continuó: “Los chicos están acostumbrados y juegan con el agua. Hace 20 años que vivimos acá y pasamos muchas cosas. En la del 98 superó la ventana y nos tuvimos que ir arriba. Después no pasó más que el marco de la puerta. Cada dos o tres años llega, pero nunca nos fuimos y mucho menos nos asustamos”.
“No le tenemos miedo, sí respeto. Lo miramos y nos cuidamos, pero nunca nos pasó nada. Ni nos picó una víbora, ni otro bicho o animal. No le tengo temor porque estoy convencida y lo tengo metido en mi conciencia que el agua va a volver para atrás, que amenaza, pero no hace nada”, dijo Manuela.
Un ejemplo de superación
El 13 de noviembre de 2012, la tragedia marcó a la familia. A María Alejandra –que por ese entonces tenía cinco años e iba con su mamá– la chocó un camión. Tras permanecer 18 días en terapia intensiva y algunos más internada, regresó a casa. “La criamos con mi mamá desde los 4 meses. Antonio era chiquito y le daba teta a los dos. Siempre estuvieron en contacto con la madre y cuando tuvo el accidente estaba con ella, se le soltó de la mano y la atropelló el camión. Hoy está bien y lleva una vida normal con su pierna ortopédica. Va a la escuela y se trepa a los árboles como si nada. A veces se golpea, llora un ratito y ya está”, relató a Diario UNO, Alejandra.
Luego, agregó: “Cuando aún estaba en el hospital, se quiso bajar y se dio cuenta que le faltaba parte de su pierna. Pero le explicamos de apoco y lo tomó bien. En este lugar, ella al igual que sus primos son libres, no hay peligros, nadie los molesta. No le tenemos miedo al río, y los chicos menos. Es más hace dos días se querían bañar. Entonces los hablamos y les hicimos entender que se podían ahogar. Ya estamos acostumbrados a vivir bien cerca del agua y la verdad no cambiamos este lugar por otro”, concluyó.
Un trabajo humanitario
Matías Zeballos, Martín Trento y Marcelo Copes cruzan a diario el riacho Santa Fe y uno de los canales afluentes para llegar hasta ésta y otras tantas casas de la Vuelta del Paraguayo. Llevan y traen chicos a la escuela, trasladan a las personas que necesitan atención médica o simplemente para cumplir con un trámite, y cuando el agua comenzó a subir hasta hicieron mudanzas. Su trabajo humanitario es destacable y valorado por los habitantes de esta zona, ubicada frente a la Ciudad Universitaria.
Por Luciana M. Dall’Agata
Diario UNO de Santa Fe














