Hoy con orgullo relató cómo su abuelo le contaba anécdotas de aquellos momentos. “Mi abuelo siempre nos contaba algo relacionado con el Puente Colgante y era su orgullo. Cuando se cayó recordó todo y decía: «pensar que yo trabajé ahí, y cómo se va a caer si nosotros lo hicimos bien»”, contó emocionada.
“Siento orgullo de ser parte de la historia"
Pero ella no sólo carga con parte de la historia de su familia sino que también fue testigo de la caída. “El día que se cayó venía con mi papá por la ruta desde Colastiné a Santa Fe y ya estaba la creciente instalada y nos preguntábamos por qué había tanta cola y el comentario era que se había caído el Puente Colgante. Cuando paramos se produjo el gran desplome. Fue muy triste”, dijo y agregó: “Le contamos nosotros a mi abuelo de la caída porque en ese momento no había los medios de comunicación como ahora. Además, estuvo como dos años la luz cortada por la inundación. Se puso triste pero como era muy dicharachero se le pasó rápido y se quedó con lo que había hecho”.
Miguel Scola estaba casado con Clara Petronila González y con ella tuvo tres hijos: Haydeé, Miguel Ángel y Osvaldo. “Trabajaba en Obras Sanitarias de la Nación como herrero armador y en la misma tarea trabajó en la construcción del Puente de Colastiné”, contó. Pero a Gloria le quedaba un momento trascendental por vivir aún y no podía quedar afuera: el día de la habilitación del paso tras la reconstrucción del Puente Colgante. “Vivo informada, me leo, escucho y veo todo, igual que mi mamá Ñata (Haydeé) que es la única hija que queda viva. Ese día escucho que se iba a abrir el paso para el tránsito, y me fui casi corriendo desde Bulevar y Alvear donde vivo y fui la primera que lo pisó. Sentí una emoción muy grande y el primero que me vino a la mente fue mi abuelo Miguel”, volvió a emocionarse Gloria.
Miguel vivió toda su vida en La Guardia, al lado del club Velocidad y Resistencia. Su esposa falleció en noviembre del mismo año que la caída del puente y él, dos años más tarde con 84 años. “Él nos contaba que se venían caminando para poder trabajar, pero que sentían una gran emoción porque sabían que lo que estaban haciendo iba a quedar para toda la ciudad. Trabajaron en momentos donde en la laguna no había agua. Mi abuelo era un apasionado del puente. Creía que era de él”, dijo Gloria.
Para concluir, expresó: “Para mí es un monumento histórico. Lo veo como una reliquia de la familia, más de mi abuelo que nuestra, pero él nos lo dejó y es el orgullo. El día que lo volví a pisar cerré los ojos y me acordé del ruidito que hacían las viejas maderas cuando pasaba el colectivo”.













