Fue por ello que los contrastes del encuentro fueron marcados: mientras que los que ingresaron vivieron la experiencia como una "bendición", muchos sólo pudieron contentarse con ver al Papa desde lejos.
Para los 5.000 peregrinos argentinos, el cansancio valió la pena
Francisco, un joven santafesino, relató a Télam como fue su experiencia para llegar hasta los bancos de la catedral: "Nos enteramos ayer que la entrada era por orden de llegada y nos vinimos para acá volando".
Para él y su grupo de amigos, la espera de más de 15 horas bajo la lluvia valió la pena, ya que pudo ver al Pontífice a unos metros, lo que lo emocionó hasta el llanto.
"Estoy todo mojado, sin dormir, sin comer nada ni tomar un mate porque nos dijeron que no podíamos traer mochila, pero todo vale la pena por esto".
Estefanía, una porteña de 17 años, aprovechó uno de los momentos silencio del Papa para gritarle cuánto lo quería y decirle que Argentina estaba con él.
Esas expresiones también se pudieron ver en el sector de la prensa, mayormente ocupada por cronistas argentinos y donde algunos llegaron a subirse a los bancos de la iglesia para tener una mejor foto del momento.
Por su parte, el Papa eligió dedicar sus primeras palabras especialmente a quienes estaban fuera del edificio y, concluido el breve pero intenso encuentro, salió hasta la explanada de la plaza Juan Pablo II para saludar a los que no tuvieron tanta suerte.
Allí se vieron imágenes ya repetidas durante todo su pontificado: Francisco acercándose a la gente, saludando y bendiciendo, y posando para las fotos.
















