Por Lucio Ortiz
Todos estuvieron allí
Enviado especial a Brasil
El flaco que no fue basquetbolista por un poquito, sintió que sus manos se inflaban adentro de los guantes, sentía un cosquilleo, sentía movimientos raros, no eran insectos. El rubio grandote de camiseta naranja ya estaba ubicado frente a la pelota y ante 63.267 personas. Y el arquero vestido de amarillo seguía sintiendo el cosquilleo que le hinchaban los guantes y se lanzó con todas sus fuerzas para atajar el penal.
Messi hacía el primero y sintió en sus piernas el mismo cosquilleo. Después Robben no lo podía perder para los Naranjas. Garay no falló y fue “víctima” de los movimientos en sus músculos. Le tocó patear a Sneijder y los guantes de Romero estaban gigantes, la pelota no pasó. Agüero estaba recuperado, otra vez en carrera en este Mundial y le dio fuerte porque los pequeños movimientos internos lo conectaban a algo desconocido. El 15 holandés metió el gol luego de eso.
Y fue Maximiliano Rodríguez a tirar el cuarto penal conducido por los cosquilleos. Le dio tan fuerte que el arquero Cillessen la tocó y no pudo contener. Era el cuatro a dos que le daba el pasaje a la final del Mundo a Argentina frente a Holanda.
Romero se sacó los guantes y vio a escaparse a miles personitas. Y a los que patearon les pasó igual al ver a microorganismos de humanos que salían de sus botines. O parecía eso.
Eran más de 40 millones de pequeñitos argentinos que salían de guantes y botines a festejar, tras haber inducido la fortaleza, el coraje, las atajadas y los goles. Ustedes allá, nosotros acá hacíamos la resistencia para ganar la semifinal en el estadio Itaquerao, en el Arena Corinthians y pasar a la final frente a los alemanes el domingo.
Fueron 90 minutos, otros 30 de suplementario con un 0 a 0 diagramado por estrategas del juego de la defensa. Por Luis Van Gaal y Alejandro Sabella para no perder y dejar el menor resquicio para la réplica del rival.
Al principio Enzo Pérez le daba dinamismo al juego por la derecha y buscaba la diagonal. En una de esas incursiones lo bajaron y el tiro libre de Messi a las manos del arquero holandés Cillessen. Por ese sector llegaban los ataques argentinos porque por ahí corría Lavezzi y dos de sus centros fueron cortados por defensores antes de que llegara Higuaín.
Después los holandeses metieron más gente en la izquierda para tapar espacios. Pérez se fue a la izquierda y tuvo menos incidencia como todo el equipo argentino que tocaba frente a los holandeses, más defensivos que nunca.
Bruno Martins paraba a Lionel por segunda vez con el brazo, porque no podía con los pies y el árbitro turco le mostraba la tarjeta amarilla.
En la segunda parte nadie daba ventajas. Los jugadores se movían en bloque, siempre marcando su lugar en el campo. Sin distracciones de los dos lados. Era complejo pasar para Messi y para todos. Sin un metro de ventaja no se puede.
Los argentinos cantaban y salió el “vamos vamos argentina… el del ‘78”.
"Ponga huevos,.. que esta noche tenemos que ganar”, y se iban los 90 minutos.
Venía el alargue de 30 minutos, y era Robben en un par de apariciones que asustaba, pero estaba la pierna de Mascherano para llegar y en otra, las manos de Romero para atajar.
La pelota que le quedó en la cabeza de Rodrigo Palacio fue a lasd manos del arquero y lo mismo sucedió con un remate de Rodríguez tras el centro de Messi.
No se podía convertir. La definición se trasladaba a los penales.
Y ahí el canto cábala de la final ante Holanda de 1978 hizo su efecto. También estuvo la esperanza intacta de millones de argentinos. De eso se trata de una fuerza bruta de convicción y sentimientos que corren por sangre caliente. Argentina estás en la final.













