Maxi Marano
Leo Mattioli: un Homenaje al Cielo, de Santo Tomé para todo el país
Diario UNO Santa Fe
Dos leones de dimensiones considerables daban la bienvenida a los asistentes a la casa del ídolo de la cumbia romántica santafesina, Leo Mattioli. Sin muchos protocolos recibía la visita de Diario UNO en la antesala de su cumpleaños número 37.
El espíritu gitano se notaba a flor de piel en cada rincón de la casa. Las personas que pululaban por la vivienda son de variadas edades, todos se conocían entre sí y la alegría era un punto en común en las caras. No podía ser de otra manera: era el cumpleaños del alma de la casa. Todo giraba en torno al León. Tras la bienvenida se aprontaba para la nota siempre con sus dos atados de Marlboro y la guitarra en mano. Antes de empezar llamó a uno de sus asistentes y dio la orden que esperaban todos: “Armen el sonido que tocamos en el patio”. La fiesta estaba asegurada.
Ésa era la casa del León. Una caja de sorpresas donde todo se vinculaba con la música, su guitarra y donde la vida agitada marcada por 10 shows por noche se volvía tranquilidad absoluta junto a sus seres queridos.
El ídolo santafesino a los 20 años se incorporó al grupo Trinidad. Con varios kilos menos y una melena con claritos rubios enloqueció a las seguidoras. Tenía un look fanfarrón, sin escrúpulos y una voz dulce susurrada al micrófono, un combo mortal que enloquecía mal o bien a cualquiera. Grabó seis discos, uno mejor que el otro, indicando cuál era el camino a seguir dentro de la cumbia romántica, un género que cada vez tomaba más fuerza y que sin dudas lo tenía como el gran pionero.
En 1999, decidió seguir su carrera solo ya que espalda no le faltaba. Su disco Un Homenaje al Cielo lideró las ventas en la ciudad por mucho tiempo y le abrió nuevas puertas en Buenos Aires y el exterior.
Más tarde, en 2000, un accidente automovilístico puso en riesgo la vida del León. Tuvo que parar su carrera pero tras una excelente recuperación llegó a llenar en varias ocasiones el teatro Gran Rex en Buenos Aires. El éxito era total y entre estrofa y estrofa ya dejaba una marca imborrable: su latiguillo ¡Ay Amor!
Los shows del León eran también fuera de lo común. No es fácil explicar todo lo que pasaba detrás de escena, eran muchas cosas. Su alma gitana, ese costadito que sacó del gran Sandro, estaba presente a la hora del show. Una comitiva de no menos de 20 personas acompañaba al hombre de sobretodo negro en invierno y camisa desprendida en verano. Llegaba en zapatillas con sus zapatos en la mano, aquellos que se pondría sólo si tenía ganas, si no saldría a escena con sus Nike impecables. Su comodidad era fundamental... lo demás era puro cuento.
Un seductor
Se apagaban las luces y el acordeón de su hijo Nicolás acompañaba la voz del locutor Jorge Garay, quien anunciaba la llegada del romántico. Fue pionero en poner la participación de un locutor antes de los temas, algo que luego incorporaron casi todas las agrupaciones para que no caiga el ritmo de los recitales.
Todo era gritos y aplausos en ese momento. Las primeras filas siempre estaban llenas de chicas “producidas” para la ocasión que con miradas cómplices buscaban el guiño del León. Es probable que con más de una de estas bellas damas de distintas primaveras acumuladas ya se conocieran de otra vida. Las mujeres morían por un seductor nato. De saco y corbata con lentes intelectuales en algunos casos, con pañuelos gitanos en otros y sus característicos medallones, aros y cadenas de oro hacían del felino romántico un galán irresistible.
Un final anunciado
La muerte del más grande de la cumbia romántica Leo Mattioli sacudía la mañana de un domingo. Todas las radios y las pantallas televisivas anunciaban lo que muchos no querían escuchar o ver pero que inevitablemente era previsible.
El cantante de 38 años fue hallado muerto un 8 de agosto por la madrugada en el hotel Gala, de Necochea, luego de una actuación en un teatro de esa ciudad.
















