Santa Fe

Luciano Palazesi una historia de superación

El joven contador con secuelas de parálisis cerebral fue distinguido en la Legislatura. Los desafíos que enfrenta, la pasión por el estudio y los sueños por los que lucha.

Sábado 15 de Noviembre de 2014

Luciano Palazesi tiene 27 años, es contador y está cursando el profesorado universitario. El nació con parálisis cerebral pero eso no le impidió, ni a él ni a su familia, luchar para alcanzar cada uno de sus sueños. “No soy un ejemplo”, aclara y agrega: “Porque los ejemplos son estáticos y yo tengo días arriba y días abajo”. Una historia de superación y de mucho amor.

El miércoles, Luciano recibió el Diploma de Honor que entrega la Cámara de Diputados de la provincia en reconocimiento a sus logros. La distinción fue propuesta por Raúl Fernández (PRO) quien indicó: “Nosotros conocimos a Luciano, su esfuerzo y sus logros, y nos pareció interesante darle este reconocimiento. Cuando lo propusimos a la Cámara de Diputados se aceptó casi por unanimidad. Demostró que no hay una enfermedad o una discapacidad que pueda frenarlo”.

Su familia está integrada por su mamá Adriana Monticelli, su papá Juan Pablo Palazesi, su hermano Juan –que tiene síndrome de Down– y su hermana María. Ellos fueron no solo el apoyo fundamental para Luciano sino también su ejemplo y empuje.

La lista de reconocimientos con la que cuenta Luciano es larga e incluye, entre otros, el premio JCI TOYP a los 10 jóvenes sobresalientes de la provincia que obtuvo en 2009 y 2010, y el Diploma de Honor del Concejo de Rosario. Además de ser contador y continuar estudiando el profesorado universitario, se capacitó como coaching para mandos medios para la inserción de la discapacidad en el ámbito laboral.

“Agradezco por esta distinción al diputado Fernández pero también a todos los que me apuntalan en el día a día, a mis profesores, mis compañeros de trabajo, mis amigos, mi familia y mi novia”, enumeró.

Para Luciano: “El estudio es un mundo que me aleja de la realidad”. Y remarcó que es necesario trabajar en el cambio de paradigma sobre la discapacidad y eso es porque los acuerdos internacionales están marcando que son los ambientes los que discapacitan a las personas y por lo tanto es necesario construir contextos que incluyan realmente a todas las personas. Y a modo de ejemplo destacó que no hay acciones de inclusión en el nivel superior, pero sí en el nivel inicial y primario.

“Los obstáculos son muchos. La sociedad, los prejuicios, hay puertas que se cierran y otras que se abren”, dijo y recordó que una vez le dijo a un padre que estaba preocupado por cuándo podría caminar su hijo que “lo importante no es que camine, lo importante es que nunca deje de moverse”.

Palazesi reconoció que él no lucha solo por su discapacidad sino por todas las discapacidades. “Con todo lo que hago busco allanar un poco el camino para que otros no vivan lo que viví yo”, marcó.

Un esfuerzo familiar

La vida no fue sencilla para la familia Palazesi. La decisión de buscar las mejores oportunidades para sus tres hijos generó que Adriana se dedique a ellos y Juan Carlos a trabajar fuera del hogar. “Fue lo que decidimos que teníamos que hacer”, contó Adriana y recordó que en los últimos 33 años se mudaron 19 veces, siempre buscando mejores condiciones de vida para los chicos y que cada uno tuviera su espacio.

“Uno no está preparado para nada en la vida. Mi hijo mayor nació con síndrome de Down y luego vino mi hija. Cuando nació Luciano fue un hachazo. Pero era lo que nos tocaba. Tuvimos que replantearnos nuestra vida y rearmar la familia”, indicó.

Y agregó que cuando las familias con chicos con secuelas de parálisis cerebral le preguntan cómo hizo, ella les responde: “Nosotros hicimos todo como padres. Uno cuando tiene un hijo con discapacidad da la vida. Esto es algo que no se termina nunca porque uno tiene que planificar la vida de sus hijos hasta el último día que tenga, dentro de lo que se pueda. Si había que hacer rehabilitación lo hacíamos, caminamos mucho. Pero cada chico es distinto”.

Ella recordó que en muchas escuelas tuvo que enfrentarse a docentes que no estaban dispuestos a integrarlo. “En una de esas escuelas el después fue a hacer su pasantía. O sea, la vida le dio la revancha de demostrar que se podía. Siempre se puede. El «no» lo tenés siempre por eso siempre apostamos al «sí»”, subrayó y aclaró que lo fundamental es la familia.

Para Adriana lo importante es que quienes tienen un hijo con alguna discapacidad se informen sobre los derechos que tienen. “Existe un certificado de discapacidad que les permite hacer rehabilitaciones o tener un pase. La gente no está informada. Falta mucho, pero se pueden hacer cosas”, dijo.

Al respecto recordó que, si bien Luciano pudo caminar recién a los seis años, desde que era un bebé ella y su marido lo acomodaban en un dispositivo que habían armado ellos mismos con unos palitos para que pudiera estar erguido y pararse al lado de una mesa para jugar. Eso le permitió al niño desarrollar sus habilidades innatas.

Esas mismas capacidades le permitieron terminar la escuela con un promedio de 9,34 y obtener una beca para la universidad, de donde egresó con notas muy altas. Todo eso pudo lograrse, también, gracias al empuje de toda su familia. De su hermana que le pasaba las tareas cuando su letra no era legible o de sus padres que tuvieron que pelear por cada una de las cosas que consiguieron.

“Yo siempre hice lo que pude con lo que tuve”, dijo su mamá y agregó, sobre sus sueños para sus hijos: “Ojalá a Luchi le den, además de los premios, la posibilidad de que pueda demostrar en algún lugar su inteligencia como contador. Quiero que tenga el lugar que le corresponde porque si no estamos incluyendo al discapacitado por incluirlo. Y quiero que sea feliz. A mis otros hijos les deseo lo mismo. Yo traté de repartirme y de no sentir culpa por lo que no hice porque no puedo estar cargando con eso”.

Sin dudas, Luciano y Adriana, al igual que el resto de su familia, son una muestra de lo lejos que se puede llegar cuando hay amor y determinación por lograr la superación constante de todas las barreras.

Victoria Rodríguez/ UNO Santa Fe

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