Una historia de lucha por la vida, la libertad y la democracia

Sara Rus, sobreviviente de Auschwitz y Madre de Plaza de Mayo estuvo en Santa Fe y explicó por qué elige no olvidar.
16 de agosto 2014 · 20:05hs

Apenas con el saludo se le siente un suave acento europeo. No es casual que Sara Rus, una mujer polaca, de 86 años, que ya hace más de 60 años que vive en Argentina, todavía lo conserve: “Para mí es un orgullo tener esta tonada, es parte de mi identidad, la gente me reconoce por ello, es parte de mi historia y mi memoria”, explica. Y es justamente sobre esos conceptos que fue invitada por la Daia Filial Santa Fe, para dar una conferencia abierta: “Memoria de los pueblos, justicia y construcción democrática”. Y es que su lucha personal la endosa para dialogar con las generaciones más jóvenes: Sara sobrevivió el Holocausto y al campo de concentración de Auschwitz y llegó a Argentina durante la posguerra para reconstruir su vida. Pero en la década del 70 volvió a sentir el horror de un gobierno totalitario, cuando secuestraron a su hijo de 26 años, Daniel Lázaro y se integró a Madre de Plaza de Mayo.

“A mí me destruyeron dos veces, pero siento que soy como el Ave Fénix, que renace. No me dejé vencer, a pesar de que mataron a mi papá, a mis dos hermanitos, y que mi mamá y yo fuimos a campos de exterminio”, inició su relato Sara, mientras sostenía entre sus manos un libro que una amiga suya, Eva Eisenstaedt, escribió sobre ella. El libro lleva como título una frase que define la historia de Sara, pero con una mirada de resistencia: Sobrevivir Dos Veces.

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Sara tenía doce años cuando los nazis invadieron Polonia y toda su familia fue obligada a trasladarse al gueto de Lodz, hasta julio de 1944 cuando en una selección fueron deportados al campo de concentración Auschwitz-Birkenau. Hasta el día de hoy, el ingreso a ese campo de concentración es una de sus memorias más fuertes: “Empezaron a seleccionar quién iba a las barracas de trabajo y quiénes iban directamente a los hornos. Me separaron de mi mamá y me acerqué a un guardia de la SS y le reclamé –en alemán– que me explicara por qué me habían separado de ella. Todos los que estaban a mi alrededor pensaron que me mataban ahí nomás. Pero en lugar de eso, el guardia se sorprendió de que yo hablara alemán, y me dijo que fuera a buscar a mi madre”.

El 5 de mayo de 1945 fueron liberadas en Mauthausen,  Austria. La madre de Sara no pesaba más que 28 kilos, mientras que Sara apenas alcanzaba los 27 kilos, pero estaban vivas. Al tiempo, encontró al muchacho de quien se había enamorado cuando tenía 14 años y se casaron. Sara, su esposo y su madre decidieron vivir en Argentina, donde ya tenían parientes.

“Argentina ya no estaba dando más permisos para ingresar al país. Entonces viajamos hasta Paraguay y ahí cruzamos la frontera de manera ilegal. Nos detuvieron y fuimos presos, pero en la comisaría donde estábamos les dimos lástima y nos trataron muy bien. Le envié una carta a Eva Perón, en polaco, explicándole lo que nos estaba pasando y ella gestionó nuestros permisos de residencia. “Llegamos a Argentina con la esperanza de encontrar un país totalmente libre y eso fue lo que sentí. Acá vivían muchísimos integrantes de la colectividad y aprendimos el idioma y las costumbres. Hicimos todo lo posible por adaptarnos a una vida normal”, recordó.

—En esa época, Argentina también permitió el ingreso de jerarcas nazis. ¿Ese gesto era un presagio del fuerte componente antisemita que tuvo la ultima dictadura cívico militar?

—Debería haber sido, pero nosotros nos enteramos mucho después de que habían dejado entrar a estos genocidas nazis. Cuando me uní a Madres de Plaza de Mayo, y empezamos a tener más información sobre qué pasaba en los centros de detención clandestina supimos que a los que eran judíos los torturaban mucho más y que había cruces esvásticas colgadas en las paredes.

Daniel Lázaro desapareció el 15 de julio de 1977, tenía 26 años, era físico nuclear y trabajaba en el Centro Nacional de Energía Atómica (CNEA). Investigaba el efecto de la energía atómica en los materiales. Lo último que se supo de él fue que un grupo de uniformados lo obligaron a subirse a una traffic. Otros 20 colegas de Daniel sufrieron la misma suerte y a los tres días de su desaparición la CNEA envió a la casa de la familia el telegrama de despido.

“Cuando desapareció mi hijo, no sabíamos por dónde buscar. Empezamos a averiguar y encontramos que había mucha gente a la que le había pasado lo mismo. Así me acerqué a Madres de Plaza de Mayo, unirte con otros te fortalece en cualquier tipo de lucha. Y los judíos saben mucho de esto. La guerra los había dispersado en diferentes países, cada uno escapó de los horrores de la Shoá a donde pudo, pero de alguna manera, todos intentaron seguir conectados y en cada país los sobrevivientes se nuclearon”.

—¿Por qué, a pesar de tanto dolor, elige contar la historia?

—Para que no se olvide, para que la gente mantenga la memoria y apenas vea una señal pueda actuar, para evitar que se repita. En un primer momento yo no podía comparar lo que había pasado durante la guerra con la desaparición de mi hijo. Cuando se lo llevaron a Daniel yo sentía que me estaba pasando a mí sola. En el Holocausto, en cambio, fue contra todos los judíos. Después, cuando empecé a conocer qué habían hecho los militares en Argentina, empecé a ver que habían copiado y mejorado lo que habían hecho los nazis. Porque organizaron campos de desaparecidos y sobre muchos de ellos hasta el día de hoy no se sabe nada; porque robaron bebés que hoy no saben quiénes son su familia, cuál es su origen. Yo nunca tuve odio, no quise la muerte de los nazis ni de los militares, porque sino sería igual que ellos. Pero tampoco los perdoné y sí exijo justicia.

—Tanto en la dictadura en Argentina como en el Holocausto hubo civiles que colaboraron. ¿Por qué es tan difícil hablar de esas complicidades?

—Cuesta mucho hablar de eso porque mucha gente no quiere saber. Pero quien lee, quien se informa, quien pregunta se entera de muchas cosas. Y sobre todo, se entera de que cosas tan terribles solo pueden pasar si se mira para otro lado. La democracia se fortalece con participación de los ciudadanos, pero sobre todo con el amor por la vida propia y del otro.

Por Gabriela R. Albanesi / Especial para Diario UNO  

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