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La historia de Hugo Alves, el exgoleador de Unión que estuvo preso por narcontráfico

El ex atacante de Unión estuvo ocho años preso por narcotráfico y se anima a echarle luz a los días interminables en la oscuridad.

Miércoles 22 de Enero de 2020

“Estoy bien, gracias a Dios”, dice Hugo Leonardo Alves, desde un pueblo de Belo Horizonte (Brasil). Lo que podría ser un saludo formal, en su caso, es una frase cargada de historia y contenido. El exdelantero de Unión (2003/2004) y Almirante Brown (2008-09, 24/3) pasó ocho años en la cárcel por una causa de narcotráfico y, por estos días, encarna la dura misión de recuperar el tiempo perdido.

“Pasé un buen tiempo encerrado. Me equivoqué, me junté con gente mala. Yo pagué por el error que cometí. En la cárcel hay gente buena y mala. Hice amistades y las cosas malas las dejé allá. Ahí adentro, sos uno más y tenés que hablar poco. Y saber con quién hablar. Si no te metés en chusmeríos, no te pasa nada”, relata desde Divinópolis, su nueva morada, al sur del estado de Minas Gerais.

“Nunca más voy a volver a ese camino en el que estuve. Esa vida la dejo para atrás y chau”, afirma.

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Huguinho, ese fornido atacante brasileño que jugó en el equipo previo al ascenso de 2010, anda por los 36 años, con la rodilla maltrecha y una película de penumbras que pretende olvidar. Cayó en una redada policial en febrero de 2010, en el interior de un restaurante que servía como fachada de venta de drogas. Se dejó llevar por la mala junta y los excesos, y lo pagó caro. “Nunca más voy a volver a ese camino en el que estuve. Esa vida la dejo para atrás y chau. No bebo cerveza ni salgo a la noche. De casa al trabajo y del trabajo a casa”, grafica.

Dentro de los paredones de la prisión de Nelson Hungría, en Minas Gerais, Hugo pudo sonreír, al menos por un rato, mirándole los ojos a una pelota de fútbol. No corriendo detrás de ella, sino en el taller donde los presos las confeccionaban, en una rutina laboral que los conectaba con el universo de los libres. Para el exatacante del Tatengue y el Mirasol, pertenecer a ese selecto grupo de 80 reclusos que cosían y pegaban los gajos de las esferas -luego utilizadas en el certamen de la región- fue un guiño celestial.

“Felizmente pude estar en ese lugar. Ellos sabían que yo había jugado al fútbol. Me hubiese gustado poder jugar también, pero ya no puedo. Eso me pone muy mal. Me molesta hasta para caminar”, se lamenta.

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El presente de Huguinho lo encuentra, al parecer, mejor perfilado. Trabaja en una granja de pollos y como empleado de seguridad nocturna en un shopping. “Tengo seis pibes; cuatro mujeres y dos varones. Dos están en Argentina, dos con mi mamá y dos con la madre en Belo Horizonte”, enumera.

En un rápido repaso por su carrera en Argentina, que incluyó seis camisetas en el Ascenso, el hincha de Almirante Brown también lo recuerda por un enfrentamiento curioso cuando estaba en San Telmo. Aquel 10 de marzo de 2007, el Negro Alves metió dos goles en Casanova y le cortó una larga racha invicta al Mirasol. Sin embargo, el detalle inolvidable fue que, mientras lo retiraban lesionado en el carrito, se peleó con el auxiliar que lo manejaba y terminó sacándole las llaves al vehículo.

“Me acuerdo re bien de ese partido, pero yo no apagué el carrito, eh. El chabón que lo manejaba lo apagó. Yo no sabía de dónde se apagaba. Pasó que estaba muy acalambrado y se pensó que estaba haciendo tiempo. Decían que Huguito manejaba un fórmula 1, ja. Fue mi mejor partido”, recuerda.

De La Matanza, añora los asados y la hinchada del Mirasol que “alentaba siempre”. También a Blas Giunta: “Es un fenómeno, un gran tipo”. Ahora, en Divinópolis, apuesta a nueva vida. “Acá, de plata, está todo bien. Vivo bien, con lo justo”, agradece. Seguramente, porque descubrió que se hizo millonario con la simpleza de la libertad.

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Fuente: El 1 Digital

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