El ausentismo en las escuelas secundarias tiende a ser un tema recurrente. Lo cierto es que se considera que hay un vínculo con el aula que se rompió y los adolescentes pueden llegar a faltar a clases hasta con la autorización de los padres. Las razones son varias y van desde las pocas ganas hasta actividades extracurriculares que se priorizan.
Crece el ausentismo escolar: por qué faltan tanto los alumnos secundarios y qué papel juegan los padres
Un informe nacional advirtió que las inasistencias en la secundaria subieron siete puntos en dos años. Problemas de salud, desgano, viajes y una relación cada vez más frágil entre familias y escuelas ayudan a explicar el fenómeno.
El ausentismo entre los estudiantes del secundario creció 7 puntos porcentuales en dos años a nivel país, un incremento que se observa sin excepción en las 24 provincias argentinas. Según lo reconocido por los mismos alumnos, el 21 % falta entre 15 y 19 días al año; el 20 % entre 20 y 29; y el 10 %, 30 días o más.
Los datos surgen del informe “Ausentismo: ¿qué sabemos acerca de cuánto faltan los estudiantes de secundaria?”, elaborado por Argentinos por la Educación. El documento analiza la magnitud y el aumento del ausentismo estudiantil en el nivel secundario a partir de los cuestionarios complementarios de los últimos datos disponibles de las pruebas Aprender (2024) y Pisa (2022), que relevaron la percepción de estudiantes y directores sobre el problema.
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Los motivos de los alumnos
Los motivos que los estudiantes tienen para faltar son variados. Según el informe, se concluyó que el 62 % de los estudiantes considera como principal motivo de inasistencia los problemas de salud propios.
En segundo lugar aparece el motivo “no tenía ganas de ir a la escuela” con el 39 %. En este punto se observa una amplia diferencia entre sectores: fue señalado sólo el 34% de las veces en los estudiantes de escuelas de gestión estatal y el 49 % en los estudiantes que asisten a sector de gestión privada.
Docentes de escuelas secundarias provinciales aseguraron a La Capital que muchas veces aparece la lluvia y las malas condiciones meteorológicas como un argumento para no asistir al aula y quedarse en casa.
El tercer lugar en el ranking de razones aparecen los “problemas de acceso a la escuela” y, el siguiente motivo en la lista, con el 32 %, es el de “llegar tarde a clase”. En esta última impera el razonamiento que considera que, al ya tener media falta por tardanza, mejor ni asistir.
En quinto lugar, aparecen “otros motivos”. Aquí podríamos incluir razones diversas. Algunos docentes expresan que los chicos tienen "falta de sueño": muchos adolescentes se quedan hasta tarde con las pantallas y, al día siguiente, se quedan dormidos y no asisten a la institución. Lo cierto es que también se ve de manera explícita esta problemática en las aulas con alumnos que aprovechan a recuperar esas horas de sueño durante la clase.
En sexto lugar aparece el motivo de estar de viaje o vacaciones, donde los estudiantes de escuelas de gestión privada lo señalan con mayor intensidad. En diálogo con este medio, docentes del sector privado aseguraron que "los chicos se guardan las faltas" porque saben que tienen programados "dos o tres viajes durante el año con la familia". A veces, incluso, pueden ser vacaciones de varias semanas.
En este sentido también hay que tener en cuenta que hay chicos con proyectos paralelos: idiomas, deportes o actividades extracurriculares que los llevan a faltar en fechas específicas para cumplir con esos compromisos.
Un problema más profundo
Más allá de las razones individuales y las justificaciones particulares hay una segunda dimensión, un poco más profunda, para pensar el ausentismo en la escuela. Es que la relación con la institución educativa cambió, su lugar de prestigio se puso en tela de juicio y la importancia de la presencialidad en un mundo hiperconectado y digital se resquebrajó.
"El tema del ausentismo viene desde hace mucho. Si a las ausencias individuales le sumas las razones de agenda propia de los chicos, esas actividades que los jóvenes organizan, te das cuenta que la presencia perdió fuerza en la escuela", sostiene Pablo Urbaitel, docente e investigador de la UNR, en diálogo con La Capital.
En este sentido, Urbaitel sostiene que la escuela se constituye sobre una presencialidad que está puesta en tela de juicio. "Todas las instituciones están en crisis. Hoy la relación de los sujetos y las familias con la escolaridad cambió. La institución perdió esa fertilidad simbólica".
En este sentido, la alianza entre la familia y la escuela se debilitó. "La familia entendía que había que mandar a los chicos al colegio porque los maestros tenían un saber especializado que ellos mismos no le podían impartir. Hoy el saber del docente está cuestionado y su trabajo devaluado. Hay una deslegitimación", enfatiza.
En este marco se genera un círculo vicioso: la escuela pierde fuerza y legitimidad, los chicos faltan cada vez más o si van es como si no estuvieran allí, las pretensiones educativas bajan, la escuela se vuelve más laxa con objetivos más limitados y realistas al escenario que le toca vivir.
"La escuela es una actividad más y ahora hay una sociedad que entiende que la asistencia no es tan importante. Antes la escuela vertebraba la agenda de la vida familiar. Hoy los padres priorizan irse de vacaciones en temporada baja y no importa si los chicos pierden días de clases. Pero no se puede buscar culpables, han sido un conjunto de cambios sociales", señala el educador.
A pesar de este marco de crisis y desestabilidad, Urbaitel evita la mirada melancólica. "Cuando se habla de esto hay algo nostálgico de querer restablecer un orden perdido. Lo perdido tampoco era tan lindo. La nostalgia es una antología de los mejores recuerdos pero no necesariamente van del lado de lo que realmente sucedió. La nostalgia opaca".
Lo cierto es que el escenario es complicado y hay demasiados frentes abiertos. La mirada nostálgica es tentadora pero inmoviliza. El desafío esta planteado y hay una multiplicidad de caminos posibles.
El ausentismo y las consecuencias en el aprendizaje
El informe de Argentinos por la Educación advierte que el ausentismo no afecta de manera uniforme, sino que tiende a concentrarse en un grupo de estudiantes con niveles más altos de inasistencia. Entre 2022 y 2024 creció la proporción de alumnos con más de 20 faltas (del 26 % al 30 %) y también la de quienes acumulan entre 15 y 19 (del 18 % al 21 %). En cambio, se redujo el grupo “intermedio” de alumnos que suman entre 5 y 14 inasistencias (del 41 % al 34 %): el dato sugiere que muchos de ellos pasaron a tener un patrón de ausentismo más severo. En paralelo, los segmentos de menor ausentismo (estudiantes con ninguna falta o con menos de 5) se mantuvieron estables entre 2022 y 2024. Los autores señalan una “polarización” en la asistencia: se mantiene estable el grupo que falta poco, pero se amplía el de quienes faltan mucho.
Para los directores de escuela, el ausentismo es el principal obstáculo para el aprendizaje. En 2024, el 46 % lo consideró un problema moderado o serio, por encima de otros factores como la impuntualidad de los estudiantes (45 %), los bajos logros educativos (39 %) o el ausentismo docente (37 %).
La problemática no es exclusiva de la Argentina. Según datos de Pisa 2022, el 47 % de los directores argentinos considera que el ausentismo limita el aprendizaje, lo que ubica al país en el puesto 26 entre 81 sistemas educativos evaluados.
Si bien en todas las jurisdicciones del país se observa un crecimiento de las inasistencias, las diferencias entre distintas jurisdicciones son marcadas. Buenos Aires encabeza el ranking con un 66 % de estudiantes que acumulan al menos 15 faltas, seguida por la Ciudad de Buenos Aires (59 %), Tierra del Fuego (55 %), La Pampa (54 %), Mendoza (49 %) y Santa Fe (45 %). En el otro extremo, Santiago del Estero (28 %), San Juan (29 %) y Jujuy (30 %) presentan niveles más bajos de ausentismo, según lo informado por los estudiantes.
A pesar de la magnitud del fenómeno, el informe advierte que Argentina aún carece de un sistema consolidado de datos nominales abiertos sobre inasistencias escolares. La información disponible proviene en gran medida de los autorreportes de los propios estudiantes. Esto limita las posibilidades de monitorear el problema con mayor precisión y de diseñar políticas basadas en evidencia, afirman los autores.















