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Emotivos relatos sobre la inundación de 2003

A 17 años, personas de la ciudad expresan sus recuerdos en escritos cortos sobre la inundación y vuelven a reclamar memoria, verdad y justicia.

Martes 28 de Abril de 2020

Este 29 de abril se cumplen 17 años de la peor tragedia hídrica que afectó a la ciudad de Santa Fe. Ese día pero de 2003 el agua del río Salado comenzó a ingresar por la obra inaugurada e inconclusa de la Circunvalación Oeste. La mayor crecida histórica registrada dejó a un tercio de la ciudad bajo las aguas marrones, densas y barrosas. Afectó a las zonas densamente pobladas de todo el cordón suroeste. Edificios de importancia estratégica como hospitales, escuelas y hasta una central eléctrica se vieron afectadas por la catástrofe. Fueron 28 mil familias inundadas y 158 muertos, según distintas agrupaciones sociales y políticas santafesinas.

Este año, por la pandemia del coronavirus, no habrá marchas ni actos en la Plaza 25 de Mayo por la memoria de los muertos y de los damnificados. María Claudia Albornoz, referente de la organización social que trabaja en barrio Chalet, La Poderosa, invitó a todos los santafesinos a realizar un abrazo simbólico a través de las redes, invitando a compartir una foto de lo ocurrido para de esta manera recordar la tragedia y seguir reclamando justicia. La intención es recolectar narrativas para hacer un libro con las voces de vecinos de la ciudad. A continuación, seis relatos de mujeres de distintas edades que sufrieron la catástrofe en primera persona.

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No me olvido

La lluvia parece ayudar al recuerdo. En esa foto se ve mi barrio, una de las casas sumergidas era la mía. En una de esas habitaciones estaban flotando los libros que salvaron mi infancia.

La memoria puede ser algo vivo.

Yo no me olvido de estar poniendo bolsas en el Hospital de Niños hasta que el agua nos llegó al pecho y la confusión de no saber qué hacer nos hizo volver al barrio a avisar, cosa que el gobierno no hizo. No me olvido que mientras volvíamos del hospital, mojados y llenos de barro y basura, la gente parada en las veredas nos preguntaba cómo estaba la cosa y nosotros les decíamos que se fueran porque el agua estaba avanzando velozmente. No me olvido el haber salido con nuestros vecinos a intentar detener el agua, hasta que estallaron los portones del Club Colón y tuvimos que volver a los edificios haciendo cadenas humanas y viendo, impotentes, ancianos atrapados en sus casas... sus tumbas.

Yo no me olvido de los gritos en la madrugada.

Yo no me olvido de la corriente arrastrando todo. No me olvido de la desesperación. No me olvido la impotencia. No me olvido la amargura. No me olvido el desamparo.

Tampoco me olvido de todos aquellos que salieron a ayudarnos, con lo que tenían, con lo que podían: los pescadores, los pibes que practicaban canotaje en el Azopardo, tantos, fueron a buscarnos a los que estábamos atrapados, a darnos una mano y cuando bajó el agua también, la solidaridad de la clase obrera dijo presente.

Y nunca, nunca, me voy a olvidar que hay responsables políticos de tanto dolor, negligencia que pagamos los pobres, los laburantes. No me olvido que el asesino Reutemann aún está impune y ocupa una banca en el Senado.

Autora: Paula Oxossi.

El río arrasó

Estas dos imágenes fueron capturadas un 28 de abril del 2003.

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En la primera se puede ver el rostro de un bebé. Es mi hermano que hoy tiene 18 años, en ese entonces tenía un año y dos meses de vida. Quien lo tiene en sus brazos y no se ve soy yo.

En la segunda foto las protagonistas somos mi tía y yo.

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Ambas imágenes las tomé de un material fílmico llamado

Ambas imágenes las tomé de un material fílmico llamado "La lección del Salado. parte 1" que hizo Cable y Diario el 28/04/2003 en mi querido Barrio Cabal.

Recuerdo aquel día como si hubiese sido hoy, tatuado en mi memoria como marca de agua. Allí estábamos, parados en la vereda de casa, con los pies tapados por las aguas del Salado, sin entender qué estaba pasando. Solo veíamos cómo todos corrían e intentaban salvar sus cosas en la medida que el agua les daba tiempo.

Ahí estábamos, como espectadores y a la vez partícipes de una película de terror viendo cómo el agua nos llevaba de a poco las pocas cosas que teníamos.

Con nueve años no entendía mucho. Sí recuerdo que pensaba que por esa noche teníamos que irnos de nuestra casa pero al otro día íbamos a volver y el agua ya no iba a estar dentro de ella.

A veces pienso que quisiera volver a tener esa inocencia de niña y pensar que todo va a pasar.

El río pasó y arrasó con todo lo que encontró.

Un agujero en la defensa por obras inconclusas a pocas cuadras de casa, en la zona de Jockey Club, fue lo que provocó esta catástrofe hídrica que dejó 158 víctimas fatales.

Sabemos que la culpa no fue del río Salado sino que el responsable fue un Gobierno que no concluyó tres importantes obras.

Por eso a 17 años seguimos pidiendo memoria, verdad y justicia por el crimen hídrico del 2003.

Autora: Jésica Soda

Abuela

Las imágenes que tengo del 29 de abril son fotos que están en mi cabeza. Sos vos abuela, parada frente a la casa, con el agua hasta la cintura, te miro desde los hombros de mi papá. Sos vos abuela, diciendo "vamos a la escuela", porque no había adónde ir.

Esa escuela donde trabajabas, donde conociste a tus queridas amigas, donde le dabas la copa de leche a los pibes del barrio y donde vos y mamá me mostraron el mundo de las bibliotecas y de las fábulas.

Sos vos abuela, llegando a la escuela con la ropa mojada y yendo a ayudar, salón por salón, consolando a las mujeres, diciendo “ya va a pasar esto”, tragándote la angustia. Son tus plantas, las que ya no estaban cuando volvimos a casa.

Te extraño todos los días, pienso en cómo se detuvo el tiempo para vos en 2003, pienso que eras joven y en todo lo que hacías, andar siempre por el barrio, visitando a tus amigas, a los enfermos, a quien lo necesitara. Pienso que eras mi compinche, mi compañera, mi defensora. La que me apañaba en todo, mi cómplice cuando me escapaba a la siesta y me dabas pan con mermelada y me dejabas ver la tele en tu comedor. La maga de mi infancia.

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Nada fue igual en casa y en la familia después de 2003, acá nos acordamos de tu risa, de tus ocurrencias, de cómo siempre te la arreglabas para darle una mano a alguien. Me sorprende hasta hoy cómo la gente se sigue riendo de tus salidas.

A lo largo de mi vida después de la inundación pensé muchas veces en qué dirías de tal o cuál cosa, me pregunto si Walter te caería bien (yo creo que sí), me imagino nuestras charlas sobre el feminismo. Porque a tu modo fuiste una rebelde, cuando dejaste las polleras y te calzaste los pantalones, cuando te separaste sin ley de divorcio, cuando decidiste que la vida también era fuera de la casa, militando a tu manera. Me imagino mostrándote lo que escribo, repitiendo en mi memoria la forma en que te alegrabas con mis cuentos. Era poderosa para vos, sentías tanto orgullo de tu Tati, de tu nieta mayor.

Te extrañamos y te amamos, abuela, y todo el amor que nos diste nos mueve siempre, como hoy, a exigir justicia.

No perdonamos el abandono, tu muerte injusta en un centro de evacuados, la muerte de 157 personas más, las enfermedades, la profunda tristeza con la que tuvimos que aprender a vivir, la destrucción de nuestras vidas.

Todo eso se podría haber evitado.

Se tendría que haber evitado.

Hubo un gobierno que fue para pocos y no para nosotros, el cordón oeste, la Barranquitas, la Villa del Parque donde creciste y donde anduvimos tanto las dos de la mano. Esos inundadores que llevamos en fotos a la plaza para que comparezcan ante la memoria del pueblo.

Sí, la muerte

el dolor

la tristeza

todo eso se podría haber evitado.

Hoy no marchamos, pero sabés que ya nunca amanecemos igual un 29 de abril. Te amamos abuela, no te olvidamos. No te olvidamos y no perdonamos.

Esta es la última foto que me saqué con mi abuela, Luisa Guadalupe Ochoa, que falleció a los 56 años el 1 de mayo de 2003 en el centro de evacuados de la Escuela Falucho.

Autora: Mariángeles Guerrero - periodista.

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En Recreo

Hace 17 años Recreo se inundaba, sin que el gobierno provincial, ni municipal nos diera aviso.

Por aquellos tiempos Recreo era una comuna, con escasos recursos económicos y humanos para intentar frenar, o prevenir las cuantiosas pérdidas que nos trajeron las arrasadoras aguas del río Salado.

Desde aquel abril de 2003 donde entre vecinos intentábamos frenar el agua barrosa que quería entrar a nuestros hogares, hasta hoy, muchísimas personas no lograron recuperarse, con cada lluvia nos seguimos inundando por muchos años, aún algunos barrios sufren en cada lluvia.

El 28 de abril de 2003 dejó una marca en muches de nosotres, aunque lamentablemente hay quienes sostienen que fue la naturaleza y no la inoperancia, falta de previsión, falta de aviso, hay quienes creemos que fue y es responsabilidad absoluta del Gobierno que nos dejó bajo agua.

Aquel día el agua avanzó lentamente. Alrededor de las 17 el agua cruzó la Ruta Nacional 11. Aún quienes no sabemos mucho sobre suelos supimos que era grave, la ruta y el ferrocarril siempre son los lugares más altos, en ese momento y ya previendo lo peor, aunque no contábamos con ningún anuncio oficial, corrí al telecentro para llamar al instituto en Santa Fe donde estudiaba mi hermana. Desesperada le expliqué que se vuelva, que en unas horas su casa estaría tapada de agua y que iban a dejar de transitar los colectivos. Yo tenía a mi hija de apenas un año intentando caminar, la cargue en brazos por más de 15 horas para que no se embarre gateando sobre el suelo con olor a podrido, los pozos negros rebalsados y las víboras que nos rodeaban.

Un colectivo de la empresa Monte Vera me trasladó desde Recreo hasta la Ruta 11 y el cruce con la Ruta 5 para ir a lo de mi papá. Desde ahí camine sola con mi hija en brazos cinco kilómetros hasta que llegué. Toda la ruta estaba llena de agua, yo descalza y con una bolsa de pañales en la soledad absoluta.

Creo que por años dormí con una pierna colgada de la cama cada vez que llovía, para sentir si había entrado agua.

Recreo no sufrió la pérdida de vidas ya que el agua ingreso lentamente, pero perdió muchísimo. Fue mucho tiempo de trabajo que cada familia tuvo para poder volver a habitar sus casas. Y creo que aunque no se hable del tema muchos quedamos atravesados por el dolor.

El gobernador de Santa Fe era Carlos Reutemann, responsable absoluto del abandono de sus ciudadanos. Actualmente es senador y sigue impune.

Recreo perdió mucho, hasta perdió la memoria.

Hoy recuerdo ese día con el mismo dolor que llevaba la gente en sus rostros. Hoy seguimos reclamando justicia.

Autora: Celina Junquera

Volver a casa

Cada 28 y 29 de abril repaso los detalles. Eran épocas duras, desde el año anterior, cobraba el Plan Jefas y Jefes de Hogar desocupados de 150 pesos y cumplía la contraprestación en la Comuna local. Esa mañana del 28, Liliana, la asistente social, me envío a relevar los centros de evacuados, improvisados, en la sala de velatorio comunal y el Club Huracán. Todas las familias que iban llegando eran del Loteo Vinelli. Recuerdo, claramente, a esa joven buscando piojos en la cabeza de una pequeña niña. Durante toda la jornada iban y venían camionetas de Defensa Civil. Pero nadie decía nada.

Ya en mi casa, me aliste para ir a cursar y dejar a mi pequeño en la guardería. Al salir, vi perpleja –y sonreí– la canoa de mi vecino sobre la calle. Estaba inquieta, pero nadie había dicho nada. También estaba emocionada, comenzaba el segundo año del Profesorado de Historia, no quería faltar a clases. Me senté en el primer banco del salón para atender a mi nueva profe Isabel y escuchar cada detalle. De golpe, y sin aviso, me llaman. Mi hermana, casi llorando: ¡Volvé, el agua cruza la Ruta 11! Volví. Corrí más de 10 cuadras y espere el colectivo. Mi cabeza no daba crédito. ¿Cómo? Si nadie dijo nada. Hasta que lo vi, no había dudas.

Esa noche fue interminable, larguísima. Mi hermano buscaba arena junto a vecines, pero nadie decía nada. El agua, finalmente, entró en todos lados. Nada la paró. Lo que vino después del agua fue peor. Desesperación, angustia, locura, muerte, más pobreza, destrucción, corrupción sin límites, negación del crimen y de cada crimen, violencia sin fin, amnesia. Para el Gobierno provincial solo éramos posibles querellantes.

Por eso, a partir de ahí, hubo más abogados y técnicos del gobierno, que psicologues dispuestos a socorrer. Después de tanto dolor propio y ajeno, no fue fácil volver. Muches no volvieron. No fue fácil volver a clases, hubo compañeres y profes, que perdieron todo, y no volvieron más. Y nadie dijo nada. 17 años después, la Justicia sigue sin decir nada. Memoria, verdad y justicia para las víctimas del crimen hídrico.

Autora: Natalia Junquera

Autoevacuados

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Yo en ese momento tenía 10 años. Vivía en Gaboto al 4700, entre Artigas y Perú, casi a la mitad de la cuadra. Afuera de mi casa había unos sauces hermosos, altísimos, que ya empezaban a amarillearse con el llamado del otoño.

A las 9 de la mañana subían algunos vecinos al terraplén como si pudieran avizorar la tragedia de aquel día a fines de abril. Miraban expectantes hacia los reservorios fuera del anillo de defensa, esperando que eventualmente el agua parara ahí y no se tragara a Barranquitas Oeste también. Hacia la tarde los rumores se convertían en una triste realidad.

La gente en general era reacia a dejar sus casas. Mi mamá después de comer, y de discutir con el forro de mi papá que se fue a la mierda, empezó a guardar toda nuestra ropa en bolsitas de supermercado. Mi hermana mayor, embarazadísima, hacía lo mismo. Cuando volvió mi viejo se acostó a dormir porque para él, el agua no iba a llegar.

Afuera arribaban los primeros camiones de la Municipalidad con arena y bolsas arpilleras, a pedirle a los vecinos que taparan con bolsas el anillo de desagüe del terraplén.

La verdad es que la solidaridad caracteriza a los barrios miserables y abandonados, y al menos cincuenta vecinos colaboraban con cuatro tristes municipales que llegaron con los camiones. Yo iba de acá para allá, mirando cómo los adultos ensayaban reacciones frente a lo que ya sabían inevitable.

Mi mamá le habló al papá del Guille, el pendejo que me corría a piedrazos por putito, que tenía un carro y caballos. Ellos nos hicieron de flete.

A eso de las 17 empezamos a sacar nuestras cosas. Primero la ropa, los muebles chicos. Las ollas, los platos, esas cositas pequeñas que te encajaban para que sientas que ayudas en algo. Después los muebles indispensables.

Hacia las 8 yo ya estaba en la casa de mis tíos en barrio San Pantaleón, fuimos ahí porque era más alto y teníamos la esperanza de que nos pudiéramos quedar hasta que esto pasara.

Mi mamá llegó toda mojada con mi primo.

A las 8 de la noche el agua ya les llegaba al pecho. A mí vieja se le cayo la heladera encima, y si no fuera por mi primo hubiera muerto ahogada ahí mismo, en la casa donde nos había criado.

Esa noche nos acostamos todos amontonados. Tenía fresco en la memoria los gritos desgarradores de la pelea de mis vecinos de enfrente. "Yo no me voy a ir" le decía Don Muringa a sus hijas que querían sacarlo de la casa a empujones. "Yo me muero acá, con mis cosas y en mi casa". Me preguntaba por qué no se fue, por qué no sacó sus cosas como nosotros.

Mi mama y mis tíos no durmieron nada esa noche, y menos mal porque a las 6 de la mañana empezó el éxodo de San Pantaleón también, el agua volvía a corrernos.

Nuestro derrotero seguía lejos de terminarse.

Esa mañana, escapándonos del agua otra vez, usurpamos un local al lado de una estación de servicio en Facundo Zuviría. A las 11 llegó la policía y nos echó. Otra vez buscamos dónde ir. Mi primo llamó a su expatrón, que tenía la cartonería Rozek también en Facundo. Todavía no sabía que iba a vivir nueve meses en ese galpón.

Cuando llegamos ya había cinco familias más. Lo más desgarrador fue el momento en el que una mujer se enteró que uno de sus hijos estaba perdido. Todos los años repaso ese momento. A los días se fue, jamás supe si se reencontró con su hijo. Las imágenes en la tele mostraban nuestros barrios desaparecidos en la creciente. En las copitas de los árboles intentábamos reconocer cuál era nuestra casa.

Algunos "autoevacuados" tenían casi todo como nosotros. Otros habían llegado con lo puesto.

Nos organizamos para comer hasta que los soldados empezaron a llegar con alimentos, ropa y algunos muebles indispensables. Mi papá desapareció por 15 días.

La catástrofe afuera asolaba la ciudad. Mi mamá decía que después de las 8 no se podía salir. Yo no necesitaba salir... afuera de ahí no me quedaba nada.

Mientras estuvimos en ese galpón muchas cosas pasaron. Los días de frío eran horribles, helaba adentro, y las chapas condensaban la humedad, así que enseguida empezaban a gotearnos encima. Y los días de calor era imposible dormir. Las chapas se calentaban hasta que se hacía imposible dormirse.

En el medio yo empezaba a descubrirme travesti y no sabía cómo canalizar eso de ninguna otra manera que no fuera el llanto y la incomodidad con todo mi entorno.

Mis papás se separaron y mi viejo se quedó con mi casa… Así que mi mamá y nosotros no teníamos dónde irnos, hasta que la Cruz Roja Alemana nos asignó un módulo habitacional plástico, en un barrio de emergencia en el norte de la ciudad. Ahí nomás nuestra vida se circunscribió a un baldío y una carpa que parecía un pequeño circo.

Cuando mi mamá terminó de construir nuestra casa teníamos 5 × 5 metros de cubo plástico para cuatro personas sin electricidad ni agua, en un protobarrio con tres baños químicos para 42 familias, y una sola canilla comunitaria. Así sobrevivimos años, hasta que semiurbanizaron el baldío que nos habían cedido.

Con la violencia con la que se arranca una flor y se coloca en un tarrito con agua a ver si prende, nos arrancaron de nuestro barrio, de nuestras vidas y de nuestras historias.

Pero mi mamá siempre fue una hierba resistente; no sabía otra cosa que pelearla y sobrevivir.

Es obligatorio no olvidar.

La foto es de un cuadro que mi mamá rescató el 29 de abril de 2003, cuando dejamos nuestra casa, forzadas por la creciente del río Salado. No fue una catástrofe ambiental, fue un crimen hídrico, provocado por la acción directa del gobierno provincial y municipal.

De derecha a izquierda yo soy la segunda, con la remerita musculosa de patos, que por cierto era mi favorita.

Autora: Victoria Stéfano

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